Catecismo · Cuarta parte

La oración como don de Dios

nn. 25582561

2558

“Este es el misterio de la fe”. La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (primera parte) y lo celebra en la Liturgia sacramental (segunda parte), para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre (tercera parte). Por tanto, este misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración.

2559

“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”. ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado. La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios.

2560

“Si conocieras el don de Dios”. La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.

2561

“Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva”. Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja del Dios vivo: “A mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas”, respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación, respuesta de amor a la sed del Hijo único.

Catecismo de la Iglesia Católica © Libreria Editrice Vaticana. Publicado con autorización del Arzobispado de Santiago.

La oración como don de Dios — Catecismo — Parroquia Jesús Obrero