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Orar

Martes, 13 de enero de 2026

San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia.

V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud. R. Enseña su camino a los humildes.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

El Señor hará justicia a los pobres.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto?

La soberbia del impío oprime al infeliz

y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor.

El malvado dice con insolencia:

«No hay Dios que me pida cuentas.»

La intriga vicia siempre su conducta,

aleja de su mente tus juicios

y desafía a sus rivales.

Piensa: «No vacilaré,

nunca jamás seré desgraciado.»

Su boca está llena de maldiciones,

de engaños y de fraudes;

su lengua encubre maldad y opresión;

en el zaguán se sienta al acecho

para matar a escondidas al inocente.

Sus ojos espían al pobre;

acecha en su escondrijo como león en su guarida,

acecha al desgraciado para robarle,

arrastrándolo a sus redes;

se agacha y se encoge

y con violencia cae sobre el indefenso.

Piensa: «Dios lo olvida,

se tapa la cara para no enterarse.»

El Señor hará justicia a los pobres.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

Levántate, Señor, extiende tu mano,

no te olvides de los humildes;

¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,

pensando que no le pedirá cuentas?

Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano.

Rómpele el brazo al malvado,

pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.

El Señor reinará eternamente

y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,

les prestas oído y los animas;

tú defiendes al huérfano y al desvalido:

que el hombre hecho de tierra

no vuelva a sembrar su terror.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

Salmo 11

Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. (San Agustín)

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,

que desaparece la lealtad entre los hombres:

no hacen más que mentir a su prójimo,

hablan con labios embusteros

y con doblez de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros

y la lengua orgullosa

de los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,

nuestros labios nos defienden,

¿quién será nuestro amo?»

El Señor responde: «Por la opresión del humilde,

por el gemido del pobre, yo me levantaré,

y pondré a salvo al que lo ansía.»

Las palabras del Señor son palabras sinceras,

como plata limpia de escoria,

refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,

nos librarás para siempre de esa gente:

de los malvados que merodean

para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 2, 4b-25

Cuando el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el campo. Sólo un manantial salía del suelo y regaba la superficie del campo. Entonces, el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

En Edén nacía un río que regaba el jardín, y después se dividía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón, y rodea todo el país de Javila, donde se da el oro; el oro del país es de calidad; y también se dan allí ámbar y lapislázuli. El segundo río se llama Guijón, y rodea todo el país de Cus. El tercero se llama Tigris, y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates.

El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara; el Señor Dios dio este mandato al hombre:

«Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque, el día en que comas de él, tendrás que morir.»

El Señor Dios se dijo:

«No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que lo ayude.»

Entonces, el Señor modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase.

Entonces, el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo; y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. El hombre dijo:

«¡Ésta sí que) es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será «mujer», porque ha salido del hombre.»

Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.

SEGUNDA LECTURA

De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo

El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.

Por eso nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro interior.

Digamos en primer lugar que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad.

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.

Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.

Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.

R. Después de la creación del mundo, conocemos los atributos invisibles de Dios, aprehendidos mediante las creaturas. * Pues, por la magnitud y belleza de las creaturas, se descubre por analogía al que les dio el ser.
V. Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios.

R. El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da vida. * El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
V. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.

R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; * Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
V. Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.