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Orar

Martes, 9 de junio de 2026

San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia.

V. Enséñame, Señor, a gustar y a comprender. R. Porque me fío de tus mandatos.

Himno

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra!

Penetra como fuego

y divide la entraña.

¡Nada como tu voz,

es terrible tu espada!

¡Nada como tu aliento,

es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir

encendida la lámpara,

que para virgen necia

no es posible la entrada.

No basta con gritar

sólo palabras vanas,

ni tocar a la puerta

cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos

que me cercena el alma,

que hiere a sangre y fuego

esta carne mimada,

que mata los ardores

para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,

luchar por tus batallas,

rumor de tus sandalias.

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

No te exasperes por los malvados,

no envidies a los que obran el mal:

se secarán pronto, como la hierba,

como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,

habita tu tierra y practica la lealtad;

sea el Señor tu delicia,

y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,

confía en él, y él actuará:

hará brillar tu justicia como el amanecer;

tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,

no te exasperes por el hombre que triunfa

empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,

no te exasperes, no sea que obres mal;

porque los que obran mal son excluidos,

pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,

fíjate en su sitio: ya no está;

en cambio, los sufridos poseen la tierra

y disfrutan de paz abundante.

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

El malvado intriga contra el justo,

rechina sus dientes contra él;

pero el Señor se ríe de él,

porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,

asestan el arco,

para abatir a pobres y humildes,

para asesinar a los honrados;

pero su espada les atravesará el corazón,

sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco

que ser malvado en la opulencia;

pues al malvado se le romperán los brazos,

pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,

y su herencia durará siempre;

no se agostarán en tiempo de sequía,

en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,

los enemigos del Señor

se marchitarán como la belleza de un prado,

en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,

el justo se compadece y perdona.

Los que el Señor bendice poseen la tierra,

los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,

se complace en sus caminos;

si tropieza, no caerá,

porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:

nunca he visto a un justo abandonado,

ni a su linaje mendigando el pan.

A diario se compadece y da prestado;

bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,

y siempre tendrás una casa;

porque el Señor ama la justicia

y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,

la estirpe de los malvados se extinguirá;

pero los justos poseen la tierra,

la habitarán por siempre jamás.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Confía en el Señor y sigue su camino.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

La boca del justo expone la sabiduría,

su lengua explica el derecho;

porque lleva en el corazón la ley de su Dios,

y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo

e intenta darle muerte;

pero el Señor no lo entrega en sus manos,

no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;

él te levantará a poseer la tierra,

y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,

que prosperaba como un cedro frondoso;

volví a pasar, y ya no estaba;

lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:

su porvenir es la paz;

los impíos serán totalmente aniquilados,

el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,

él es su alcázar en el peligro;

el Señor los protege y los libra,

los libra de los malvados y los salva,

porque se acogen a él.

Confía en el Señor y sigue su camino.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De la carta a los Filipenses · 1, 27-2, 11

Hermanos: Me basta con saber que lleváis una vida conforme al Evangelio de Cristo. De ese modo, ya sea que yo vaya y os vea, o bien que, estando ausente, reciba noticias de vosotros, estaré seguro de que os mantenéis firmes en un solo espíritu, luchando todos a una por la fe del Evangelio, sin dejaros amedrentar en nada por los enemigos. Esta firmeza vuestra es para ellos una prueba de perdición, y para vosotros una señal de salvación. Y esto es un don de Dios, porque Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por él; porque combatís la misma pelea que me visteis combatir a mí y que sabéis sigo combatiendo.

Por tanto, si queréis darme el consuelo de Cristo, y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre, superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.

Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo, alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos

De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.

No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.

Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba.

R. El hombre es justificado por las obras, no sólo por la fe. ¿Acaso no fue Rajab justificada por las obras, al acoger a los mensajeros y hacerlos salir por otro camino? * Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta sin las obras.
V. Por la fe, no pereció con los incrédulos Rajab la meretriz, por haber acogido amistosamente a los exploradores del pueblo de Dios.

R. Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justificación; * así por su muerte reducía a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio.
V. El que impulsa nuestra fe sufrió con toda constancia la cruz, para ganar el gozo que se le ofrecía.

R. Ahora me alegro de los padecimientos que he sufrido por vosotros, * y voy completando en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, las tribulaciones que aún me quedan por sufrir con Cristo en mi carne mortal.
V. Con este fin me esfuerzo y lucho, contando con la eficacia de Cristo, que actúa poderosamente en mí.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.