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Orar

Viernes, 19 de junio de 2026

San Romualdo, Abad

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Romualdo, Abad.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos. R. Y marcharemos por sus sendas.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Dios mío, sálvame,

que me llega el agua al cuello:

me estoy hundiendo en un cieno profundo

y no puedo hacer pie;

he entrado en la hondura del agua,

me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,

tengo ronca la garganta;

se me nublan los ojos

de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza

son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,

los que me atacan injustamente.

¿Es que voy a devolver

lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,

no se te ocultan mis delitos.

Que por mi causa no queden defraudados

los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen

los que te buscan, Dios de Israel.

Por ti he aguantado afrentas,

la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,

un extranjero para los hijos de mi madre;

porque me devora el celo de tu templo,

y las afrentas conque te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;

cuando me visto de saco, se ríen de mí;

sentados a la puerta murmuran,

mientras beben vino me cantan burlas.

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Pero mi oración se dirige a ti,

Dios mío, el día de tu favor;

que me escuche tu gran bondad,

que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;

líbrame de los que me aborrecen,

y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,

que no me trague el torbellino,

que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,

por tu gran compasión vuélvete hacia mí;

no escondas tu rostro a tu siervo:

estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,

líbrame de mis enemigos:

estás viendo mi afrenta,

mi vergüenza y mi deshonra;

a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.

Espero compasión, y no la hay;

consoladores, y no los encuentro.

En mi comida me echaron hiel,

para mi sed me dieron vinagre.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Yo soy un pobre malherido;

Dios mío, tu salvación me levante.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,

proclamaré su grandeza con acción de gracias;

le agradará a Dios más que un toro,

más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,

buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres,

no desprecia a sus cautivos.

Alábenlo el cielo y la tierra,

las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,

reconstruirá las ciudades de Judá,

y las habitarán en posesión.

La estirpe de sus siervos la heredará,

los que aman su nombre vivirán en ella.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro del profeta Zacarías · 1, 1-21

En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:

«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: “Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: ‘Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras’, pero no me obedecieron ni me hicieron caso —oráculo del Señor—. Vuestros padres ¿dónde están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: ‘Como el Señor de los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido.’”»

El día veinticuatro del mes undécimo —el mes de Sebat— del año segundo de Darío, vino el siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:

Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los mirtos de un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y blancos; pregunté:

«¿Quiénes son éstos, señor?»

Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:

«Te mostraré quiénes son.»

Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:

«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»

Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:

«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»

Preguntó el ángel del Señor:

«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»

Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:

«Proclama lo siguiente: “Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Jerusalén y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que contribuyeron a la desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo con misericordia a Jerusalén. En ella será reedificado mi templo —oráculo del Señor de los ejércitos—, el cordel de medir será tendido sobre Jerusalén.” Proclama también: “Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y elegirá de nuevo a Jerusalén.”»

Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:

«¿Qué significan?»

Él contestó:

«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»

Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:

«¿Qué han venido a hacer?»

Respondió:

«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a un solo hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las naciones que levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero, para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.

R. No seré yo quien reine sobre vosotros, ni mi hijo: * el Señor será vuestro rey.
V. Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

R. Me vuelvo con misericordia a Jerusalén; * en ella será reedificado mi templo.
V. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque su lámpara es el Cordero.

R. Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados: esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, * como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.
V. Dios os conceda tener un mismo sentir entre vosotros; así con un mismo corazón y una misma boca le daréis gloria.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.