OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero, mártires,.
V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.
Himno
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Salmodia
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88 · 88, 39-53
Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
v derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
Salmo 89
Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vigilia nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del profeta Zacarías · 11, 4-12, 8
Así dice el Señor, mi Dios:
«Apacienta las ovejas para el matadero; los compradores las matan sin compasión, mientras los vendedores dicen: “¡Bendito el Señor! Me hago rico”; los pastores no las perdonan. Pues yo no perdonaré más a los habitantes del país —oráculo del Señor—. Entregaré a cada cual en manos de su vecino, en manos de su rey; ellos devastarán la tierra, sin que haya quien los salve.»
Yo, entonces, me puse a apacentar el rebaño de ovejas de matadero, por cuenta de los tratantes de ganado. Tomé dos varas: a una la llamé Hermosura; a la otra llamé Concordia, y apacenté el ganado. Despedí a los tres pastores en un mes: pero llegué a irritarme con las ovejas y ellas conmigo, y dije:
«Ya no pastorearé; quien quiera morir que muera, la que quiera perecer que perezca, las que queden se comerán unas a otras.»
Tomé la vara Hermosura y la rompí, para romper mi alianza con los pueblos. Al terminar aquel día la alianza, los tratantes de ovejas que me vigilaban comprendieron que había sido palabra del Señor. Yo les dije:
«Si os parece, pagadme salario; y si no, dejadlo.»
Ellos pesaron mi salario: treinta dineros. El Señor me dijo:
«Échalo en el tesoro del templo: es el precio en que me aprecian.»
Tomé, pues, los treinta dineros y los eché en el tesoro del templo. Rompí la segunda vara, Concordia, para romper la hermandad de Judá e Israel. El Señor me dijo:
«Toma ahora los aperos de un pastor torpe; porque yo suscitaré un pastor que no vigile a las que se extravíen ni busque lo perdido ni cure lo quebrado ni alimente lo sano, sino que se coma la carne del ganado cebado, arrancándole hasta las pezuñas. ¡Ay del pastor torpe, que abandona el rebaño! Que la espada venga contra su brazo y contra su ojo derecho, que su brazo se seque y su ojo derecho se apague.»
Oráculo del Señor sobre Israel. Oráculo del Señor que tendió los cielos y cimentó la tierra, y formó el alma del hombre dentro de éste:
«Mirad, haré de Jerusalén una copa embriagadora, para todos los pueblos vecinos, cuando asedien a Jerusalén. Aquel día haré de Jerusalén una piedra caballera de baluarte contra todos los pueblos vecinos: los que intenten levantarla se herirán con ella. Contra ella se congregan todos los pueblos del orbe.
Aquel día —oráculo del Señor— heriré de pánico a los caballos y de espanto a los jinetes; fijaré mis ojos sobre Judá y cegaré a los caballos de los gentiles. Dirán en su corazón los príncipes de Judá: “Los habitantes de Jerusalén son fuertes por la virtud del Señor de los ejércitos, su Dios.”
Aquel día haré de los príncipes de Judá como un incendio en la maleza, como una tea en las gavillas: devorarán a derecha e izquierda a todos los pueblos vecinos; pero Jerusalén quedará habitada en su sitio. El Señor salvará las tiendas de Judá como en tiempos antiguos, para que no se gloríen sobre Judá la casa de David y los habitantes de Jerusalén.
Aquel día protegerá el Señor a los habitantes de Jerusalén: el más débil será como David, y la dinastía de David será como un dios, como el ángel del Señor que va abriendo camino.»
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, Sobre el perfecto modelo del cristiano
Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte a la enemistad, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que esta enemistad reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerta. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora que yace bien muerta, no seamos nosotros quienes la resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.
Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos la enemistad, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.
La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.
Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.
Y si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.
R. Cogió cada uno su manto y lo echó a los pies de Jehú. Tocaron la trompa y aclamaron: « ¡Jehú es rey!» * Así dice el Señor: «Te unjo rey de Israel.»
V. Al paso de Jesús, la gente iba tendiendo sus mantos en el camino; y exclamaban: «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor.»
R. Pesaron mi salario: treinta dineros; * es el precio en que me apreciaron.
V. Judas propuso: «¿Cuánto me queréis dar y yo os lo entregaré?» Y se ajustaron en treinta monedas de plata.
R. Nos visitará el sol que nace de lo alto, * para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
V. Para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
