I Vísperas
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Jenaro, obispo y mártir.
I Vísperas del domingo siguiente
Himno
Los pueblos que marchan y luchan
con firme tesón
aclamen al Dios de la vida.
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»
Agiten laureles y olivos,
es Pascua de Dios,
mayores y niños repitan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»
Jesús victorioso y presente
ofrece su don
a todos los justos del mundo.
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»
Resuenen en todo camino
de paz y de amor
alegres canciones que digan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»
Que Dios, Padre nuestro amoroso,
el Hijo y su Don
a todos protejan y acojan.
«Cantemos hosanna que viene el Señor.» Amén.
Salmodia
Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.
Salmo 140 · 140, 1-9
El humo del incienso subió a la presencia de Dios, de mano del ángel, en representación de las oraciones de los santos. (Ap 8, 4)
Señor, te estoy llamando, ven de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.
Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.
Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo opondré mi oración a su malicia.
Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.
Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.
Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.
Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.
Salmo 141
Todo lo que describe el salmo se realizó en el Señor durante su pasión. (S. Hilario)
A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.
Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.
Me vuelvo a la derecha y miro:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.
A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi heredad en el país de la vida.»
Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.
Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.
Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.
El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo por los siglos de los siglos.
Cántico · Flp 2, 6-11
Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo por los siglos de los siglos.
LECTURA BREVE
Rm 11, 33-36
¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es origen, camino y término de todo. A él la gloria por los siglos. Amén.
R. Cuántas son tus obras, Señor.
V. Cuántas son tus obras, Señor.
R. Tus obras, Señor.
V. Y todas las hiciste con sabiduría.
R. Cuántas son tus obras, Señor.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Magnificat
«Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros», dice el Señor.
Cántico de María Lc 1, 46-55
ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
«Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros», dice el Señor.
Preces
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:
Escucha a tu pueblo, Señor.
Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia — y que tu pueblo se alegre en la paz.
Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino — y que el pueblo judío sea salvado.
Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia — y que sean siempre fieles a su mutuo amor.
Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores — y concédeles la vida eterna.
Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra — y dales el descanso eterno.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
