Saltar al contenido

Orar

Jueves, 7 de enero de 2027

San Raimundo de Peñafort, presbítero

Tiempo de Navidad · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Raimundo de Peñafort, presbítero.

Los salmos se toman de la feria correspondiente.

V. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia. R. Para que conozcamos al Dios verdadero.

Himno

Ayer, en leve centella,

te vio Moisés sobre el monte;

hoy no basta el horizonte

para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella

de un Dios infante responde

que en duras pajas se acuesta

y más se nos manifiesta

cuanto más hondo se esconde. Amén.

Salmodia

Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Isaías · 64, 1-12

¡Ojalá rasgaras el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia, como fuego que prende los sarmientos o hace hervir el agua! Para que muestres tu nombre a tus enemigos, para que tiemblen ante ti las naciones, cuando realices portentos inesperados, jamás conocidos.

Pues nunca oído alguno oyó ni ojo alguno vio jamás que un Dios hiciese tantas cosas en favor de los que en él esperan, como tú las has hecho. Tú te haces encontradizo con aquellos que practican la justicia y tienen en la mente tus caminos. Con nosotros has estado enojado, pues te hemos ofendido: hemos sido rebeldes contra ti desde muy antiguo. Todos nosotros somos como impuros: nuestras obras de justicia son como un paño manchado. Hemos caído como las hojas, nuestras culpas nos han arrastrado como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por asirse a ti, pues nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas.

Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tus manos. No te excedas en la ira, Señor, no recuerdes por siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo. Tus santas ciudades han quedado convertidas en desierto, Sión se ha trocado en un yermo y Jerusalén está desolada.

Nuestro templo, nuestro orgullo, donde te alabaron nuestros padres, ha sido pasto del fuego, y lo que mas queríamos está reducido a escombros; ¿Te quedas insensible a todo esto, Señor? ¿Seguirás aun callado, afligiéndonos sin medida?

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Isaías · 59, 15-21

La lealtad está ausente, y expolian a quien evita el mal. El Señor contempla disgustado que ya no existe justicia. Ve que no hay nadie, se extraña de que nadie intervenga. Entonces, su brazo le dio la victoria, y su justicia lo mantuvo: por coraza se puso la justicia y por casco la salvación; por traje se vistió la venganza, y por manto se envolvió en la indignación. A cada uno va pagar lo que merece: a su enemigo, furia; a su adversario, represalia.

Los de Occidente temerán el nombre del Señor, los de Oriente respetarán su gloria: porque vendrá como torrente encajonado, empujado por el aliento del Señor. Pero a Sión vendrá el Redentor, para alejar los crímenes de Jacob —oráculo del Señor—.

«Por mi parte —dice el Señor—, éste es mi pacto con ellos: el espíritu mío, que te envié; las palabras mías que puse en tu boca, no se caerán de tu boca, de la boca de tus hijos, de la boca de tus nietos, desde ahora y por siempre —lo dice el Señor—.»

SEGUNDA LECTURA

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

El Hacedor del universo determinó instaurar con admirable perfección todas las cosas en Cristo y restituir la naturaleza humana a su estado primitivo; para este fin prometió darle en abundancia, junto con los demás bienes, el Espíritu Santo, condición necesaria para reintegrarla a una pacífica y estable posesión de sus bienes.

Así pues, habiendo establecido el tiempo en que había de bajar sobre nosotros el Espíritu Santo, esto es, en el tiempo de la venida de Cristo, lo prometió diciendo: En aquellos días —a saber, en los del Salvador—, derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Por consiguiente, cuando llegó el tiempo de tan gran munificencia y liberalidad —y puso a nuestra disposición en el mundo al Unigénito hecho carne, es decir, a aquel hombre nacido de mujer de que hablan las Escrituras—, nuestro Dios y Padre nos dio también el Espíritu, y Cristo fue el primero en recibirlo, como primicias de la naturaleza restaurada. Así lo atestigua Juan Bautista con aquellas palabras: Vi al Espíritu Santo bajar del cielo y posarse sobre él.

Se afirma de Cristo que recibió el Espíritu en cuanto que se hizo hombre y en cuanto que convenía que lo recibiera el hombre; y, del mismo modo —aunque es Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia ya antes de la encarnación, más aún, desde toda la eternidad—, no pone objeción al escuchar a Dios Padre que proclama, después que se ha hecho hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

De aquel que era Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, dice que lo ha engendrado hoy, para significar que en su persona hemos sido adoptados como hijos, ya que toda la naturaleza está incluida en la persona de Cristo, en cuanto que es hombre; en el mismo sentido se afirma que él Padre comunica al Hijo su propio Espíritu, ya que en Cristo alcanzamos nosotros la participación del Espíritu. Precisamente por esto se hizo hijo de Abraham, como está escrito, y fue semejante en todo a sus hermanos.

Por lo tanto, el Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, ya que él lo posee como algo propio y, en él y por él se comunica a los demás, como ya dijimos antes, sino que lo recibe en cuanto que, al hacerse hombre, recapitula en sí toda la naturaleza para restaurarla y restituirle su integridad primera. Es fácil, pues, comprender, por lógica natural y por el testimonio de la Escritura, que Cristo recibió en su persona el Espíritu, no para sí mismo, sino más bien para nosotros, ya que por él nos vienen también todos los demás bienes.

R. Jerusalén, pronto llegará tu salvación, ¿por qué te dejas consumir por la tristeza? ¿Acaso ha perecido tu Consejero para que te retuerzas de dolor? * No temas, yo te salvaré.
V. Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador.

R. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo; * y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.
V. Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra rectamente, sea de la nación que sea.

R. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo; * y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.
V. Yo concertaré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá.

Oración

Señor Dios, que por medio de tu Hijo has hecho brillar la luz eterna de tu divinidad ante todas las naciones, haz que tu pueblo descubra plenamente el misterio de Cristo, su Redentor, para que, en virtud de este misterio, pueda llegar a gozar de aquella luz que no tiene ocaso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.