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Orar

Sábado, 27 de febrero de 2027

San Gregorio de Narek, Abad y doctor de la Iglesia

Cuaresma · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Gregorio de Narek, Abad y doctor de la Iglesia.

V. El que obra la verdad viene a la luz. R. Y sus obras quedan de manifiesto.

Himno

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía!»

Y ¡cuántas, hermosura soberana:

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana! Amén.

Salmodia

Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

Dad gracias al Señor porque es bueno:

porque es eterna su misericordia.

¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,

pregonar toda su alabanza?

Dichosos los que respetan el derecho

y practican siempre la justicia.

Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,

visítame con tu salvación:

para que vea la dicha de tus escogidos,

y me alegre con la alegría de tu pueblo,

y me gloríe con tu heredad.

Hemos pecado como nuestros padres,

hemos cometido maldades e iniquidades.

Nuestros padres en Egipto

no comprendieron tus maravillas;

no se acordaron de tu abundante misericordia,

se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,

pero Dios los salvó por amor de su nombre,

para manifestar su poder.

Increpó al mar Rojo, y se secó,

los condujo por el abismo como por tierra firme;

los salvó de la mano del adversario,

los rescató del puño del enemigo;

las aguas cubrieron a los atacantes,

y ni uno solo se salvó:

entonces creyeron sus palabras,

cantaron su alabanza.

Bien pronto olvidaron sus obras,

y no se fiaron de sus planes:

ardían de avidez en el desierto

y tentaron a Dios en la estepa.

Él les concedió lo que pedían,

pero les mandó un cólico por su gula.

Envidiaron a Moisés en el campamento,

y a Aarón, el consagrado al Señor:

se abrió la tierra y se tragó a Datán,

se cerró sobre Abirón y sus secuaces;

un fuego abrasó a su banda,

una llama consumió a los malvados.

Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación.

No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

En Horeb hicieron un becerro,

adoraron un ídolo de fundición,

cambiaron su Gloria por la imagen

de un toro que come hierba.

Se olvidaron de Dios, su salvador,

que había hecho prodigios en Egipto,

maravillas en el país de Cam,

portentos junto al mar Rojo.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;

pero Moisés, su elegido,

se puso en la brecha junto a él

para apartar su cólera del exterminio.

Despreciaron una tierra envidiable,

no creyeron en su palabra;

murmuraban en las tiendas,

no escucharon la voz del Señor.

Él alzó la mano y juró

que los haría morir en el desierto,

que dispersaría su estirpe por las naciones

y los aventaría por los países.

Se acoplaron con Baal Fegor,

comieron de los sacrificios a dioses muertos;

provocaron a Dios con sus perversiones,

y los asaltó una plaga;

pero Finés se levantó e hizo justicia,

y la plaga cesó;

y se le apuntó a su favor

por generaciones sin término.

Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,

Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos:

le habían amargado el alma,

y desvariaron sus labios.

No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

No exterminaron a los pueblos

que el Señor les había mandado;

emparentaron con los gentiles,

imitaron sus costumbres;

adoraron sus ídolos

y cayeron en sus lazos;

inmolaron a los demonios

a sus hijos y a sus hijas;

derramaron la sangre inocente

y profanaron la tierra ensangrentándola;

se mancharon con sus acciones

y se prostituyeron con sus maldades.

La ira del Señor se encendió contra su pueblo,

y aborreció su heredad;

los entregó en manos de gentiles,

y sus adversarios los sometieron;

sus enemigos los tiranizaban

y los doblegaron bajo su poder.

Cuántas veces los libró;

mas ellos, obstinados en su actitud,

perecían por sus culpas;

pero él miró su angustia,

y escuchó sus gritos.

Recordando su pacto con ellos,

se arrepintió con inmensa misericordia;

hizo que movieran a compasión

a los que los habían deportado.

Sálvanos, Señor, Dios nuestro,

reúnenos de entre los gentiles:

daremos gracias a tu santo nombre,

y alabarte será nuestra gloria.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

desde siempre y por siempre.

Y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Deuteronomio · 32, 48-52; 34, 1-12

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

"Sube al monte Nebo, de las montañas de Abarim en tierra de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra que voy a dar en propiedad a los hijos de Israel. Después morirás en el monte y te reunirás a los tuyos, lo mismo que tu hermano Aarón murió en el monte Hor y se reunió a los suyos. Por haberme sido infieles en medio de los israelitas, en la fuente de Meribá, en Cadés, en el desierto de Sin, y no haber manifestado mi santidad en medio de ellos, por eso, sólo de lejos verás la tierra que vaya dar a los hijos de Israel, pero no entrarás en ella.»

Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, que mira a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, el territorio de Neftalí, de Efraím y de Manasés, el de Judá hasta el mar Occidental, el Negueb y la comarca del valle de Jericó (la ciudad de las palmeras) hasta Soar; y le dijo:

«Ésta es la tierra que prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: “Se la daré a tu descendencia.” Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.»

Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como había dicho el Señor. Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Fegor; y hasta el día de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba. Moisés murió a la edad de ciento veinte años: no había perdido vista ni había decaído su vigor. Los israelitas lloraron a Moisés en la estepa de Moab treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés.

Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. Los hijos de Israel lo obedecieron, cumpliendo lo que el Señor había mandado a Moisés.

No ha vuelto a surgir en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le mandó realizar en Egipto contra el Faraón y contra su corte y su país; ni en la mano poderosa y grandes portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo · 20, 1-17

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

No tendrás otros dioses frente a mí.

No te harás ídolos —figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra—. No te postrarás ante ellos ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor sin castigo a quien pronuncie su nombre en falso.

Acuérdate del sábado para santificado. Durante los seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre la huida del mundo

Donde está el corazón del hombre, allí está también su tesoro; pues Dios no acostumbra a negar la dádiva buena a los que se la piden. Por eso, porque Dios es bueno y porque es bueno sobre todo para los que esperan en él, adhirámonos a él, unámonos a él con toda el alma, con todo el corazón, con todas nuestras fuerzas, para estar así en su luz y ver su gloria y gozar del don de los deleites celestiales; elevemos nuestro corazón y permanezcamos y vivamos adheridos a este bien que supera todo lo que podamos pensar o imaginar y que confiere una paz y tranquilidad perpetuas, esta paz que está por encima de toda aspiración de nuestra mente.

Éste es el bien que todo lo penetra, y todos en él vivimos y de él dependemos; nada hay que esté por encima de él, porque es divino; sólo Dios es bueno, por tanto, todo lo que es bueno es divino y todo lo que es divino es bueno; por esto dice el salmo: Abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente; de la bondad divina, en efecto, nos vienen todos los bienes, sin mezcla de mal alguno.

Estos bienes los promete la Escritura a los fieles, cuando dice: Lo sabroso de la tierra comeréis. Hemos muerto con Cristo, llevamos en nuestros cuerpos la muerte de Cristo, para que también la vida de Cristo se manifieste en nosotros. Por consiguiente, no vivimos ya nuestra propia vida, sino la vida de Cristo, vida de inocencia, de castidad, de sinceridad y de todas las virtudes. Puesto que hemos resucitado con Cristo, vivamos con él, subamos con él, para que la serpiente no encuentre en la tierra nuestro talón para morderlo.

Huyamos de aquí. Puedes huir en espíritu, aunque te quedes con el cuerpo; puedes permanecer aquí y al mismo tiempo estar con el Señor, si a él está adherida tu alma, si tu pensamiento está fijo en él, si sigues sus caminos guiado por la fe y no por la visión, si te refugias en él, ya que él es refugio y fortaleza, como dice el salmista: A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.

Así, pues, ya que Dios es refugio y ya que Dios está en lo más alto de los cielos, hay que huir de aquí abajo hacia allá arriba, donde se halla la paz y el descanso de nuestras fatigas, donde podemos festejar el gran reposo sabático, como dijo Moisés: El reposo sabático de la tierra será para vosotros ocasión de festín. Descansar en Dios y contemplar su felicidad es, en efecto, algo digno de ser celebrado, algo lleno de felicidad y de tranquilidad. Huyamos, como ciervos, a la fuente de las aguas; que nuestra alma experimente aquella misma sed del salmista. ¿De qué fuente se trata? Escucha su respuesta: En ti está la fuente viva. Digámosle a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues la fuente es el mismo Dios.

R. La Palabra puso su morada entre nosotros, llena de gracia y de verdad, y de su plenitud todos hemos recibido; porque la ley se nos dio por mediación de Moisés, * pero la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo.
V. La ley nos la dio Moisés como herencia para la comunidad de Jacob.

R. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. * La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.
V. Quien ama al prójimo ya ha cumplido la ley, pues amar es cumplir la ley entera.

R. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente: * éste es el principal y el primero de los mandamientos.
V. ¿Qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, y lo ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma.

Oración

Dios nuestro, que por medio de tus admirables sacramentos nos concedes participar, ya desde este mundo, de los bienes celestiales, guíanos tú mismo en el camino de la vida, para que alcancemos un día aquella luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.

Liturgia de las Horas — Parroquia Jesús Obrero