OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Óscar Romero, obispo y mártir.
V. Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra. R. Atraeré a todos hacia mí.
Himno
El pecado del hombre ha dado muerte
al Ungido de Dios y, en cruz clavado,
con su muerte venció todo el pecado,
con su amor del mortal cambió la suerte.
Nueva vida dará a todas las gentes,
saciará su gran sed siempre sentida,
brotarán en el alma redimida
de la vida de Dios copiosas fuentes.
Luz que brilla en lo alto, y reverbera
en la honda pupila dilatada
de la angustia del hombre, que, en su espera,
sin saberlo tal vez, sólo quisiera
ver su cruz en tu cruz, luz deseada,
para guardar muy dentro lo que viera. Amén.
Salmodia
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Salmo 38
La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)
Yo me dije: vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.
Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.
Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.
Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como pura sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Salmo 38
La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)
Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis iniquidades,
no me hagas la burla de los necios.
Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.
Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.
Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;
porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplaca tu ira, dame respiro,
antes de que pase y no exista.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
Salmo 51
El que se gloría, que se gloríe en el Señor. (1Co 1, 31)
¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;
prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.
Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.
Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»
Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en su misericordia
por siempre jamás.
Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno.»
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro de las Lamentaciones · 2, 1-10
¡Cómo ha cubierto de oscuridad el Señor en su cólera a la hija de Sión! Ha precipitado del cielo a la tierra el esplendor de Israel. No se ha acordado del estrado de sus pies en el día de su ira.
El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá, derribó por tierra, deshonrados, al rey y a los príncipes. Encendido en ira tronchó el vigor de Israel; al llegar el enemigo, se guardó la diestra a la espalda, y prendieron las llamas en Jacob, consumiendo todo alrededor. Como un enemigo, tendió el arco, aplicó la diestra y dio muerte, enemistado, a la flor de la juventud, y en las tiendas de Sión derramó como fuego su furor.
El Señor se portó como enemigo, destruyendo a Israel: derribó todos sus palacios, arrasó sus plazas fuertes, y en la capital de Judá multiplicó duelos y lamentos. Como un salteador, destruyó la Tienda, arrasó el lugar de la asamblea, el Señor dio al olvido en Sión sábados y fiestas, indignado y furioso rechazó al rey y al sacerdote.
El Señor repudió su altar, desechó su santuario, entregó en manos enemigas los muros de sus palacios; y gritaban en el templo del Señor, como en día de fiesta. El Señor determinó arrasar las murallas de Sión: tendió la plomada y no retiró la mano que derribaba; muros y baluartes se lamentaban al desmoronarse juntos. Derribó por tierra las puertas, rompió los cerrojos.
El rey y los príncipes estaban entre los gentiles. No había ley; y los profetas ya no recibían visiones del Señor.
Los ancianos de Sión se sientan en el suelo silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el suelo la cabeza.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del profeta Jeremías · 11, 18—12, 13
En aquellos días, dijo Jeremías:
“El Señor me instruyó y comprendí, me explicó lo que hacían mis perseguidores: ”También tus hermanos, la casa de tu padre, también ellos te son desleales, también ellos te critican por la espalda con descaro. No te fíes de ellos, aunque te digan buenas palabras."
Yo como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: “Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que su nombre no se pronuncie más.”
Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, escudriñas las entrañas y el corazón; veré tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa.
Por eso, así sentencia el Señor contra los hombres de Anatot: “A los que intentan matarte diciéndote: 'No profetices en nombre del Señor, si no, morirás a nuestras manos', yo les tomaré cuentas: sus jóvenes morirán a espada, sus hijos e hijas morirán de hambre; y no quedará ni un resto de ellos, cuando yo les envíe la desgracia a los hombres de Anatot, el día de la cuenta.”
Tú llevas la razón, Señor, cuando pleiteo contigo, pero quiero proponerte un caso de justicia: ¿Por qué prospera el camino de los impíos, por qué tienen paz los hombres pérfidos? Los plantas y echan raíces, crecen y dan fruto; tú estás cerca de sus labios, pero lejos de su corazón. Mas tú, Señor, me conoces, me examinas, y has probado mi actitud frente a ti. Apártalos como a ovejas para el matadero, resérvalos para el día de la matanza. ¿Hasta cuándo gemirá la tierra y se secará la hierba del campo?
Por la maldad de sus habitantes, desaparecen el ganado y los pájaros, porque dicen: “No ve Dios nuestros caminos.”»
"Si corres con los de a pie y te cansan, ¿cómo competirás con los de a caballo? Si en la paz de la tierra te sientes inseguro, ¿qué harás en la espesura del Jordán? He abandonado mi casa, he desechado mi heredad, he entregado el amor de mi alma en manos de sus enemigos. Mi herencia se ha vuelto un león de la selva que ruge contra mí: por eso la detesté. Mi herencia se ha vuelto un pájaro pinto, los buitres vuelan en torno a él: Venid, reuníos, fieras del campo, venid a comer.
Muchos pastores destruyeron mi viña, han pisoteado mi parcela, hicieron de mi parcela preciosa un desierto desolado; la hicieron un yermo siniestro y desolado ante lIIí: el país está desolado y nadie se preocupa por ello. Por todas las dunas de la estepa, vinieron saqueadores: porque la espada del Señor devora la tierra de un extremo a otro, y nadie tiene paz. Sembraron trigo y cosecharon espinas, trabajaron en balde y se avergüenzan de su cosecha: por la ira ardiente del Señor.»
SEGUNDA LECTURA
De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.
Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.
Por esto, al reunimos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice .el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.
Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualamos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. :Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvamos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.
Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratulamos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.
R. Muchos pastores destruyeron mi viña, han pisoteado mi parcela, * hicieron de mi parcela preciosa un desierto desolado.
V. Quién me diera una posada en el desierto para abandonar a mi pueblo y alejarme de él.
R. Lloraréis y gemiréis vosotros mientras el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, * pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.
V. Vendrán días en que se os quitará el esposo y entonces sí ayunaréis.
R. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. * Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
V. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.
Oración
Dios nuestro, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
