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Orar

Miércoles, 21 de abril de 2027

San Anselmo de Canterbury, obispo y doctor de la Iglesia

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Anselmo de Canterbury, obispo y doctor de la Iglesia.

V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya. R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.

Himno

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén.

Salmodia

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Aleluya.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura;

él sacia de bienes tus anhelos,

y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Aleluya.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. Aleluya.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

no está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,

siente el Señor ternura por sus fieles;

porque él sabe de qué estamos hechos,

se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba,

florecen como flor del campo,

que el viento la roza, y ya no existe,

su terreno no volverá a verla.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. Aleluya.

Bendecid al Señor, todas sus obras. Aleluya.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Pero la misericordia del Señor dura siempre,

su justicia pasa de hijos a nietos:

para los que guardan la alianza

y recitan y cumplen sus mandatos.

El Señor puso en el cielo su trono,

su soberanía gobierna el universo.

Bendecid al Señor, ángeles suyos,

poderosos ejecutores de sus órdenes,

prontos a la voz de su palabra.

Bendecid al Señor, ejércitos suyos,

servidores que cumplís sus deseos.

Bendecid al Señor, todas sus obras,

en todo lugar de su imperio.

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendecid al Señor, todas sus obras. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan · 14, 14—15, 4

Yo, Juan, tuve otra visión:

Vi una nube blanca, y sentado sobre ella alguien semejante a un Hijo de hombre, con una corona de oro sobre su cabeza y con una hoz afilada en la mano. Y salió otro ángel del templo, gritando con potente voz al que estaba sentado sobre la nube:

«Empuña la hoz y siega, porque ya es la hora de la siega y está madura la mies de la tierra.»

El que estaba sentado sobre la nube metió su hoz a la tierra, y la tierra quedó segada. Salió otro ángel del templo celeste, llevando también él en su mano una hoz afilada. Y otro más salió del altar, y tenía poder sobre el fuego, y gritaba con poderosa voz al que tenía la hoz afilada:

«Empuña tu hoz afilada, y corta los racimos de la viña de la tierra, porque sus uvas están maduras.»

El ángel metió su hoz a la tierra, y vendimió la viña de la tierra, echando los racimos en el gran lagar de la cólera de Dios. Fue pisada la uva del lagar, fuera de la ciudad; y salió sangre, del lagar hasta llegar a cubrir los frenos de los caballos en un espacio de mil seiscientos estadios.

Vi luego en el cielo otra señal grande y maravillosa: Eran' siete ángeles portadores de siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma la cólera de Dios. Vi como un mar de vidrio mezclado con fuego; y los que habían vencido a la Bestia y a su imagen y a la cifra que daba su nombre, estaban de pie junto al mar de vidrio, portando las cítaras de Dios. Y cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo:

«Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

De los Hechos de los apóstoles · 13, 44—14, 6

El sábado siguiente, casi toda la ciudad de Antioquía se congregó para escuchar la palabra de Dios. Pero los judíos, que veían tal muchedumbre de gente, se llenaron de envidia y, profiriendo insultos, impugnaban lo que iba diciendo Pablo. Entonces Pablo y Bernabé les respondieron valientemente: «A vosotros, antes que a nadie, debíamos anunciar la palabra de Dios; mas, como la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nosotros nos volvemos ahora a las naciones. Así nos lo ordena el Señor: “Te he puesto como luz de los pueblos, para que lleves mi salvación hasta el confín de la tierra.”»

Los gentiles, llenos de gozo ante tales palabras, enaltecían la doctrina del Señor; y abrazaron la fe cuantos estaban destinados a la vida eterna. Con lo que el Evangelio se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos soliviantaron a las mujeres distinguidas que acudían a su culto, y a los principales de la ciudad. Promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé, y los arrojaron de su territorio. Éstos, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, se dirigieron a Iconio, mientras los discípulos quedaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

En Iconio, entraron según costumbre en la sinagoga de los judíos, y allí hablaron con tal éxito que un numeroso grupo de judíos y griegos abrazaron la fe. Pero los judíos que persistían en su incredulidad soliviantaron y exacerbaron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo, Pablo y Bernabé prolongaron allí su estancia por mucho tiempo, procediendo con energía y confianza en el Señor, quien confirmaba la predicación de su Evangelio con señales y prodigios que obraba por medio de ellos. Al fin, los habitantes de la ciudad se dividieron en bandos: unos estaban a favor de los judíos y otros a favor de los apóstoles. A tal punto llegaron las cosas, que se produjo un tumulto de gentiles y judíos, con sus jefes a la cabeza, con el propósito de maltratar y apedrear a los apóstoles. Pablo y Bernabé, que se dieron cuenta de ello, buscaron refugio en Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y en otros lugares vecinos, donde continuaron predicando el Evangelio.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Hilario, obispo, Sobre la Santísima Trinidad

Si es verdad que la Palabra se hizo carne, también lo es que en el sagrado alimento recibimos a la Palabra hecha carne; por eso hemos de estar convencidos que permanece en nosotros de un modo connatural aquel que, al nacer como hombre, no sólo tomó de manera inseparable la naturaleza de nuestra carne, sino que también mezcló, en el sacramento que nos comunica su carne, la naturaleza de esta carne con la naturaleza de la eternidad. De este modo somos todos una sola cosa, ya que el Padre está en Cristo y Cristo en nosotros. Por su carne, está él en nosotros, y nosotros en él, ya que, por él, lo que nosotros somos está en Dios.

Él mismo atestigua en qué alto grado estamos en él por el sacramento en que nos comunica su carne y su sangre, pues dice: El mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo seguiré viviendo y vosotros también; porque yo estoy en mi Padre, y vosotros estáis en mí y yo estoy en vosotros. Si se hubiera referido sólo a la unidad de voluntades, no hubiera usado esa cierta gradación y orden al hablar de la consumación de esta unidad que ha empleado para que creamos que él está en el Padre por su naturaleza divina, que nosotros, por el contrario, estamos en él por su nacimiento corporal y que él, a su vez, está en nosotros por el misterio del sacramento. De este modo se nos enseña la unidad perfecta a través del Mediador, ya que, permaneciendo nosotros en él, él permanece en el Padre y, permaneciendo en el Padre, permanece en nosotros; y así tenemos acceso a la unidad con el Padre, ya que, estando él en el Padre por generación natural, también nosotros estamos en él de un modo connatural, por su presencia permanente y connatural en nosotros.

A qué punto esta unidad es connatural en nosotros lo atestigua él mismo con estas palabras: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Para estar en él, tiene él que estar en nosotros, ya que sólo él mantiene asumida en su persona la carne de los que reciben la suya.

Ya antes había enseñado la perfecta unidad que obra este sacramento al decir: Así como me envió el Padre que posee la vida y yo vivo por el Padre, de la misma manera quien me come vivirá por mí. Él, por tanto, vive por el Padre; y, del mismo modo que él vive por el Padre, así también nosotros vivimos por su carne.

Emplea, pues, todas estas comparaciones adecuadas a nuestra inteligencia, para que podamos comprender, con estos ejemplos, la materia de que trata. Ésta es, por tanto, la fuente de nuestra vida: la presencia de Cristo por su carne en nosotros, carnales; de manera que nosotros vivimos por él a la manera que él vive por el Padre.

R. Cantaban el cántico del Cordero, diciendo: «Grandes y maravillosas son tus obras. Señor, Dios omnipotente, * justos y verdaderos son tus caminos. ¡oh Rey de los siglos!» Aleluya.
V. ¿Quién como tú, Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, terrible entre los santos, autor de maravillas?

R. Una parte de Israel ha caído en la obstinación, * hasta que la totalidad de los gentiles entre en la Iglesia; entonces, todo Israel será salvo. Aleluya.
V. No creyeron en su palabra, no escucharon la voz del Señor.

R. El que come mi carne y bebe mi sangre * permanece en mí, y yo en él. Aleluya.
V. ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos a ellas como el Señor nuestro Dios lo está de nosotros?

Oración

Dios nuestro, vida de los creyentes, gloria de los humildes y felicidad de los justos, atiende benignamente a nuestras súplicas y haz que quienes deseamos ardientemente el cumplimiento de tus promesas seamos siempre colmados con la abundancia de tus beneficios. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.

Liturgia de las Horas — Parroquia Jesús Obrero