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Orar

Jueves, 14 de octubre de 2027

San Calixto I, papa y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Calixto I, papa y mártir.

V. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo. R. Enséñame tus leyes.

Himno

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

A la voz de tu aliento

se estremeció la nada:

la hermosura brilló

y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,

si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces

de tu voz semejanza:

en los goces pequeños

y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos

donde se siente el alma,

tu clara voz creadora

despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,

entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,

perdemos la esperanza;

hemos roto el camino

y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,

Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo

de todas las mañanas,

de las tardes serenas,

de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,

si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio,

nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Jeremías · 4, 5-8. 13-28

Esto dice el Señor:

«Anunciadlo en Judá, publicadlo en Jerusalén. Tocad la trompeta en el país, gritad a plena voz: “Congregaos para marchar a la ciudad fortificada. Avisad con la bandera hacia Sión: huid, no os paréis; que yo traigo del norte la desgracia, una gran ruina.”

Sale el león de la maleza, está en marcha el asesino de naciones, ha dejado su cubil, para arrasar tu tierra e incendiar tus ciudades, hasta no dejar habitantes. Por eso vestíos de saco, llorad y gemid, porque no cede el incendio de la ira del Señor.

Miradlo subir como una nube, sus carros como un huracán, sus caballos más veloces que águilas.»

¡Ay de nosotros que nos destrozan!

Lava tu corazón de maldades, Jerusalén, para salvarte. ¿Hasta cuándo anidarán en tu pecho planes desatinados? Escucha, un mensajero de Dan anuncia desgracias desde la montaña de Efraím.

«Proclamadlo en Judá, anunciadlo en Jerusalén, llegan enemigos de tierra lejana; alzarán el grito de guerra contra las ciudades de Judá. Como guardas de campo te rodean, porque te rebelaste contra mí —oráculo del Señor—. Tu conducta y tus perversidades te lo han traído: ésta es tu maldad que te llega a amargar el corazón.»

¡Ay, mis entrañas, mis entrañas! Me destrozan las paredes del pecho, tengo el corazón turbado, no puedo callar. Porque escucho yo mismo el son de la trompeta, el alarido de guerra. Un golpe llama a otro golpe, el país está desolado; de repente, son desoladas las tiendas, súbitamente, los pabellones. ¿Hasta cuándo he de ver banderas y escuchar trompetas a rebato?

«Mi pueblo es insensato, no me reconoce, son hijos necios que no reflexionan; son sabios para hacer el mal, pero ignorantes para hacer el bien.»

Miro a la tierra: es un caos; a los cielos: no tienen luz; miro a los montes: se agitan; a los collados: danzan, están temblando; miro, y no hay hombres, los pájaros del cielo han volado; miro: el vergel es un desierto, las ciudades están incendiadas por el Señor, por el incendio de su ira.

Así dice el Señor:

«La tierra será una desolación, pero no la aniquilaré. Por eso se lamentará la tierra, se oscurecerá arriba el cielo. Lo dije y no me arrepiento, lo pensé y no me vuelvo atrás.»

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que nos conviene, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.

Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene, por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando en medio de la sublimidad de sus revelaciones le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de Satanás que lo abofeteaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que pedía un hombre tan santo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder.

Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos es porque nos olvida; sino más bien por la paciente tolerancia de estos males esperemos obtener bienes mayores, y así en la debilidad se muestra perfecto su poder. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.

Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino mediador, el cual dijo en su pasión: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Por lo cual, entendemos perfectamente que por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos.

R. Toda la tierra está desolada, Señor, por el incendio de tu ira; pero tú, Señor, * ten misericordia y no nos aniquiles.
V. Restáuranos, Dios salvador nuestro, cesa en tu ira contra nosotros.

R. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. * Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
V. El Señor formó al hombre de tierra y lo hizo a su propia imagen.

R. Pedid y se os dará, * pues todo el que pide recibe y el busca halla y al que llama se le abrirá.
V. Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.