OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Juan de Capistrano, presbítero.
V. Venid a ver las obras del Señor. R. Las maravillas que hace en la tierra.
Himno
Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes;
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas;
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.
Salmodia
Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.
Salmo 130
Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. (Mt 11, 29)
Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.
Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.
Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.
Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.
Salmo 131
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)
Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob:
«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob.»
Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.
Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles te aclamen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido.
Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.
El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»
Salmo 131
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)
El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.
Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono.»
Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
«Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.
Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan;
vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.
Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema.»
El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro del profeta Jeremías · 19, 1-5. 10-20, 6
Esto dijo el Señor a Jeremías:
«Vete y compra una jarra de barro, y lleva luego contigo a algunos de los ancianos del pueblo y a algunos sacerdotes. Sal al valle de Ben Hinnom, que está junto a la puerta de los Cascotes, y proclama allí las palabras que te diré. Les dirás:
“Escuchad la palabra del Señor, reyes de Judá y habitantes de Jerusalén: Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Yo haré venir sobre este lugar una catástrofe, que a quien la oiga le zumbarán los oídos; porque me abandonaron e hicieron extraño este lugar, quemando en él incienso a dioses extranjeros, que ni ellos ni sus padres conocían; y los reyes de Judá llenaron este lugar de sangre inocente. Construyeron altozanos a Baal, para quemar en su honor a sus propios hijos, cosa que yo no les mandé ni dije, ni me pasó por la cabeza.”
Romperás luego la jarra en presencia de los que van contigo, y les dirás:
“Así dice el Señor de los ejércitos: Así romperé yo a este pueblo y a esta ciudad, como se rompe un cacharro de alfarero que ya no tiene arreglo. En el Tofet enterrarán, a falta de sitio para enterrar. Así trataré a este lugar —dice el Señor— y a los que lo habitan; y convertiré esta ciudad en un Tofet. Las casas de Jerusalén y los palacios reales serán inmundos como el Tofet; todas las casas en cuyas azoteas quemaban incienso al escuadrón de los astros del cielo y hacían libaciones a dioses extranjeros.”»
Volvió Jeremías del Tofet, adonde lo había enviado el Señor a proclamar, y se plantó en el atrio del templo, diciendo a todo "el pueblo:
«Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: “'Yo haré venir sobre esta ciudad y todas sus poblaciones los males con giré la he amenazado; porque endurecieron la cerviz y no- escucharon mis palabras.”»
Pasjur, hijo de Immer, sacerdote comisario del templo del Señor, escuchó a Jeremías profetizar estas palabras y lo hizo azotar y lo metió en el cepo que se encuentra en la puerta alta de Benjamín, en el templo del Señór. A la mañana siguiente, cuando Pasjur sacó a Jeremías del cepo, Jeremías le dijo:
«El Señor ya no te llama Pasjur, sino Pavor. Porque así dice el Señor: “Te haré el pavor tuyo y de tus amigos, que caerán en manos del enemigo: tus ojos lo verán; y entregaré toda Judá en manos del rey de Babilonia, que la llevará cautiva a Babilonia y la pasará a espada. Entrégate todas las riquezas de esta ciudad, sus posesiones y objetos preciosos, los tesoros de los reyes de Judá en pianos de sus enemigos: los saquearán, los tomarán y se los llevarán a Babilonia. Y tú, Pasjur, y todos los que habitan en tu casa, iréis al destierro. Irás a Babilonia, allí morirás y serás enterrado, tú con todos tus amigos a quienes profetizabas en falso.”»
SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de san, Pedro Crisólogo, obispo
El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre. Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da, vida.
Aquel, primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.
Y ¿qué mas podemos añadir? Éste es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.
«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque ciertamente no tengo fin. El espíritu no fue lo primero —dice—, primero vino la vida y después el espíritu.» Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra, tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel del que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
Igual que el hombre terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno de su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realizamos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros.
R. Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados. * ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos como la gallina cobija a los polluelos bajo las alas, y tú no has querido!
V. Endureciste tú cerviz y no escuchaste mis palabras.
R. Me auxiliaste, Señor, con tu gran misericordia, del cerco apretado de las llamas, * del incendio de un fuego que no ardía.
V. El Señor me asistió y me dio fuerzas, para llevar a feliz término la predicación del mensaje de salud; él me libró de la boca del león.
R. Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, * así también la obra de justicia de uno solo procura a todos la justificación que da la vida.
V. Y como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado, la muerte.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
