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Orar

Jueves, 17 de febrero de 2028

Los Santos Siete Fundadores de la Orden de los Servitas

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Los Santos Siete Fundadores de la Orden de los Servitas.

V. Señor, ¿a quién vamos a ir? R. Tú tienes palabras de vida eterna.

Himno

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

A la voz de tu aliento

se estremeció la nada:

la hermosura brilló

y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,

si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces

de tu voz semejanza:

en los goces pequeños

y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos

donde se siente el alma,

tu clara voz creadora

despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,

entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,

perdemos la esperanza;

hemos roto el camino

y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,

Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo

de todas las mañanas,

de las tardes serenas,

de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,

si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio,

nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses · 1, 1-12

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de Tesalónica, convocada en el nombre de Dios, nuestro Padre, y en el de Jesucristo, el Señor: gracia a vosotros y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor.

Como es justo, debemos dar gracias a Dios en todo momento por vosotros, hermanos, por lo mucho que va prosperando vuestra fe y por los progresos que va haciendo vuestra mutua caridad, en todos y cada uno de vosotros. Nosotros mismos, ante las Iglesias de Dios, vamos poniendo en vosotros nuestro legítimo orgullo por vuestra constancia y por vuestra fe en todas las persecuciones y tribulaciones que vais sufriendo. Ésta es una señal cierta del justo juicio de Dios. El mostrará que sois dignos del reino de Dios, por el que sufrís vosotros también.

Es justo a los ojos de Dios que reciban tribulaciones los que os afligen, y que a vosotros, los atribulados, os pague con descanso eterno, descanso que será en nuestra compañía. Esto sucederá el día de la revelación de Jesús, el Señor, cuando venga del cielo con los ángeles ejecutores de su poder, rodeado de fuego y llamas, para tomar venganza de los que no quieren conocer a Dios y rechazan la sumisión al Evangelio de Jesús, nuestro Señor. Estos tales sufrirán el castigo de la pérdida eterna, lejos de la faz del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga aquel día para ser glorificado en sus santos y para ser la admiración de los que han tenido fe. Vosotros, por vuestra parte, ya habéis creído nuestro mensaje de salvación.

Con la mirada fija en los sucesos de ese día, rogamos sin cesar por vosotros. Que nuestro Dios os haga dignos de vuestra vocación y, con su omnipotencia, dé cumplimiento a todos vuestros deseos de hacer bien y a la actividad de vuestra fe. Así el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos.

En todo momento tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto te dice la Escritura: Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y Palabra de Dios.

Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, él es todo esto.

Está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Tú ábrela, que él habla. En este sentido dijo el salmista: Voy a escuchar lo que dice el Señor, y el mismo Hijo de Dios dice: Abre tu boca y yo la saciaré. Pero no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos sin embargo se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, posees el espíritu de sabiduría.

Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, estando en casa. Por la palabra casa podemos entender la iglesia o, también, nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo, habla a Cristo. Atiende cómo tienes que hablarle: Quiero —dice— que los hombres oren en todo lugar levantando al cielo las manos purificadas, limpias de ira y de altercados. Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte. Atiende cómo debes hablar al acostarte: No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob. Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo te despierta Cristo. Tu alma dice: Oigo a mi amado que me llama,- y Cristo responde: Ábreme, amada mía. Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El alma dice: ¡Muchachas de Jerusalén, os conjuro a que no vayáis a molestar, a que no despertéis al amor! El amor es Cristo.

R. A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. * Bien sabéis que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros.
V. No hemos hecho uso de nuestro derecho; al contrario, hemos soportado toda clase de privaciones para no crear obstáculos al Evangelio de Cristo.

R. Vendrá el Señor para ser glorificado en sus santos, * él será la admiración de los que han tenido fe en él.
V. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones.

R. Cristo Jesús ha sido hecho por Dios para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; * y así —como dice la Escritura— «el que se gloria, que se gloríe en el Señor».
V. De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.