OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia.
V. Hijo mío, haz caso a mis palabras. R. Presta oído a mis consejos.
Himno
Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
Salmodia
Vendrá el Señor y no callará.
Salmo 49
No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)
El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra,
para juzgar a su pueblo:
«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio.»
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.
Vendrá el Señor y no callará.
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.
Salmo 49
No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)
«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo, el Señor, tu Dios—
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria.»
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.
Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
Salmo 49
No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)
Dios dice al pecador:
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.»
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.
Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
PRIMERA LECTURA (Año II)
De la segunda carta a los Corintios · 1, 15-2, 11
Hermanos: Tenía yo el propósito de ir primero a vosotros para proporcionaros después una segunda gracia, es decir, ir a Macedonia pasando a veros a vosotros y luego, al volver de Macedonia, volver ahí, y ser encaminado por vosotros hacia Judea. ¿Os parece que obré sin más ni más al formar este plan? ¿O que formo mis proyectos con veleidad humana, de modo que para mí el «sí» sea lo mismo que el «no»? Tan cierto como Dios es veraz, que nuestra palabra a vosotros dirigida no es «sí y no». Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, que os hemos predicado yo, Silvano y Timoteo, no ha sido «sí y no». En él solamente ha habido y hay «sí». Todas las promesas hechas por Dios han tenido su «sí» en Cristo. Por eso, por medio de él decimos «Amén» a la gloria de Dios, para darle gloria. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.
¡Por mi vida! Pongo por testigo a Dios de que si todavía no he vuelto a Corinto, ha sido por consideración a vosotros. No es que intentemos dominar en vuestra Iglesia, sino que colaboramos con vuestra alegría, pues pertenecéis a la Iglesia. Y yo he hecho el firme propósito de no ir a vosotros otra vez con pesadumbres, pues si yo os aflijo, ¿quién me va a alegrar sino vosotros, que estaréis entristecidos por causa mía? Y en estos mismos términos os escribí, para que, cuando fuese a vosotros, no tuviera que afligirme por causa de aquellos mismos que deberían alegrarme. Yo tengo plena confianza en todos vosotros; sé que mi gozo es a la vez el vuestro. Os escribí con gran pesar y angustia de corazón, con muchas lágrimas, y no para afligiros, sino para que os dieseis cuenta del amor inmenso que os tengo.
Si alguno ha causado aflicción, sepa que no me ha afligido sólo a mí, sino en cierto modo —para no exagerar— a todos vosotros. Sea bastante para este tal el castigo que le ha infligido la mayoría, tanto, que ahora debéis hacer lo contrario, perdonarlo y darle ánimos, no sea que el excesivo pesar lo agobie. Por esto os ruego que os determinéis a usar de caridad para con él. Y con este mismo fin os escribí: para conocer y probar si sois obedientes en todo. A aquel a quien vosotros perdonéis también perdono yo. Lo que yo he perdonado —si es que realmente tuve algo que perdonar— lo he hecho por amor a vosotros en presencia de Cristo. Así no seremos víctimas de los ardides de Satanás, pues no ignoramos sus propósitos.
SEGUNDA LECTURA
De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud.
Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo: Conflictos por fuera, temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores diciendo: Con peligros en los ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de los de mi raza, peligros de parte de los paganos, peligros en las ciudades, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros de parte de falsos hermanos. Y añade cuáles son los dardos que asesta contra el adversario, en semejante batalla: Con trabajos y fatigas, con muchas noches sin dormir, con hambre y con sed, con ayunos frecuentes, con frío y sin ropa.
Pero, en medio de tan fuertes batallas, nos dice también cuánta es la vigilancia con que protege el campamento, ya que añade a continuación: Y, además de muchas otras cosas, la responsabilidad que pesa sobre mí diariamente, mi preocupación por todas las Iglesias. Además de la fuerte batalla que él ha de sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicarnos los males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.
Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades, por fuera, y proteger a los débiles, por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto les escribe también: Nadie vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. Él temía que sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos, sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de su fe. ¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo, que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable.
R. En el nuevo orden de cosas en Cristo, ni la mujer sin el varón ni el varón sin la mujer; * porque así como la mujer procede del varón, así también el varón tiene su existencia por la mujer; y todo viene de Dios.
V. Creó Dios al hombre a su imagen; hombre y mujer los creó.
R. Dios es quien nos confirma en Cristo; él nos ha ungido, él nos ha sellado, * y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.
V. El Señor nuestro Dios ha hecho alianza con nosotros, cara a cara nos ha hablado.
R. Señor, no te escondas de mi presencia, * aparta de mí tu mano y no me espantes con tu terror.
V. Corrígeme, Señor, con misericordia, no con ira, no sea que me aniquiles.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
