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Orar

Miércoles, 2 de agosto de 2028

San Eusebio de Vercelli, obispo

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Eusebio de Vercelli, obispo.

V. Todos quedaban maravillados. R. De las palabras que salían de la boca de Dios.

Himno

Con entrega, Señor, a ti venimos,

escuchar tu palabra deseamos;

que el Espíritu ponga en nuestros labios

la alabanza al Padre de los cielos.

Se convierta en nosotros la palabra

en la luz que a los hombres ilumina,

en la fuente que salta hasta la vida,

en el pan que repara nuestras fuerzas;

en el himno de amor y de alabanza

que se canta en el cielo eternamente,

y en la carne de Cristo se hizo canto

de la tierra y del cielo juntamente.

Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,

el Señor Jesucristo, nuestro hermano,

y al Espíritu Santo, que, en nosotros,

glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

Salmodia

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,

mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,

torrentes destructores me aterraban,

me envolvían las redes del abismo,

me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,

grité a mi Dios:

desde su templo él escuchó mi voz

y mi grito llegó a sus oídos.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Entonces tembló y retembló la tierra,

vacilaron los cimientos de los montes,

sacudidos por su cólera;

de su rostro se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz,

y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó

con nubarrones debajo de sus pies;

volaba sobre un querubín

cerniéndose sobre las alas del viento,

envuelto en un manto de oscuridad:

como un toldo, lo rodeaban

oscuro aguacero y nubes espesas;

al fulgor de su presencia, las nubes

se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,

el Altísimo hacía oír su voz:

disparando sus saetas, los dispersaba,

y sus continuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,

y se vieron los cimientos del orbe,

cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,

al soplo de tu ira.

Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,

me sacó de las aguas caudalosas,

me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,

pero el Señor fue mi apoyo:

me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

El Señor me libró porque me amaba.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

El Señor retribuyó mi justicia,

retribuyó la pureza de mis manos,

porque seguí los caminos del Señor

y no me rebelé contra mi Dios;

porque tuve presentes sus mandamientos

y no me aparté de sus preceptos;

le fui enteramente fiel,

guardándome de toda culpa;

el Señor retribuyó mi justicia,

la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, tú eres fiel;

con el íntegro, tú eres íntegro;

con el sincero, tú eres sincero;

con el astuto, tú eres sagaz.

Tú salvas al pueblo afligido

y humillas los ojos soberbios.

Señor, tú eres mi lámpara;

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

Fiado en ti, me meto en la refriega;

fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Job · 32, 1-6; 33, 1-22

Los tres hombres no respondieron más a Job, convencidos de que era inocente. Pero Elihú, hijo de Baraquel, de la familia de Ram, natural de Buz, se indignó contra Job, porque pretendía justificarse frente a Dios. También se indignó contra los tres compañeros, porque, al no hallar respuesta, habían dejado a Dios como culpable. Elihú había esperado, mientras ellos hablaban con Job, porque eran mayores que él; pero, viendo que ninguno de los tres respondía, Elihú, hijo de Baraquel, de Buz, indignado, intervino, diciendo:

«Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso, mira que ya abro la boca y mi lengua forma palabras con el paladar; hablo con un corazón sincero, mis labios expresan un saber acendrado.

El soplo de Dios me hizo, el aliento del Todopoderoso me dio vida. Contéstame, si puedes, prepárate, ponte frente a mí. Mira: igual que tú soy ante Dios, también yo fui plasmado de la arcilla. No te espantará mi terror, ni pesará mi mano sobre ti.

Tú has dicho esto en mi presencia, yo te he escuchado: “Yo soy puro, no tengo delito, soy inocente, no hay culpa en mí, pero él encuentra pretextos contra mí, me considera su enemigo, mete mis pies en el cepo y espía todos mis pasos.”

Protesto: en eso no tienes razón, porque Dios es más grande que el hombre. ¿Cómo te atreves a acusarlo de que no responda a todas tus razones? Dios sabe hablar de un modo o de otro, y uno no lo advierte.

En sueños o visiones nocturnas, cuando el letargo cae sobre el hombre que está durmiendo en su cama: entonces le abre el oído y lo estremece con avisos, para apartarlo de sus malas obras y corregir su orgullo, para librar su vida de la fosa y de cruzar el Canal.

Otras veces lo corrige con una enfermedad, con la agonía incesante de sus miembros, cuando hasta la comida le repugna y le asquean sus manjares favoritos, cuando su carne se consume y desvanece y sus huesos a la vista se descubren, cuando su alma a la fosa se aproxima y su vida a la morada de los muertos.»

SEGUNDA LECTURA

De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job.

Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso. Ésta es la característica propia de la manera de enseñar de los arrogantes, que no saben inculcar sus enseñanzas con humildad ni comunicar rectamente las cosas rectas que saben. En su manera de hablar se pone de manifiesto que ellos, al enseñar, se consideran como situados en el lugar más elevado, y miran a los que reciben su enseñanza como si estuvieran muy por debajo de ellos, y se dignan hablarles no en plan de consejo, sino como quien pretende imponerles su dominio.

A estos tales les dice, con razón, el Señor, por boca del profeta: Vosotros los habéis dominado con crueldad y violencia. Con crueldad y con violencia dominan, en efecto, aquellos que, en vez de corregir a sus súbditos razonando reposadamente con ellos, se apresuran a doblegarlos rudamente con su autoridad.

Por el contrario, la verdadera enseñanza evita con su reflexión.: este vicio de la arrogancia, con tanto más interés cuanto que su intención consiste precisamente en herir con los dardos de sus palabras a aquel que es el maestro de la arrogancia. Procura, en efecto, no ir a obtener, con una manera arrogante de comportarse, el resultado contrario, es decir: predicar a aquel a quien quiere atacar, con santas enseñanzas, en el corazón de sus oyentes. Y, así, se esfuerza por enseñar de palabra y de obra la humildad, madre y maestra de todas las virtudes, de manera que la explica a los discípulos de la verdad con las acciones, más que con las palabras.

De ahí que Pablo, hablando a los tesalonicenses, como olvidándose de la autoridad que tenía por su condición de apóstol, les dice: Nos mostramos amables con vosotros. Y, en el mismo sentido, el apóstol Pedro, cuando dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, enseña que hay que guardar en ello el modo debido, añadiendo: Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia.

Y, cuando Pablo dice a su discípulo: Vete enseñando todo esto, reprendiendo con toda autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras. Por tanto, lo que le aconseja no es un modo de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por esto hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no a la manera de los doctores que tenían ellos. El, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. Él tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad.

R. Jeroboam desvió a Israel del culto al Señor, y los israelitas imitaron a laletra el pecado de Jeroboam, hasta que el Señor los arrojó de su presencia, * como había dicho por sus siervos los profetas.
V. No volverán a ser dos naciones ni a estar divididos en dos reinos; habitarán en su tierra para siempre.

R. ¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! * ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!
V. ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?

R. Sed humildes unos con otros, * porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.
V. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.