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Orar

Martes, 27 de enero de 2026

Santa Ángela Merici, virgen

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santa Ángela Merici, virgen.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor. R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia los que lo odian;

como el humo se disipa, se disipan ellos;

como se derrite la cera ante el fuego,

así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran,

gozan en la presencia de Dios,

rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor,

alfombrad el camino

del que avanza por el desierto;

su nombre es el Señor:

alegraos en su presencia.

Padre de huérfanos, protector de viudas,

Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,

libera a los cautivos y los enriquece;

sólo los rebeldes

se quedan en la tierra abrasada.

¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo

y avanzabas por el desierto,

la tierra tembló, el cielo destiló

ante Dios, el Dios del Sinaí;

ante Dios, el Dios de Israel.

Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!,

una lluvia copiosa,

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

El Señor pronuncia un oráculo,

millares pregonan la alegre noticia:

«Los reyes, los ejércitos

van huyendo, van huyendo;

las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos,

las alas de la paloma se cubrieron de plata,

el oro destellaba en su plumaje.

Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,

la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas,

las montañas de Basán son escarpadas;

¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,

del monte escogido por Dios para habitar,

morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles:

Dios marcha del Sinaí al santuario.

Subiste a la cumbre llevando cautivos,

te dieron tributo de hombres:

incluso los que se resistían

a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día,

Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.

Nuestro Dios es un Dios que salva,

el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,

los cráneos de los malvados contumaces.

Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,

los traeré desde el fondo del mar;

teñirás tus pies en la sangre del enemigo,

y los perros la lamerán con sus lenguas.»

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Aparece tu cortejo, ¡oh Dios!,

el cortejo de mi Dios, de mi Rey,

hacia el santuario.

Al frente marchan los cantores;

los últimos, los tocadores de arpa;

en medio las muchachas van tocando panderos.

«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios,

al Señor, estirpe de Israel.»

Va delante Benjamín, el más pequeño;

los príncipes de Judá con sus tropeles;

los príncipes de Zabulón,

los príncipes de Neftalí.

¡Oh Dios!, despliega tu poder,

tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro.

A tu templo de Jerusalén

traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral,

al tropel de los toros,

a los Novillos de los pueblos.

Que se te rindan con lingotes de plata:

dispersa las naciones belicosas.

Lleguen los magnates de Egipto,

Etiopía extienda sus manos a Dios.

Reyes de la tierra, cantad a Dios,

tocad para el Señor,

que avanza por los cielos,

los cielos antiquísimos,

que lanza su voz, su voz poderosa:

«Reconoced el poder de Dios.»

Sobre Israel resplandece su majestad,

y su poder sobre las nubes.

Desde el santuario Dios impone reverencia:

es el Dios de Israel

quien da fuerza y poder a su pueblo.

¡Dios sea bendito!

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 21, 1-21

En aquellos días, el Señor se fijó en Sara, como lo había dicho; el Señor cumplió a Sara lo que le había prometido. Ella concibió y dio a luz un hijo a Abraham, ya viejo, en el tiempo que había dicho Dios. Abraham llamó al hijo que le había nacido, que le había dado Sara, Isaac. Abraham circuncidó a Isaac, su hijo, el octavo día, como lo había mandado Dios. Abraham tenía cien años, cuando le nació su hijo Isaac. Sara dijo:

«Dios me ha hecho bailar de alegría, y el que se entere se alegrará conmigo.»

Y añadió:

«¡Quién le hubiera dicho a Abraham que Sara iba a criar hijos!, pues le ha dado un hijo en su vejez.»

El chico creció y lo destetaron. Y Abraham dio un gran banquete el día que destetaron a Isaac. Pero Sara vio que el hijo de Hagar, la egipcia, y de Abraham jugaba con Isaac; y dijo a Abraham:

«Expulsa a esa criada y a su hijo; porque el hijo de esa criada no va a repartirse la herencia con mi hijo Isaac.»

Abraham se llevó un disgusto, pues era hijo suyo. Pero Dios dijo a Abraham:

«No te aflijas por el muchacho y la criada; haz todo lo que dice Sara, porque Isaac es quien continúa tu descendencia. También al hijo de la criada lo convertiré en un gran pueblo, pues es descendiente tuyo.»

Abraham madrugó, tomó pan y un odre de agua, se lo cargó a hombros de Hagar y la despidió con el muchacho. Ella marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas, se apartó y se sentó a solas, a la distancia de un tiro de arco. Pues se decía:

«No puedo ver morir a mi hijo.»

Y se sentó a distancia. El niño rompió a llorar; Dios oyó la voz del niño, y el ángel de Dios llamó a Hagar desde el cielo, y le dijo:

«¿Qué te pasa, Hagar? No temas; porque Dios ha oído la voz del chico, allí donde está. Levántate, toma al niño y cógelo fuerte de la mano, porque haré que sea un pueblo grande.»

Dios le abrió los ojos, y divisó un pozo de agua; fue allá, llenó el odre y dio de beber al muchacho.

Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero; vivió en el desierto de Farán, y su madre le buscó una mujer egipcia.

SEGUNDA LECTURA

Del Testamento espiritual de santa Ángela de Mérici, virgen

Queridísimas madres y hermanas en Cristo Jesús: En primer lugar, poned todo vuestro empeño, con la ayuda de Dios, en concebir el propósito de no aceptar el cuidado y dirección de los demás, si no es movidas únicamente por el amor de Dios y el celo de las almas.

Sólo si se apoya en esta doble caridad, podrá producir buenos y saludables frutos vuestro cuidado y dirección, ya que, como afirma nuestro Salvador: Un árbol sano no puede dar frutos malos.

El árbol sano, dice, esto es, el corazón bueno y el ánimo encendido en caridad, no puede sino producir obras buenas y santas; por esto, decía san Agustín: «Ama, y haz lo que quieras»; es decir, con tal de que tengas amor y caridad, haz lo que quieras, que es como si dijera: «La caridad no puede pecar.»

Os ruego también que tengáis un conocimiento personal de cada una de vuestras hijas; y que llevéis grabado en vuestros corazones no sólo el nombre de cada una, sino también su peculiar estado y condición. Ello no os será difícil si las amáis de verdad.

Las madres en el orden natural, aunque tuvieran mil hijos, llevarían siempre grabados en el corazón a cada uno de ellos, y jamás se olvidarían de ninguno, porque su amor es sobremanera auténtico. Incluso parece que, cuantos más hijos tienen, más aumenta su amor y el cuidado de cada uno de ellos. Con más motivo, las madres espirituales pueden y deben comportarse de este modo, ya que el amor espiritual es más poderoso que el amor que procede del parentesco de sangre.

Por lo cual, queridísimas madres, si amáis a estas vuestras hijas con una caridad viva y sincera, por fuerza las llevaréis a todas y cada una de ellas grabadas en vuestra memoria y en vuestro corazón.

También os ruego que procuréis atraerlas con amor, mesura y caridad, no con soberbia ni aspereza, teniendo con ellas la amabilidad conveniente, según aquellas palabras de nuestro Señor: Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, imitando a Dios, del cual leemos: Lo dispuso todo con suavidad. Y también dice Jesús: Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Del mismo modo, vosotras tratadlas siempre a todas con suavidad, evitando principalmente el imponer con violencia vuestra autoridad: Dios, en efecto, nos ha dado a todos la libertad y, por esto, no obliga a nadie, sino que se limita a señalar, llamar, persuadir. Algunas veces, no obstante, será necesario actuar con autoridad y severidad, cuando razonablemente lo exijan las circunstancias y necesidades personales; pero, aun en este caso, lo único que debe movernos es la caridad y el celo de las almas.

R. Sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. * Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz.
V. Vosotros sois la luz del mundo. Alumbre vuestra luz a los hombres.

Oración

Señor, Padre misericordioso, que en la virgen santa Ángela de Merici has querido darnos un modelo de amor y de prudencia, haz que, iluminados por su ejemplo y ayudados por su intercesión, seamos siempre fieles al Evangelio y demos testimonio de él ante los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.