OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Blás, obispo y mártir.
V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. R. Inclina el oído a las palabras de mi boca.
Himno
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.
Salmodia
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101
Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Salmo 101
Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas:
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor:
Que el Señor ha mirado
desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte,
para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
Salmo 101
Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: «Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días.»
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del Génesis · 28, 10—29, 14
En aquellos días, Jacob salió de Berseba en dirección a Harán. Casualmente, llegó a un lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Cogió de allí mismo una piedra, se la colocó a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar.
Y tuvo un sueño: Una escalinata apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio al Señor que estaba de pie sobre ella y le decía:
«Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido:»
Cuando Jacob despertó, dijo:
«Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía.»
Y, sobrecogido, añadió:
«Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo.»
Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que le había servido de almohada, la levantó como estela y derramó aceite por encima.
Y llamó a aquel lugar «Casa de Dios»; antes la ciudad se llamaba Luz. Jacob hizo un voto, diciendo:
«Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado como estela será una casa de Dios; y, de todo lo que me des, te daré el diezmo.»
Jacob continuó su viaje hacia el país de los orientales. En campo abierto, vio un pozo y tres rebaños de ovejas tumbadas cerca, pues los rebaños solían abrevar en el pozo; la piedra que tapaba el pozo era grande; de modo que, cuando se reunían allí todos los pastores, corrían la piedra de la boca del pozo, abrevaban los rebaños y volvían a tapar el pozo, poniendo la piedra en su sitio. Jacob les dijo:
«Hermanos, ¿de dónde sois?»
Respondieron:
«Somos de Harán.»
Les preguntó:
«¿Conocéis a Labán, hijo de Najor?» Contestaron:
«Sí.»
Les dijo:
«¿Qué tal está?»
Contestaron:
«Está bien; mira, su hija Raquel llega con el rebaño.» El les dijo:
«Todavía es pleno día y no es aún tiempo de reunir los rebaños; abrevad las ovejas y dejadlas pastar.» Contestaron:
«No podemos hasta que se reúnan todos los pastores; entonces corremos la piedra, destapando el pozo, y abrevamos las ovejas.»
Todavía estaba hablando, cuando llegó Raquel, con las ovejas de su padre, pues era pastora. Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, su tío, se acercó, removió la piedra de la boca del pozo y abrevó las ovejas de Labán, su tío; después, besó a Raquel y rompió a llorar. Jacob explicó a Raquel que era pariente de su padre e hijo de Rebeca. Ella fue a contárselo a su padre.
Cuando Labán oyó las noticias de Jacob, hijo de su hermana, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó, le besó y lo llevó a su casa. Allí él contó a Labán todo lo sucedido. Labán le dijo:
«Eres de mi carne y sangre.»
Y se quedó con él un mes.
SEGUNDA LECTURA
De los sermones de san Agustín, obispo
El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Tal es el modo como el Señor se puso a nuestro servicio, y como quiere que nosotros nos pongamos al servicio de los demás. Dio su vida en rescate por muchos: así es como nos redimió.
¿Quién de nosotros es capaz de redimir a otro? Fue su sangre y su muerte lo que nos redimió de la muerte, fue su abajamiento lo que nos levantó de nuestra postración; pero también nosotros debemos poner nuestra pequeña parte en favor de sus miembros, ya que hemos sido hechos miembros suyos: él es la cabeza, nosotros su cuerpo.
El Señor había dicho: El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Por esto, el apóstol Juan nos exhorta a imitar su ejemplo, con estas palabras: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.
Y el mismo Señor, después de su resurrección, dijo a Pedro: ¿Me quieres? El respondió: Te quiero. Por tres veces se repitió la misma pregunta y respuesta, y las tres veces dijo el Señor: Apacienta mis ovejas.
«¿Cómo podrás demostrar que me quieres, sino apacentando mis ovejas? ¿Qué vas a darme con tu amor, si todo lo esperas de mí? Aquí tienes lo que has de hacer para quererme: apacienta mis ovejas.»
Por tres veces se repiten las mismas palabras: «Me quieres?» «Te quiero.» «Apacienta mis ovejas.» Tres veces lo había negado por temor; tres veces le hace profesión de amor.
Finalmente, después que el Señor ha encomendado por tercera vez sus ovejas a Pedro, al responderle éste con su profesión de amor, con la que condenaba y borraba su pasado temor, añade el Señor a continuación: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Le anunciaba por adelantado la cruz, le predecía su martirio.
El Señor, pues, va más allá de lo que había dicho: Apacienta mis ovejas, ya que añade equivalentemente: «Sufre por mis ovejas.»
R. En ningún caso he de fracasar; * con toda seguridad, Cristo será enaltecido en mí, ya sea por mi vida o ya sea por mi muerte.
V. La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Oración
Escucha, Señor, a tu familia, reunida hoy para recordar al mártir san Blas, y concédele la paz en la vida presente y la felicidad en la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
