OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
La oración conclusiva como en las Laudes.
V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud. R. Enseña su camino a los humildes.
Himno
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Salmodia
El Señor hará justicia a los pobres.
SALMO 9 B
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»
El Señor hará justicia a los pobres.
Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.
SALMO 9 B
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)
Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.
Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.
Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.
Salmo 11
Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. (San Agustín)
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua orgullosa
de los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?»
El Señor responde: «Por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre, yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía.»
Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata limpia de escoria,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.
Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del Génesis · 41, 56—42, 26
En aquellos días, cuando el hambre cubrió toda la tierra, José abrió los graneros y repartió raciones a los egipcios, mientras arreciaba el hambre en Egipto. Y de todos los países venían a Egipto a comprar grano a José, porque el hambre arreciaba en toda la tierra. Enterado Jacob de que había grano en Egipto, dijo a sus hijos:
«¿Qué estáis mirando? He oído decir que hay grano en Egipto; bajad allá y compradnos grano para que sigamos viviendo y no muramos.»
Bajaron, pues, diez hermanos de José a comprar grano en Egipto. Jacob no dejó marchar a Benjamín, hermano de José, con sus hermanos, temiendo que le sucediera una desgracia. Los hijos de Israel fueron entre otros a comprar grano, pues había hambre en Canaán.
José mandaba en el país y distribuía las raciones a todo el mundo. Vinieron, pues, los hermanos de José y se postraron ante él, rostro en tierra. Al ver a sus hermanos, José los reconoció, pero él no se dio a conocer, sino que les habló duramente:
«¿De dónde venís?»
Contestaron:
«De tierra de Canaán a comprar provisiones.»
José reconoció a sus hermanos, pero no se les dio a conocer. Se acordó José de los sueños que había soñado, y les dijo:
«¡Sois espías!; habéis venido a observar las zonas desguarnecidas del país.»
Contestaron:
«No es así, señor; tus siervos han venido a comprar provisiones. Somos todos hijos de un mismo padre, y gente honrada; tus siervos no son espías.»
Él insistió:
«No es cierto, habéis venido a observar las zonas desguarnecidas del país.»
Respondieron:
«Éramos doce hermanos, hijos de un mismo padre, en tierra de Canaán; el menor se ha quedado con su padre, y el otro ha desaparecido.»
José les dijo:
«Lo que yo decía, sois espías; pero os pondré a prueba: no saldréis de aquí, por vida del Faraón, si primero no me traéis a vuestro hermano menor. Despachad a uno de vosotros por vuestro hermano, mientras los demás quedáis presos; y probaréis que vuestras palabras son verdaderas; de lo contrario, por vida del Faraón, que sois espías.»
Y los hizo detener, durante tres días. Al tercer día, les dijo:
«Yo temo a Dios, por eso haréis lo siguiente, y salvaréis la vida: Si sois gente honrada, uno de vosotros quedará aquí encarcelado, y los demás irán a llevar víveres a vuestras familias hambrientas; después me traeréis a vuestro hermano menor; así probaréis que habéis dicho la verdad y no moriréis.»
Ellos aceptaron, y se decían:
«Estamos pagando el delito contra nuestro hermano, cuando lo veíamos suplicarnos angustiado y no le hicimos caso; por eso nos sucede esta desgracia.»
Intervino Rubén:
«¿No os lo decía yo: “No pequéis contra el muchacho”, y no me hicisteis caso? Ahora nos piden cuentas de su sangre.»
Ellos no sabían que José los entendía, pues había usado intérprete. Él se retiró y lloró; después volvió a
ellos y escogió a Simeón y lo hizo encadenar en su presencia.
José mandó que les llenasen los sacos de grano, que metieran el dinero pagado en cada saco y que les dieran provisiones para el camino. Así se hizo. Cargaron el grano a los asnos y se marcharon.
SEGUNDA LECTURA
De los libros de los Diálogos de san Gregorio Magno, papa
Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio.
Cierto día, vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.
Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo:
«Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana.»
A lo que respondió Benito:
«Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento.»
Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.
Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.
Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo:
«Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?»
Respondió ella:
«Te lo pedí y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, y me escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio.»
Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y, por esto, pudo más porque amó más.
A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio como el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.
Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.
R. Cuando aquella santa virgen suplicó a Dios que su hermano no partiese, * consiguió mucho del Señor, porque había amado mucho.
V. Ved qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos.
Oración
Al celebrar la fiesta de santa Escolástica, virgen, te pedimos, Señor, que, siguiendo su ejemplo, te sirvamos con un amor puro y experimentemos las delicias de tu amistad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
