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Orar

Miércoles, 11 de febrero de 2026

Nuestra Señora de Lourdes

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Todos quedaban maravillados. R. De las palabras que salían de la boca de Dios.

Himno

Con entrega, Señor, a ti venimos,

escuchar tu palabra deseamos;

que el Espíritu ponga en nuestros labios

la alabanza al Padre de los cielos.

Se convierta en nosotros la palabra

en la luz que a los hombres ilumina,

en la fuente que salta hasta la vida,

en el pan que repara nuestras fuerzas;

en el himno de amor y de alabanza

que se canta en el cielo eternamente,

y en la carne de Cristo se hizo canto

de la tierra y del cielo juntamente.

Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,

el Señor Jesucristo, nuestro hermano,

y al Espíritu Santo, que, en nosotros,

glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

Salmodia

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,

mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,

torrentes destructores me aterraban,

me envolvían las redes del abismo,

me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,

grité a mi Dios:

desde su templo él escuchó mi voz

y mi grito llegó a sus oídos.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

Entonces tembló y retembló la tierra,

vacilaron los cimientos de los montes,

sacudidos por su cólera;

de su rostro se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz,

y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó

con nubarrones debajo de sus pies;

volaba sobre un querubín

cerniéndose sobre las alas del viento,

envuelto en un manto de oscuridad:

como un toldo, lo rodeaban

oscuro aguacero y nubes espesas;

al fulgor de su presencia, las nubes

se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,

el Altísimo hacía oír su voz:

disparando sus saetas, los dispersaba,

y sus continuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,

y se vieron los cimientos del orbe,

cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,

al soplo de tu ira.

Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,

me sacó de las aguas caudalosas,

me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,

pero el Señor fue mi apoyo:

me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

El Señor me libró porque me amaba.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17 · 17, 2-30

En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)

El Señor retribuyó mi justicia,

retribuyó la pureza de mis manos,

porque seguí los caminos del Señor

y no me rebelé contra mi Dios;

porque tuve presentes sus mandamientos

y no me aparté de sus preceptos;

le fui enteramente fiel,

guardándome de toda culpa;

el Señor retribuyó mi justicia,

la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, tú eres fiel;

con el íntegro, tú eres íntegro;

con el sincero, tú eres sincero;

con el astuto, tú eres sagaz.

Tú salvas al pueblo afligido

y humillas los ojos soberbios.

Señor, tú eres mi lámpara;

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

Fiado en ti, me meto en la refriega;

fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 43, 1-11a. 13-17. 26-34

En aquellos días, el hambre apretaba en el país; cuando se terminaron los víveres que habían traído de Egipto, su padre les dijo:

«Volved a comprarnos provisiones.»

Judá le contestó:

«Aquel hombre nos ha jurado: “No os presentéis ante mí si no me traéis a vuestro hermano”; si permites a nuestro hermano venir con nosotros, bajaremos a comprarte provisiones; si no lo dejas, no bajaremos; pues aquel hombre nos dijo: “No os presentéis ante mí si no me traéis a vuestro hermano.”»

Israel les dijo:

«¿Por qué me habéis dado ese disgusto: decirle que teníais otro hermano?»

Contestaron:

«Aquel hombre nos preguntaba por nosotros y por nuestra familia: “¿Vive todavía vuestro padre?, ¿tenéis más hermanos?” Y nosotros, respondimos a sus preguntas. ¿Cómo íbamos a suponer que nos iba a decir: “Traedme a vuestro hermano”?»

Judá dijo a su padre, Israel:

«Deja que el muchacho venga conmigo, así iremos y salvaremos la vida; de lo contrario, moriremos, tú y nosotros y los niños. Yo salgo fiador por él; a mí me pedirás cuentas de él: si no te lo traigo y lo pongo delante de ti, rompes conmigo para siempre. Si no hubiéramos dado largas, ya estaríamos de vuelta la segunda vez.»

Israel,, su padre, les respondió:

«Si no hay más remedio, hacedlo: tomad productos del país en vuestras vasijas y llevádselos como regalo a aquel hombre. Tomad a vuestro hermano y volved a visitar a aquel hombre. Dios Todopoderoso lo haga compadecerse de vosotros, y os suelte a vuestro hermano y deje a Benjamín. Si tengo que quedarme solo, me quedaré.»

Ellos tomaron consigo los regalos, doble cantidad de dinero y---a Benjamín; se encaminaron a Egipto y se presentaron a José. Cuando José vio con ellos a Benjamín, dijo a su mayordomo:

«Hazlos entrar en casa; que maten y guisen, pues al mediodía comerán conmigo.»

El mayordomo hizo lo que mandó José, y los hizo entrar en casa de José. Cuando José entró en casa, ellos le presentaron los regalos que habían traído y se postraron en tierra. El les preguntó:

«¿Qué tal estáis?, ¿qué tal está vuestro viejo padre, del que me hablasteis?, ¿vive todavía?» Contestaron:

«Tu siervo, nuestro padre, está bien, vive todavía.»

Y se inclinaron y se postraron. Alzando la vista, vio José a Benjamín, su hermano, hijo de su madre, y preguntó:

«¿Es éste el hermano menor de quien me hablasteis?» Y añadió:

«Dios te dé su favor, hijo mío.»

En seguida, conmovido por su hermano, le vinieron ganas de llorar; y, entrando en la alcoba, lloró allí. Después, se lavó la cara, salió, dominándose, y mandó:

«Servid la comida.»

Le sirvieron a él por un lado, a ellos por otro y a los egipcios convidados por otro; pues los egipcios no pueden comer con los hebreos, pues sería sacrilegio. Se sentaron frente a él, empezando por el primogénito y terminando por el menor, y se miraban asombrados. José les hacía pasar porciones de su mesa, y la porción de Benjamín era cinco veces mayor. Así comieron y bebieron con él.

SEGUNDA LECTURA

De una carta de santa María Bernarda Soubirous, virgen

Cierto día fui a la orilla del río Gave a recoger leña con otras dos niñas. En seguida oí como un ruido. Miré a la pradera; pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario.

Creyendo engañarme, me restregué los ojos. Metí la mano en el bolsillo para buscar mi rosario. Quise hacer la señal de la cruz, pero fui incapaz de llevar la mano a la frente. Cuando la Señora hizo la señal de la cruz, lo intenté yo también y, aunque me temblaba la mano, conseguí hacerla. Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas, aunque sin despegar los labios. Al acabar el rosario, la visión se desvaneció.

Pregunté entonces a las dos niñas si habían visto algo. Ellas lo negaron y me preguntaron si es que tenía que hacerles algún descubrimiento. Les dije que había visto a una mujer vestida de blanco, pero que no sabía de quién se trataba. Les pedí que no lo contaran. Ellas me recomendaron que no volviese más por allí, a lo que me opuse. El Domingo volví, pues sentía internamente que me impulsaban…

Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez, y me preguntó si querría ir durante quince días. Le dije que sí, y ella añadió que debía avisar a los sacerdotes para que edificaran allí una capilla. Luego me ordenó que bebiera de la fuente. Como no veía ninguna fuente, me fui hacia el río Gave, pero ella me indicó que no hablaba de ese río, y señaló con el dedo la fuente. Me acerqué, y no había más que un poco de agua entre el barro. Metí la mano, y apenas podía sacar nada, por lo que comencé a escarbar y al final pude sacar algo de agua; por tres veces la arrojé y a la cuarta pude beber. Después desapareció la visión y yo me marché.

Volví a ir allí durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un Lunes y un Viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores. Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y los ojos al cielo, me dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción.»

En aquellos días me reveló también tres secretos, prohibiéndome absolutamente que los comunicase a nadie; lo que he cumplido fielmente hasta ahora.

R. Proclama mi alma la grandeza del Señor, * porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.
V. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Oración

Ven en ayuda de nuestra debilidad, Dios de misericordia, y haz que, al recordar hoy a la inmaculada Madre de tu Hijo, por su intercesión nos veamos libres de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.