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Orar

Domingo, 1 de marzo de 2026

2º domingo de Cuaresma

Cuaresma · Morado · Ciclo A

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. La voz del Padre se oyó desde la nube. R. Éste es mi Hijo amado, escuchadlo.

El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,

construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado.

Trazaste una frontera que no traspasarán,

y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

en ellos beben las fieras de los campos,

el asno salvaje apaga su sed;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto.

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,

y vino que le alegra el corazón;

y aceite que da brillo a su rostro,

y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó:

allí anidan los pájaros,

en su cima pone casa la cigüeña.

Los riscos son para las cabras,

las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

Pones las tinieblas y viene la noche

y rondan las fieras de la selva;

los cachorros rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,

y se tumban en sus guaridas;

el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre.

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

¡Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría!;

la tierra está llena de tus creaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él bullen, sin número,

animales pequeños y grandes;

lo surcan las naves, y el Leviatán

que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan

a que les eches comida a su tiempo:

se la echas, y la atrapan;

abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;

les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Cuando él mira la tierra, ella tiembla;

cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,

que los malvados no existan más.

¡Bendice, alma mía, al Señor!

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Deuteronomio · 18, 1-22

En aquellos días, dijo Moisés al pueblo estas palabras:

«Los sacerdotes levíticos y toda la tribu de Leví no se repartirán la herencia con Israel; comerán de la heredad del Señor, de sus oblaciones; no tendrán parte en la heredad de sus hermanos: el Señor será su heredad, como él lo dijo.

Éstos serán los derechos de los sacerdotes: si uno del pueblo sacrifica un toro o una oveja, dará al sacerdote la espaldilla, las quijadas y el cuajar. Le darás las primicias de tu trigo, de tu vino y de tu aceite, y la primera lana al esquilar tu rebaño. Porque el Señor, tu Dios, los eligió para siempre, a él y a sus hijos, de entre todas las tribus, para que estén al servicio personal del Señor.

Si un levita, que reside en cualquier ciudad de Israel va por voluntad propia al lugar elegido por el Señor, podrá servir personalmente al Señor como el resto de sus hermanos levitas que ya se encontraban ahí en presencia del Señor, y comerá una parte igual a la de ellos. (Sin que sean un impedimento para esto las ventajas que haya obtenido en la venta de sus bienes patrimoniales.)

Cuando entres en la tierra que va a darte el Señor, tu Dios, no imites las abominaciones de esos pueblos. Que no haya entre los tuyos quien sacrifique en el fuego a su hijo o a su hija, ni quien practique la adivinación, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni quien consulte a los espíritus o evoque a los muertos. Porque el que practica eso es abominable para el Señor, y precisamente a causa de semejantes abominaciones va a desalojar el Señor, tu Dios, a esos pueblos delante de ti. Tú mantente fiel en tu trato con el Señor, tu Dios: Esos pueblos que tú vas a desposeer escuchan a astrólogos y vaticinadores; pero a ti no te lo permite el Señor, tu Dios.

El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de en medio de ti, de entre tus hermanos, al que vosotros escucharéis. Eso fue precisamente lo que tú pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea:

“No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio, para no morir .”

El Señor me respondió:

“Tienen razón, les suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.”

Y si te preguntas: “¿Cómo distinguir si una palabra no es palabra del Señor?” Si un profeta habla en nombre del Señor y no sucede ni se cumple su palabra, eso significa que el Señor no dijo tal palabra: ese profeta habla por arrogancia, no le tengas miedo.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo · 13, 17-14, 9

Cuando el Faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la región de los filisteos, que es el más corto, pues pensó:

«No sea que, al verse atacados, se arrepientan y vuelvan a Egipto.» Por eso Dios hizo que el pueblo diese un rodeo por el desierto, hacia el mar Rojo. Los israelitas habían salido de Egipto bien armados. Moisés tomó consigo los huesos de José, pues éste había hecho jurar a los hijos de Israel:

«Cuando el Señor cuide de vosotros, os llevaréis mis huesos de aquí.»

Partieron de Sucot y acamparon en Etán, al borde del desierto. El Señor caminaba delante de ellos, de día en una columna de nubes para guiarlos, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudieran caminar día y noche. No se apartaba delante de ellos ni la columna de nubes en el día, ni la columna de fuego durante la noche. El Señor dijo a Moisés:

«Di a los israelitas que se vuelvan y acampen en Fehirot, entre Migdal y el mar, frente a Baal Sefón. Acamparéis junto al mar. El Faraón pensará: “Los israelitas están copados en el país, el desierto les cierra el paso.” Yo voy a hacer que el Faraón se empeñe en perseguiros y mostraré mi gloria derrotando al Faraón y a su ejército, para que sepan los egipcios que yo soy el Señor.»

Así lo hicieron los israelitas. Cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el Faraón y su corte cambiaron de parecer sobre el pueblo y dijeron:

«¿Qué hemos hecho? Hemos dejado marchar a nuestros esclavos israelitas.»

Hizo preparar su carro y tomó consigo sus tropas: tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales. El Señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas, que habían salido jubilosos y triunfantes. Los egipcios los persiguieron con caballos, carros y jinetes, y les dieron alcance mientras acampaban en Fehirot, frente a Baal Sefón.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san León Magno, papa

El Señor descubre su gloria en presencia de unos testigos escogidos e ilumina con tan gran esplendor aquella forma corporal, que le es común con todos, que su rostro se pone brillante como el sol y sus vestidos blancos como la nieve.

Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, a fin de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de la dignidad oculta. Mas, con igual providencia, daba al mismo tiempo un fundamento a la esperanza de la Iglesia, ya que todo el cuerpo de Cristo pudo conocer la transformación con que él también sería enriquecido, y todos sus miembros cobraron la esperanza de participar en el honor que había resplandecido en la cabeza.

A este respecto, el mismo Señor había dicho, refiriéndose a la majestad de su advenimiento: Los santos brillarán entonces como el sol en el reino de su Padre.

Y el apóstol san Pablo afirma lo mismo, cuando dice: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y también: Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, que .es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros ton él revestidos de gloria.

Además, los apóstoles, que tenían que ser fortalecidos en su fe e iniciados en el conocimiento de todas las cosas, hallaron también en este milagro una nueva enseñanza. En efecto, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, se aparecieron, hablando con el Señor; y ello para que se cumpliera con toda perfección, por la presencia de estos cinco hombres, lo que está escrito: Sólo por la declaración de dos o tres testigos se podrá fallar una causa. ¿Qué más estable, qué más firme que esta causa? Para proclamada, la doble trompeta del antiguo y del nuevo Testamento resuena concorde, y todo lo que en tiempos pasados sirvió para testimoniada coincide con la enseñanza evangélica.

Las páginas de una y otra alianza, en efecto, se confirman mutuamente, y el resplandor de la gloria presente muestra, de una manera manifiesta y cierta, lo que las antiguas figuras habían prometido bajo el velo del misterio; es que, como dice san Juan, la ley se nos dio por mediación de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo, ya que en él han llegado a su cumplimiento la promesa de las figuras mesiánicas y el significado de los preceptos de la ley; pues, con su presencia, enseña la verdad de la profecía y, con su gracia, hace posible la práctica de los mandamientos. Que la proclamación del santo Evangelio sirva, pues, para fortalecer la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, por la que el mundo ha sido redimido.

Nadie, por tanto, tema el sufrimiento por causa de la justicia, nadie dude que recibirá la recompensa prometida, ya que a través del esfuerzo es como se llega al reposo y a través de la muerte a la vida; el Señor ha asumido toda la debilidad propia de nuestra pobre condición, y, si nosotros perseveramos en su confesión y en su amor, vencemos lo que él ha vencido y recibimos lo que ha prometido.

Ya se trate, en efecto, de cumplir sus mandamientos o de soportar la adversidad, debe resonar siempre en nuestros oídos la voz del Padre que se dejó oír desde el cielo: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias, escuchadlo.

R. Les suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca; * y él les dirá todo lo que yo le mande.
V. Enviaré a mi amado Hijo; éste es ciertamente el profeta que ha de venir al mundo.

R. Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente, * Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.
V. El Señor caminaba delante de ellos en una columna de nubes para guiarlos.

R. Vosotros os habéis acercado al Mediador de la nueva alianza, Jesús; guardaos de rechazar al que os habla, * pues si no escaparon al castigo los que rechazaron al que promulgaba la ley en la tierra, mucho menos escaparemos nosotros, si volvemos la espalda a aquel que nos habla desde el cielo.
V. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón.»

Oración

Señor, Padre santo, que nos has mandado escuchar a tu amado Hijo, aliméntanos con el gozo interior de tu palabra, para que, purificados por ella, podamos contemplar tu gloria con mirada limpia en la perfección de tus obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.