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Orar

Lunes, 2 de marzo de 2026

Lunes de la 2ª semana de Cuaresma

Cuaresma · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Convertíos y creed la Buena Noticia. R. Porque está cerca el reino de Dios.

Himno

Este largo martirio de la vida,

la fe tan viva y la esperanza muerta,

el alma desvelada y tan despierta

al dolor, y al consuelo tan dormida;

esta perpetua ausencia y despedida,

entrar el mal, cerrar tras sí la puerta,

con diligencia y gana descubierta

de que el bien no halle entrada ni salida;

ser los alivios más sangrientos lazos

y riendas libres de los desconciertos,

efectos son, Señor, de mis pecados,

de que me han de librar esos tus brazos

para recibirme están abiertos

y por no castigarme están clavados. Amén.

Salmodia

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;

tú, que eres justo, ponme a salvo,

inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,

sé la roca de mi refugio,

un baluarte donde me salve,

tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:

sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás;

tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,

pero yo confío en el Señor;

tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,

velas por mi vida en peligro;

no me has entregado en manos del enemigo,

has puesto mis pies en un camino ancho.

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

Piedad, Señor, que estoy en peligro:

se consumen de dolor mis ojos,

mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;

mis años, en los gemidos;

mi vigor decae con las penas,

mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,

la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos:

me ven por la calle y escapan de mí.

Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,

y todo me da miedo;

se conjuran contra mí

y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,

te digo: «Tú eres mi Dios.»

En tu mano está mi destino:

líbrame de los enemigos que me persiguen;

haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

¡Qué bondad tan grande, Señor,

reservas para tus fieles,

y concedes a los que a ti se acogen

a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes

de las conjuras humanas;

los ocultas en tu tabernáculo,

frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí

prodigios de misericordia

en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:

«Me has arrojado de tu vista»;

pero tú escuchaste mi voz suplicante

cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;

el Señor guarda a sus leales,

y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón

los que esperáis en el Señor.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Deuteronomio · 24, 1-25, 4

En aquellos días dio Moisés al pueblo estas normas:

«En el caso de un hombre que se casa con una mujer y consuma su matrimonio, pero a quien luego esta mujer deja de gustar, porque descubre en ella algo que le desagrada, y le redacta y entrega el acta de divorcio y la despide de su casa, si esta mujer, después de marcharse, se casa con otro hombre y éste, a su vez, llega a cobrarle aversión y le redacta y entrega el acta de divorcio y la despide de su casa, o bien si muere este segundo marido, entonces, el primero no podrá volver a tomarla por mujer, pues ella está contaminada. Sería una abominación ante el Señor: no eches un pecado sobre la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad.

Si uno está recién casado, no está obligado al servicio militar, ni a otros trabajos públicos; tendrá un año de licencia para hacer gozar a la mujer con quien se ha casado.

No tomarás en prenda las dos piedras de un molino, ni siquiera la muela, porque sería tomar en prenda una vida.

Si se descubre que alguien ha secuestrado a un hermano suyo israelita, para explotarlo o venderlo, el secuestrador morirá; así extirparás la maldad de en medio de ti.

En caso de lepra, cumplid con todo cuidado las instrucciones de los sacerdotes levitas: cumplid lo que yo les he mandado. Recuerda lo que hizo el Señor, tu Dios, con María cuando saliste de Egipto.

Si haces un préstamo cualquiera a tu hermano, no entres en su casa a recobrar la prenda; espera afuera, y el prestatario saldrá a devolverte la prenda. Y, si es pobre, no te acostarás sobre la prenda; se la devolverás a la caída del sol, y así él se acostará sobre su manto y te bendecirá, y habrás hecho una buena acción a los ojos del Señor, tu Dios.

No defraudes al jornalero pobre y necesitado, sea hermano tuyo o forastero que viva en tu tierra o en tu ciudad; cada jornada le darás su jornal, antes que el sol se ponga, porque está necesitado y para vivir necesita de su salario. Así no clamará al Señor contra ti, y tú no cargarás con un pecado.

No serán ejecutados los padres por culpas de los hijos, ni los hijos por culpas de los padres: cada uno será ejecutado por su propio pecado.

No defraudarás el derecho del forastero y del huérfano, ni tomarás en prenda las ropas de la viuda: recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que allí te redimió el Señor, tu Dios: por eso yo te mando hoy cumplir este precepto.

Cuando siegues la mies de tu campo, si se te queda en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla: déjasela al forastero, al huérfano y a la viuda, y así bendecirá el Señor todas tus tareas. Cuando varees tu olivar, no vuelvas para hacer el rebusco en las ramas: déjaselas al forastero, al huérfano y a la viuda. Cuando vendimies tu viña, no hagas el rebusco de los racimos: déjaselos al forastero, al huérfano y a la viuda. Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto: por eso yo te mando hoy cumplir esta ley.

Cuando dos hombres tengan algún litigio, vayan al tribunal, para que se haga juicio entre ellos y se absuelva al inocente y se condene al culpable. Si el culpable merece azotes, el juez lo hará tenderse en tierra y, en su presencia, le darán los azotes que merezca su delito. Le podrán dar hasta cuarenta, pero no más, no sea que, al golpearlo más, resulte excesivo el castigo y tu hermano quede envilecido a tus ojos.

No le pongas bozal al buey que trilla.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo · 14, 10-31

En aquellos días, cuando se acercaba el Faraón al campamento de Fehirot, los hijos de Israel levantaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos; el temor los invadió y clamaron al Señor. Dijeron a Moisés:

«¿No había suficientes sepulcros en Egipto para que nos trajeras a morir en el desierto? ¿Para qué nos has sacado de Egipto? ¿No te lo decíamos allá claramente: “Déjanos en paz y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto”?» Moisés respondió al pueblo:

«No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros sin que vosotros tengáis que preocuparos.» El Señor dijo a Moisés:

«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Tú alza tu cayado y extiende tu mano sobre el mar y se abrirá en dos, de modo que los israelitas puedan atravesarlo como por tierra firme.

Yo haré que el Faraón se empeñe en entrar detrás de vosotros y mostraré mi gloria derrotando al Faraón y a su ejército, a sus carros y jinetes; para que sepa Egipto que yo soy el Señor, cuando muestre mi gloria derrotando al Faraón con sus carros y jinetes.» El ángel de Dios que caminaba delante de las huestes de Israel se levantó y pasó a su retaguardia; la columna de nubes que estaba delante de ellos se puso detrás, colocándose entre el campamento egipcio y el campamento israelí; la nube se oscureció y la noche quedó tenebrosa, de modo que los egipcios no pudieron acercarse a los hijos de Israel en toda la noche.

Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar y las aguas se dividieron en dos.

Los hijos de Israel entraron por el mar como por tierra firme, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución y entraron detrás de ellos por el' mar, con los caballos del Faraón, sus carros y sus guerreros.

A la vigilia matutina, volvió Dios la mirada desde la columna de fuego y humo hacia el ejército egipcio y sembró en él el pánico. Hizo que las ruedas de los carros se trabasen unas con otras, de modo que sólo muy penosamente avanzaban. Los egipcios exclamaron entonces:

«Huyamos de Israel, porque el Señor combate por él contra Egipto.» Pero Dios dijo a Moisés:

«Extiende tu mano sobre el mar, y las aguas se reunirán sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes.» y Moisés extendió su mano sobre el mar, y, al despuntar el día, el mar recobró su estado ordinario y los egipcios en fuga se vieron frente a las aguas, y así arrojó Dios a los egipcios en medio del mar, pues las aguas, al reunirse, cubrieron carros, jinetes y todo el ejército del Faraón que había entrado en el mar en seguimiento de Israel, y no escapó ni uno solo. Pero los hijos de Israel caminaban sobre tierra seca por en medio del mar. Las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.

Aquel día libró Dios a Israel de los egipcios, cuyos cadáveres vio Israel en las orillas del mar. Israel vio la mano potente que mostró Dios contra Egipto, y el pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés su siervo.

SEGUNDA LECTURA

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado el dominio de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado.

¿Quieres aún más pruebas de que has sido honrado con dones mayores? Los judíos, entonces, no pudieron contemplar el rostro glorificado de Moisés, a pesar de que era consiervo y congénere suyo; tú, en cambio, has contemplado la gloria del rostro de Cristo. Y el apóstol Pablo afirma: Todos nosotros reflejamos como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor.

Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; pero, de un modo mucho más real, nos sigue ahora a nosotros. Pues entonces el Señor los acompañaba en atención a Moisés, pero ahora os acompaña no sólo en atención a Moisés, sino por vuestra obediencia. Ellos, al salir de Egipto, encontraron el desierto; tú, al salir de este mundo, encontrarás el cielo. Ellos tuvieron como guía e ilustre caudillo a Moisés; pero nosotros tenemos como guía y caudillo al otro Moisés, que es Dios mismo.

¿Cuál fue la nota distintiva del primer Moisés? Moisés —dice la Escritura— era el hombre más humilde del mundo. Esta característica se la podemos atribuir, sin temor a equivocarnos, a nuestro Moisés, ya que en él moraba íntima y consubstancial mente el Espíritu suavísimo. Entonces, Moisés, alzando las manos al cielo, hacía caer el maná, pan de ángeles; nuestro Moisés alza las manos al cielo y nos proporciona el alimento eterno. Aquél golpeó la roca e hizo salir torrentes de agua; éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar las fuentes del Espíritu. Por esto la mesa está situada en medio, cual una fuente, para que los rebaños acudan a la fuente desde todo lugar y beban de sus aguas salvadoras.

Disponiendo, pues, de una fuente tal, de una mesa abastecida con tal abundancia de alimentos de toda clase, de tanta abundancia de bienes espirituales, acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

R. Maestro, tienes razón al decir que Dios es único y que que hay que amarlo con todo el corazón, y * amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
V. Dar limosna equivale a ofrecer sacrificios de alabanza; apartarse del mal es complacer al Señor.

R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar; * mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.
V. El Señor es un guerrero, su nombre es «El Señor».

R. Por la fe Moisés, siendo ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija del Faraón, y prefirió sufrir males con el pueblo de Dios a disfrutar de las ventajas pasajeras del pecado; * pues tenía la mirada puesta en la recompensa.
V. Tuvo por mayor riqueza el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, y así, por la fe, abandonó Egipto.

Oración

Señor, tú que para nuestro progreso espiritual nos mandas dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad, ayúdanos a huir también de todo pecado y a entregarnos, con amor filial al cumplimiento de tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.