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Orar

Martes, 3 de marzo de 2026

Martes de la 2ª semana de Cuaresma

Cuaresma · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Ahora es el tiempo propicio. R. Ahora es el día de la salvación.

Himno

De la salud la fuente,

coronada de juncos punzadores,

un corazón ardiente

buscaba triste y lleno de dolores,

y, hallándola en la cruz, que atento mira,

así gime, así llora, así suspira:

«Señor, yo soy el ciervo

que tan sediento busco esos cristales;

si te ofendí, protervo,

ya vuelvo arrepentido de mis males;

y no me he de apartar de tu presencia

sin perdón, sin favores, sin clemencia.

En esa cruz clavado,

arco de paz te hicieron tus finezas,

y, pues enamorado

así encender pretendes las tibiezas,

que se abrasen las mías hoy te ruego

con tu luz, con tu llama, con tu fuego.

El Dios de las venganzas

un tiempo los profetas te llamaron,

mas ya mis esperanzas,

desde que hombre te hiciste, mejoraron,

pues Dios de amor te miran en prisiones,

sin carcaj, sin saetas, sin arpones.» Amén.

Salmodia

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

No te exasperes por los malvados,

no envidies a los que obran el mal:

se secarán pronto, como la hierba,

como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,

habita tu tierra y practica la lealtad;

sea el Señor tu delicia,

y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,

confía en él, y él actuará:

hará brillar tu justicia como el amanecer;

tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,

no te exasperes por el hombre que triunfa

empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,

no te exasperes, no sea que obres mal;

porque los que obran mal son excluidos,

pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,

fíjate en su sitio: ya no está;

en cambio, los sufridos poseen la tierra

y disfrutan de paz abundante.

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

El malvado intriga contra el justo,

rechina sus dientes contra él;

pero el Señor se ríe de él,

porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,

asestan el arco,

para abatir a pobres y humildes,

para asesinar a los honrados;

pero su espada les atravesará el corazón,

sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco

que ser malvado en la opulencia;

pues al malvado se le romperán los brazos,

pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,

y su herencia durará siempre;

no se agostarán en tiempo de sequía,

en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,

los enemigos del Señor

se marchitarán como la belleza de un prado,

en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,

el justo se compadece y perdona.

Los que el Señor bendice poseen la tierra,

los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,

se complace en sus caminos;

si tropieza, no caerá,

porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:

nunca he visto a un justo abandonado,

ni a su linaje mendigando el pan.

A diario se compadece y da prestado;

bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,

y siempre tendrás una casa;

porque el Señor ama la justicia

y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,

la estirpe de los malvados se extinguirá;

pero los justos poseen la tierra,

la habitarán por siempre jamás.

Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Confía en el Señor y sigue su camino.

Salmo 36

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. (Mt 5, 4)

La boca del justo expone la sabiduría,

su lengua explica el derecho;

porque lleva en el corazón la ley de su Dios,

y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo

e intenta darle muerte;

pero el Señor no lo entrega en sus manos,

no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;

él te levantará a poseer la tierra,

y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,

que prosperaba como un cedro frondoso;

volví a pasar, y ya no estaba;

lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:

su porvenir es la paz;

los impíos serán totalmente aniquilados,

el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,

él es su alcázar en el peligro;

el Señor los protege y los libra,

los libra de los malvados y los salva,

porque se acogen a él.

Confía en el Señor y sigue su camino.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Deuteronomio · 26, 1-19

En aquellos días, dijo Moisés al pueblo estas palabras:

«Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, cuando tomes posesión de ella y la habites, tomarás primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte tu Dios, los pondrás en una cesta, irás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para morada de su nombre, te presentarás al sacerdote que esté en funciones por aquellos días, y le dirás:

“Hoy confieso ante el Señor, mi Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró a nuestros padres que nos daría a nosotros.” El sacerdote cogerá de tu mano la cesta, la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios, y tú recitarás estas palabras:

“Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí con unas cuantas personas más; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron y nos humillaron, y nos impusieron dura esclavitud. Gritamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz: vio nuestra miseria, nuestros trabajos, nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto: con mano fuerte, con brazo extendido, con terribles portentos, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso vengo aquí con las primicias de los frutos de la tierra que tú me diste, Señor.”

Y lo depositarás ante el Señor, tu Dios, te postrarás ante él, y harás fiesta con el levita y el forastero que viva en tu vecindad, por todos los bienes que el Señor, tu Dios, te haya dado, a ti y a tu casa.

Cada tres años, el año del diezmo, cuando termines de repartir el diezmo de todas tus cosechas y se lo hayas dado al levita, al, forastero, al huérfano y a la viudo, para que coman en tus ciudades hasta saciarse, recitarás lo siguiente en presencia del Señor, tu Dios:

“He sacado de mi casa lo que debía ser consagrado: se lo he dado al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda, según el precepto que me diste. No he quebrantado ni olvidado ningún precepto. No he comido nada durante mi duelo, nada impuro he consumido, ni se lo he ofrendado a un dios muerto. He escuchado la voz del Señor, mi Dios, he cumplido todo lo que me mano daste. Vuelve los ojos desde tu santa morada, desde el cielo, Y' bendice a tu pueblo, Israel, y a esta tierra que nos diste, como habías jurado a nuestros padres, una tierra que mana leche y miel.”

Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón y con toda el alma. Hoy has comprometido al Señor para que sea tu Dios, a condición de que sigas sus caminos, guardes sus mandatos, normas y preceptos, y escuches su voz. Y hoy te ha comprometido el Señor a ser su propio pueblo, según él mismo te lo ha dicho, a condición de que guardes sus mandamientos; él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y tú serás el pueblo santo del Señor.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo 16, 1-18. 35

Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinaí, el día quince del segundo mes después de su salida de Egipto. La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»

El Señor dijo a Moisés:

«Yo os haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger diariamente la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. El día sexto, cuando preparen lo que hayan de llevar, que recojan el doble de lo que acostumbren recoger cada día.»

Moisés y Aarón dijeron a los israelitas:

«Esta tarde sabréis que es el Señor quien os ha sacado de Egipto, y mañana veréis la gloria del Señor. Ha oído vuestras protestas contra él, pues nosotros, ¿qué somos para que murmuréis de nosotros? Esta tarde os dará a comer carne y mañana os saciará de pan; os ha oído murmurar de él; ¿nosotros qué somos? No habéis murmurado contra nosotros, sino contra el Señor.» Moisés dijo a Aarón:

«Di a la comunidad de los hijos de Israel: “Acercaos al Señor, que ha escuchado vuestras murmuraciones.”» Mientras Aarón hablaba a la asamblea, ellos miraron hacia el desierto y vieron la' gloria del Señor que aparecía en una nube. El Señor dijo a Moisés:

«He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan, para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un grano fino parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas decían:

«Man hu», (que significa «¿Qué es esto?»; pues no sabían lo que era).

Moisés les dijo:

«Es el pan que el Señor os da de comer. Éstas son las órdenes del Señor: que cada uno recoja lo que pueda comer: un celemín por cabeza para todas las personas que vivan en una tienda.» Así lo hicieron tos israelitas: unos recogieron más, otros menos. Y al medirlo en el celemín, no sobraba al que había recogido más ni faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que necesitaba para su sustento.

Los hijos de Israel comieron el maná durante cuarenta años hasta que llegaron a tierra habitada; lo comieron hasta que llegaron a la frontera de Canaán.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

Señor, te he llamado, ven de prisa. Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo solo, sino el Cristo total.

Pero es más bien el cuerpo quien habla aquí; pues Cristo, cuando estaba en este mundo, oró en calidad de hombre, y oró al Padre en nombre de todo el cuerpo, y al orar caían de todo su cuerpo gotas de sangre. Así está escrito en el Evangelio: Jesús oraba con mayor intensidad, y sudó como gruesas gotas de sangre. Esta efusión de sangre de todo su cuerpo no significaba otra cosa que la pasión de los mártires de toda la Iglesia.

Señor, te he llamado, ven de prisa, escucha mi voz cuando te llamo. Al decir: Te he llamado, no creas que ya ha cesado el motivo de llamar. Has llamado, pero no por eso puedes estar ya seguro. Si hubiera terminado ya la tribulación, no tendrías que llamar más; pero, como que la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los siglos, no sólo hemos de decir: Te he llamado, ven de prisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo.

Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Todo cristiano sabe que estas palabras suelen entenderse de la Cabeza en persona. Cuando, en efecto, declinaba el día, el Señor entregó voluntariamente su vida en la cruz, para volver a recobrarla. Pero también entonces estábamos nosotros allí representados, Pues lo que colgó del madero es la misma naturaleza que tomó de nosotros. Si no, ¿cómo hubiera sido nunca posible que el Padre abandonara a su Hijo único, siendo ambos un solo Dios? Y sin embargo, clavando nuestra frágil condición en la cruz, en la cual, como dice el Apóstol, nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, clamó en nombre de este hombre viejo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Aquella ofrenda de la tarde fue, pues, la pasión del Señor, la cruz del Señor, oblación de la víctima salvadora, holocausto agradable a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió, por la resurrección, en ofrenda matinal. Así, la oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios .que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes.

R. Vosotros sois pueblo adquirido por Dios; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo sois ahora pueblo de Dios; * vosotros que estabais excluidos de la misericordia sois ahora objeto de la misericordia de Dios.
V. El Señor os eligió sólo por el amor que os tiene, y os rescató de la esclavitud.

R. Alimentaste a tu pueblo con manjar de ángeles, les enviaste desde el cielo un pan ya preparado, * que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos.
V. Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.

R. Estoy crucificado con Cristo; * vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
V. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.

Oración

Señor, vela con amor constante sobre tu Iglesia, edificada en la debilidad humana, y, pues sin ti la naturaleza mortal sucumbe, que tu protección la preserve siempre del mal y la encamine por las sendas de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.