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Orar

Sábado, 11 de abril de 2026

Sábado día de la Octava de Pascua

Tiempo Pascual · Blanco · Ciclo A

LAUDES

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Las antífonas y los salmos se toman del Domingo de Pascua.

Alabad al Señor, todas las naciones.

Himno

Velaron las estrellas el sueño de su muerte,

sus luces de esperanzas las recogió ya el sol,

en haces luminosos la aurora resplandece,

es hoy el nuevo día en que el Señor actuó.

Los pobres de sí mismos creyeron su palabra,

la noche de los hombres fue grávida de Dios,

él dijo volvería colmando su esperanza,

más fuerte que la muerte fue su infinito amor.

De angustia estremecida lloró y gimió la tierra,

en lágrimas y sangre su humanidad vivió,

pecado, mal y muerte perdieron ya su fuerza,

el Cristo siempre vivo es hoy nuestro blasón.

De gozo reverdecen los valles y praderas,

los pájaros y flores, su canto y su color,

celebran con los hombres la eterna primavera

del día y la victoria en que el Señor actuó.

Recibe, Padre santo, los cánticos y amores

de cuantos en tu Hijo hallaron salvación,

tu Espíritu divino nos llene de sus dones,

los hombres y los pueblos se abran a tu Amor. Amén.

Salmodia

Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.

Salmo 118 · 118, 145-152

Te invoco de todo corazón;

respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;

a ti grito: sálvame,

y cumpliré tus decretos;

me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,

esperando tus palabras.

Mis ojos se adelantan a las vigilias de la noche,

meditando tu promesa;

escucha mi voz por tu misericordia,

con tus mandamientos dame vida;

ya se acercan mis inicuos perseguidores,

están lejos de tu voluntad.

Tú, Señor, estás cerca,

y todos tus mandatos son estables;

hace tiempo comprendí que tus preceptos

los fundaste para siempre.

Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.

Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.

Cántico · Ex 15, 1-4. 8-13. 17-18

Los que habían vencido a la bestia cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios. (Ap 15, 2. 3)

Cantaré al Señor, sublime es su victoria,

caballos y carros ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré;

el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

El Señor es un guerrero,

su nombre es «El Señor».

Los carros del Faraón los lanzó al mar,

ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.

Al soplo de tu ira se amontonaron las aguas,

las corrientes se alzaron como un dique,

las olas se cuajaron en el mar.

Decía el enemigo: «Los perseguiré y alcanzaré,

repartiré el botín, se saciará mi codicia,

empuñaré la espada, los agarrará mi mano.»

Pero sopló tu aliento y los cubrió el mar,

se hundieron como plomo en las aguas formidables.

¿Quién como tú, Señor, entre los dioses?

¿Quién como tú, terrible entre los santos,

temible por tus proezas, autor de maravillas?

Extendiste tu diestra: se los tragó la tierra;

guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado,

los llevaste con tu poder hasta tu santa morada.

Lo introduces y lo plantas

en el monte de tu heredad,

lugar del que hiciste tu trono, Señor;

santuario, Señor, que fundaron tus manos.

El Señor reina por siempre jamás.

Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.

Alabad al Señor, todas las naciones. †

Salmo 116

Así es: los gentiles glorifican a Dios por su misericordia. (Rm 15, 8. 9)

Alabad al Señor todas las naciones,

† aclamadlo, todos los pueblos:

Firme es su misericordia con nosotros,

su fidelidad dura por siempre.

Alabad al Señor, todas las naciones. †

LECTURA BREVE

Rm 14, 7-9.

Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Que si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. En fin, que tanto en vida como en muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo y retornó a la vida, para ser Señor de vivos y muertos.

Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

R. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.
V. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.

R. Tú eres mi refugio.
V. Mi heredad en el país de la vida.

R. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Benedictus

Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Aleluya.

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Aleluya.

Preces

Oremos a Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan con su palabra y con su cuerpo, y digámosle:

Señor, danos paz y alegría.

Hijo de Dios, que resucitado de entre los muertos eres el Príncipe de la vida, — bendice y santifica a tus fieles y a todos los hombres.

Tú que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti, — danos vivir como hijos de la luz, y alegrarnos de tu victoria.

Aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra, — para que dé al mundo testimonio de tu resurrección.

Tú que, habiendo padecido mucho, has entrado ya en la gloria del Padre, — convierte en gozo la tristeza de los afligidos.

Oración

Dios nuestro, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar en todos los pueblos el número de tus hijos, mira con amor a tus elegidos que han nacido a una nueva vida por el sacramento del bautismo y concédeles alcanzar una dichosa inmortalidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.