OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Martín I, papa y mártir.
V. Los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios. R. Todos eran muy bien vistos. Aleluya.
Himno
Cristo el Señor,
como la primavera,
como una nueva aurora,
resucitó.
Cristo, nuestra Pascua,
es nuestro rescate,
nuestra salvación.
Es grano en la tierra,
muerto y florecido,
tierno pan de amor.
Se rompió el sepulcro,
se movió la roca,
y el fruto brotó.
Dueño de la muerte,
en el árbol grita
su resurrección.
Humilde en la tierra,
Señor de los cielos,
su cielo nos dió.
Ábranse de gozo
las puertas del Hombre
que al hombre salvó.
Gloria para siempre
al Cordero humilde
que nos redimió. Amén.
Salmodia
Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.
Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.
Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. Aleluya.
Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. Aleluya.
Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. Aleluya.
Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De las cartas de san Martín primero, papa
Es un deseo nuestro constante el consolaros por carta, aliviando de algún modo la preocupación que sentís por nuestra situación, vosotros y todos los santos y hermanos que se interesan por nosotros en el Señor. Ved que ahora os escribimos desde nuestro cautiverio. Os digo la verdad en el nombre de Cristo, nuestro Dios.
Apartados de cualquier turbación mundana y depuestos por nuestros pecados, hemos llegado casi a vernos privados de nuestra propia vida. Ya que todos los habitantes de estas regiones son paganos y siguen las costumbres paganas, y no se da entre ellos esa caridad que es connatural al hombre, que se da incluso entre los propios bárbaros, y que se manifiesta por una magnánima compasión.
Me ha sorprendido y me sigue sorprendiendo todavía la insensibilidad y falta de compasión de todos aquellos que en cierto modo me pertenecíais, y también la de mis amigos y conocidos, quienes, cuando me he visto arrastrado por esta desgracia, ni siquiera se acuerdan de mí, ni tampoco se preocupan de si todavía me encuentro sobre la tierra o de si estoy fuera de ella.
¿Creéis que tenemos miedo de presentarnos ante el tribunal de Cristo y que allí nos acusen y pidan cuentas hombres formados de nuestro mismo barro? ¿Por qué tienen los hombres tanto miedo de cumplir los mandamientos de Dios y temen precisamente donde no hay nada que temer? ¿O es que estoy endemoniado? ¿Tan perjudicial he sido para la Iglesia y contrario a ellos?
El Dios que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, confirme sus corazones, por intercesión de san Pedro, en la fe ortodoxa, y la robustezca contra cualquier hereje o adversario de la Iglesia y los guarde incólumes, sobre todo al pastor que ahora aparece como presidiéndolos, para que no se aparten, ni se desvíen, ni abandonen lo más mínimo de todo lo que profesaron por escrito ante Dios y ante sus ángeles, y puedan así recibir, juntamente conmigo, la corona de justicia de la fe ortodoxa, de manos del Señor y Salvador nuestro, Jesucristo.
De mi cuerpo ya se ocupará el Señor como él quiera, ya sea en continuas tribulaciones, ya sea en leve reposo. El Señor está cerca, ¿por qué me voy a preocupar? Espero que por su misericordia no retrasará mucho el fin de mi carrera.
Saludad en el nombre del Señor a toda la familia y a todos los que se han sentido solidarios conmigo durante mi cautiverio. Que el Dios excelso os proteja, por su poder, de toda tentación y os dé la salvación en su reino.
R. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. * Ahora me aguarda la corona merecida. (T. P. Aleluya.)
V. Lo perdí todo a fin de tener una íntima experiencia de Cristo y de la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte.
Oración
Señor Dios todopoderoso, tú que otorgaste a san Martín, papa y mártir, la gracia de no sucumbir ante las amenazas y torturas, concédenos a nosotros la fortaleza que nos es necesaria para afrontar las luchas y adversidades de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
