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Orar

Miércoles, 15 de abril de 2026

Miércoles de la 2ª semana de Pascua

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. El Señor dijo a Moisés: «Escoge entre los israelitas a los levitas, y los demás israelitas les impondrán las manos.» R. Y, después de orar, les impusieron las manos. Aleluya.

Himno

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén.

Salmodia

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Yo me dije: vigilaré mi proceder,

para que no se me vaya la lengua;

pondré una mordaza a mi boca

mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,

no hablé con ligereza;

pero mi herida empeoró,

y el corazón me ardía por dentro;

pensándolo me requemaba,

hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin

y cuál es la medida de mis años,

para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,

mis días son nada ante ti;

el hombre no dura más que un soplo,

el hombre pasa como pura sombra,

por un soplo se afana,

atesora sin saber para quién.

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?

Tú eres mi confianza.

Líbrame de mis iniquidades,

no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,

porque eres tú quien lo ha hecho.

Aparta de mí tus golpes,

que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre

castigando su culpa;

como una polilla roes sus tesoros;

el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,

haz caso de mis gritos,

no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,

forastero como todos mis padres.

Aplaca tu ira, dame respiro,

antes de que pase y no exista.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51

El que se gloría, que se gloríe en el Señor. (1Co 1, 31)

¿Por qué te glorías de la maldad

y te envalentonas contra el piadoso?

Estás todo el día maquinando injusticias

tu lengua es navaja afilada,

autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,

la mentira a la honradez;

prefieres las palabras corrosivas,

lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,

te abatirá y te barrerá de tu tienda;

arrancará tus raíces

del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,

y se reirán de él:

«Mirad al valiente

que no puso en Dios su apoyo,

confió en sus muchas riquezas,

se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,

en la casa de Dios,

confío en su misericordia

por siempre jamás.

Te daré siempre gracias

porque has actuado;

proclamaré delante de tus fieles:

«Tu nombre es bueno.»

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan · 2, 12-29

Yo, Juan, oí que el Señor me decía:

Escribe al ángel de la Iglesia de Pérgamo:

«Esto dice el que tiene la espada aguda, la de dos filos: Sé dónde habitas, como que vives donde está el trono de Satanás. Sé que te mantienes firme en mi nombre y que no renegaste de mi fe ni siquiera en los días en que Antipas, mi fiel testigo, fue muerto entre vosotros, ahí donde habita Satanás. Pero tengo algo contra ti: Toleras ahí a seguidores de la doctrina de Balaam, el que inducía a Balac a poner tropiezos ante los hijos de Israel, a que comiesen lo inmolado a los ídolos y a que fornicasen.

Así también toleras tú a quienes siguen la doctrina de los nicolaítas. Arrepiéntete, pues. Si no, mira que iré en seguida hacia ti y lucharé contra ellos con la espada de mi boca.

El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: “Al vencedor le daré del maná escondido y una piedrecita blanca con un nombre nuevo escrito en ella, que nadie conoce sino aquel que lo recibe.”»

Y al ángel de la Iglesia de Tiatira escribe:

«Esto dice el Hijo de Dios, el que tiene sus ojos como llamas de fuego y sus pies semejantes al bronce:

Conozco tus obras, tu caridad y fidelidad, tus servicios y tu constancia en esperarme y tus últimas obras que superan a las primeras. Pero tengo algo contra ti: Que toleras a Jezabel, esa mujer que se dice a sí misma profetisa, que extravía con su doctrina a mis siervos para que forniquen y coman de lo ofrecido a los ídolos. Yo le he dado tiempo para arrepentirse; pero no quiere arrepentirse de su prostitución. Voy a postrarla en el lecho del dolor, y a los que adulteran con ella los sumergiré en una gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras. Y a sus hijos los haré morir sin piedad. Así conocerán todas las Iglesias que yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones, y el que os dará a cada uno según sus obras.

Pero a los demás que quedáis en Tiatira, a los que no seguís semejante doctrina, a los que no conocisteis las profundidades de Satanás, como dicen ellos, yo os digo: No arrojaré sobre vosotros otra carga. Mantened sólo la que tenéis, hasta que yo vaya.

Y al que salga vencedor y me sea fiel hasta el fin le daré potestad sobre las naciones; y las gobernará con cetro de hierro, como se quiebran los jarros de loza, así como he recibido yo de mi Padre este poder, y le daré, además, el lucero del alba. El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias."»

PRIMERA LECTURA (Año II)

De los Hechos de los apóstoles · 6, 1-15

Por aquellos días, habiendo aumentado el número de los discípulos, se levantaron quejas de los helenistas contra los hebreos, porque se atendía mal a sus viudas en la asistencia diaria. Los Doce convocaron entonces a la asamblea de los discípulos y dijeron:

«No está bien que nosotros descuidemos la palabra de Dios por atender al servicio de las mesas. Elegid, pues, hermanos, de entre vosotros, a siete hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encomendar este servicio. Nosotros, por nuestra parte, nos dedicaremos a la oración en común y al ministerio de la palabra.»

Y pareció bien esta proposición a toda la comunidad. Y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes, después de orar, les impusieron las manos. El Evangelio se extendía cada vez más, y se multiplicaba extraordinariamente el número de los discípulos en Jerusalén. Era también numeroso el grupo de los sacerdotes que abrazaban la fe.

Esteban, lleno de gracia y de poder sobrenatural, obraba señales y prodigios entre el pueblo. Algunos de la facción llamada de los libertos y algunos cirenenses y alejandrinos y otros de Cilicia y del Asia proconsular se levantaron a disputar con Esteban; pero no podían resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.

Por eso sobornaron a algunos para que presentasen esta acusación: «Nosotros le hemos oído proferir blasfemias contra Moisés y contra Dios.»

Así excitaron los ánimos del pueblo, de los ancianos y de los escribas. Luego, cayendo de improviso sobre él, lo arrebataron y lo condujeron ante el Consejo. Allí hicieron comparecer testigos falsos con esta acusación: «Este hombre no cesa de hablar contra el lugar santo y contra la ley. Nosotros le hemos oído decir que ese Jesús Nazareno destruirá este templo y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés.»

Todos los que estaban sentados en el Consejo pusieron en él los ojos, y vieron su rostro como el de un ángel.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san León Magno, papa

No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza.

Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.

Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes. Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo; es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud Innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.

Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abraham por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja. Y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas, y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos.

Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona.

La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.

R. Esto dice el Hijo de Dios, el que tiene sus ojos como llamas de fuego: «Yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones, * y daré a cada uno según sus obras.» Aleluya.
V. Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario.

R. Yo soy el buen Pastor, * y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. Aleluya.
V. Yo mismo buscaré mis ovejas y seguiré sus huellas, y las sacaré de entre los pueblos y las apacentaré.

Oración

Señor, al renovar en este año el recuerdo del misterio pascual, que restituyó a la naturaleza humana en su primitiva dignidad y le trajo la esperanza de la resurrección, te pedimos que nos enseñes a recibir con un amor constante y fiel este misterio que con fe celebramos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.