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Orar

Sábado, 18 de abril de 2026

Sábado de la 2ª semana de Pascua

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya. R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.

Himno

La tumba abierta dice al universo:

«¡Vive! ¡Gritad, oh fuego, luz y brisa,

corrientes primordiales, firme tierra,

al Nazareno, dueño de la vida.»

La tumba visitada está exultando:

«¡Vive! ¡Gritad, montañas y colinas!

Le disteis vuestra paz, vuestra hermosura,

para estar con el Padre en sus vigilias.»

La tumba perfumada lo proclama:

«¡Vive! ¡Gritad, las plantas y semillas:

le disteis la bebida y alimento

y él os lleva en su carne florecida!»

La tumba santa dice a las mujeres:

«¡Vive! ¡Gritad, creyentes matutinas,

la noticia feliz a los que esperan,

y colmad a los hombres de alegría!»

¡Vive el Señor Jesús, está delante,

está por dentro, está emanando vida!

¡Cante la vida el triunfo del Señor,

su gloria con nosotros compartida! Amén.

Salmodia

Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. Aleluya.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

Dad gracias al Señor porque es bueno:

porque es eterna su misericordia.

¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,

pregonar toda su alabanza?

Dichosos los que respetan el derecho

y practican siempre la justicia.

Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,

visítame con tu salvación:

para que vea la dicha de tus escogidos,

y me alegre con la alegría de tu pueblo,

y me gloríe con tu heredad.

Hemos pecado como nuestros padres,

hemos cometido maldades e iniquidades.

Nuestros padres en Egipto

no comprendieron tus maravillas;

no se acordaron de tu abundante misericordia,

se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,

pero Dios los salvó por amor de su nombre,

para manifestar su poder.

Increpó al mar Rojo, y se secó,

los condujo por el abismo como por tierra firme;

los salvó de la mano del adversario,

los rescató del puño del enemigo;

las aguas cubrieron a los atacantes,

y ni uno solo se salvó:

entonces creyeron sus palabras,

cantaron su alabanza.

Bien pronto olvidaron sus obras,

y no se fiaron de sus planes:

ardían de avidez en el desierto

y tentaron a Dios en la estepa.

Él les concedió lo que pedían,

pero les mandó un cólico por su gula.

Envidiaron a Moisés en el campamento,

y a Aarón, el consagrado al Señor:

se abrió la tierra y se tragó a Datán,

se cerró sobre Abirón y sus secuaces;

un fuego abrasó a su banda,

una llama consumió a los malvados.

Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. Aleluya.

No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros. Aleluya.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

En Horeb hicieron un becerro,

adoraron un ídolo de fundición,

cambiaron su Gloria por la imagen

de un toro que come hierba.

Se olvidaron de Dios, su salvador,

que había hecho prodigios en Egipto,

maravillas en el país de Cam,

portentos junto al mar Rojo.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;

pero Moisés, su elegido,

se puso en la brecha junto a él

para apartar su cólera del exterminio.

Despreciaron una tierra envidiable,

no creyeron en su palabra;

murmuraban en las tiendas,

no escucharon la voz del Señor.

Él alzó la mano y juró

que los haría morir en el desierto,

que dispersaría su estirpe por las naciones

y los aventaría por los países.

Se acoplaron con Baal Fegor,

comieron de los sacrificios a dioses muertos;

provocaron a Dios con sus perversiones,

y los asaltó una plaga;

pero Finés se levantó e hizo justicia,

y la plaga cesó;

y se le apuntó a su favor

por generaciones sin término.

Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,

Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos:

le habían amargado el alma,

y desvariaron sus labios.

No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros. Aleluya.

Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles. Aleluya.

Salmo 105

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. (1Co 10, 11)

No exterminaron a los pueblos

que el Señor les había mandado;

emparentaron con los gentiles,

imitaron sus costumbres;

adoraron sus ídolos

y cayeron en sus lazos;

inmolaron a los demonios

a sus hijos y a sus hijas;

derramaron la sangre inocente

y profanaron la tierra ensangrentándola;

se mancharon con sus acciones

y se prostituyeron con sus maldades.

La ira del Señor se encendió contra su pueblo,

y aborreció su heredad;

los entregó en manos de gentiles,

y sus adversarios los sometieron;

sus enemigos los tiranizaban

y los doblegaron bajo su poder.

Cuántas veces los libró;

mas ellos, obstinados en su actitud,

perecían por sus culpas;

pero él miró su angustia,

y escuchó sus gritos.

Recordando su pacto con ellos,

se arrepintió con inmensa misericordia;

hizo que movieran a compasión

a los que los habían deportado.

Sálvanos, Señor, Dios nuestro,

reúnenos de entre los gentiles:

daremos gracias a tu santo nombre,

y alabarte será nuestra gloria.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

desde siempre y por siempre.

Y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan · 5, 1-14

Yo, Juan, vi, a la derecha del que estaba sentado en el trono, un libro escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que gritaba a grandes voces:

«¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?»

Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el libro y de ver su contenido. Pero uno de los ancianos me dijo:

«No llores más. Mira que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y él puede abrir el libro y sus siete sellos.»

Y vi en medio, donde estaban el trono y los cuatro seres y en medio de los ancianos, un Cordero en pie y como degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, es decir: los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Vino y tomó el libro de la diestra del que estaba sentado en el trono. Y, cuando lo hubo tomado, los cuatro seres y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada uno su cítara y sus copas de oro llenas de incienso, que significaban las oraciones de los santos, y cantaban un cántico nuevo, diciendo:

«Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y por tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra.»

Y tuve otra visión. Y oí un coro de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres y de los ancianos. Y era su número miríadas de miríadas y millares de millares. Y aquel coro inmenso de voces decía:

«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»

Y todas las creaturas que existen en el cielo y sobre la tierra y debajo de la tierra y en el mar, y todo cuanto en ellos se contiene, oí que decían:

«Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»

Y los cuatro seres respondían:

«Amén.»

Y los ancianos cayeron de hinojos y rindieron adoración al que vive por todos los siglos.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De los Hechos de los apóstoles · 7, 44—8, 4

En aquellos días, Esteban prosiguió su discurso, diciendo: «Nuestros padres tuvieron consigo, en el desierto, el tabernáculo del testimonio. Así lo había dispuesto el que mandó a Moisés fabricarlo según el modelo que le había mostrado. Nuestros padres lo recibieron en herencia y lo introdujeron, bajo la dirección de Josué, en la tierra que ocupaban los gentiles, a quienes arrojó Dios para dar lugar a nuestros padres. Y así hasta los días de David. David halló gracia a los ojos de Dios. Pidió el privilegio de construir morada para el Dios de Jacob; pero fue Salomón quien se la edificó, aunque ciertamente el Altísimo no habita en casas construidas por los hombres, como dice el profeta: “El cielo es mi trono y la tierra es escabel de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—, o cuál va a ser el lugar de mi descanso? ¿No soy yo quien ha hecho todas estas cosas?”

¡Hombres de dura cerviz, que cerráis obstinadamente vuestro entendimiento y vuestro corazón a la verdad, vosotros habéis ido siempre en contra del Espíritu Santo! Lo mismo que hicieron vuestros padres hacéis también vosotros. ¿A qué profeta dejaron de perseguir vuestros padres? Ellos quitaron la vida a los que anunciaban la venida del Justo, al cual vosotros habéis ahora traicionado y asesinado; vosotros, que recibisteis la ley por ministerio de los ángeles y no la guardasteis.»

Al escuchar esta diatriba, ardían de rabia sus corazones y rechinaban sus dientes de coraje. Esteban, por su parte, lleno del Espíritu Santo, con la mirada fija en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su diestra; y exclamó: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre a la diestra de Dios.»

Ante estas palabras, con gran griterío, se taparon los oídos. Embistieron todos a una contra él y, sacándolo a empellones fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven, llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba con estas palabras: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»

Y, puesto de rodillas, dijo con fuerte voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado.»

Y, dicho esto, murió. Saulo, por su parte, aprobaba su muerte.

Sucedió que, aquel mismo día, una violenta persecución se desencadenó contra la Iglesia de Jerusalén, y todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban, haciendo gran duelo por su muerte. Mientras tanto, Saulo hacía estragos en la Iglesia, entraba por las casas y, llevándose violentamente a hombres y mujeres, los arrojaba a la cárcel.

Los que se habían dispersado fueron anunciando por todas partes la Buena Nueva de la palabra de Dios.

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano segundo

Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad, a través de muchas etapas y de muchas maneras habló en otro tiempo a nuestros antepasados por ministerio de los profetas y, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, la Palabra hecha carne, ungido por el Espíritu Santo, para anunciar la Buena Noticia a los pobres y curar a los contritos de corazón, como médico corporal y espiritual, mediador entre Dios y los hombres. En efecto, su humanidad, unida a la persona de la Palabra, fue Instrumento de nuestra salvación. Por esto, en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y en él se nos dio la plenitud del culto divino.

Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró- en el pueblo de la antigua alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión. Por este misterio, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida.

Pues del costado de Cristo, dormido en la cruz, nació el sacramento admirable de la Iglesia entera.

Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, él a su vez envió a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar la Buena Noticia a toda creatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.

Y, así, por el bautismo los hombres son Injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él, reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: «¡Padre!», y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre.

Asimismo, cuantas veces comen la Cena del Señor, proclaman su muerte hasta que vuelva. Por eso el día mismo de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que acogieron favorablemente la palabra de Pedro se hicieron bautizar. Y eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la fracción del pan y en las oraciones, y alababan a Dios y gozaban de la simpatía general del pueblo. Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo todos los pasajes de la Escritura que a él se refieren, celebrando la eucaristía, en la cual se hace de nuevo presente la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por su don inefable que tenemos en Cristo Jesús, para alabanza de su gloria.

R. Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado * y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.
V. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.

R. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba con estas palabras: «Señor Jesús, recibe mi espíritu; * no les tomes en cuenta este pecado.»
V. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

R. Yo soy la vid verdadera y vosotros sois los sarmientos; * el que permanece en mí, como yo en él, da mucho fruto. Aleluya.
V. Como el Padre me amó, así también yo os he amado a vosotros; permaneced en mi amor.

Oración

Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.