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Orar

Viernes, 1 de mayo de 2026

San José Obrero

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San José Obrero.

V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya. R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.

Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. Aleluya.

Himno

A ti, José, patriarca y artesano,

que habitas pobre y escondida casa,

con voz alegre y corazón humilde

nuestra voz canta.

De regia estirpe, en posición modesta,

sufres paciente, resignado callas,

mientras sustentas, con trabajo duro,

dos vidas santas.

Fiel artesano y ejemplar modelo,

das a los hombres pruebas bien preclaras

de honra al trabajo, y de hacer la vida

santificada.

Sé compasivo con tus fieles siervos,

refrena torpes, sórdidas ganancias;

que crezca Cristo místico en los ámbitos

de toda patria.

Dios uno y trino, que eres a la vez

Padre de todos y de todos alma,

haz que imitemos de José la vida

y muerte santa. Amén.

Salmodia

Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó. Aleluya.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,

inclina el oído a las palabras de mi boca:

que voy a abrir mi boca a las sentencias,

para que broten los enigmas del pasado.

Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

no lo ocultaremos a sus hijos,

lo contaremos a la próxima generación:

las alabanzas del Señor,

su poder, las maravillas que realizó:

porque él estableció una norma para Jacob,

dio una ley a Israel.

Él mandó a nuestros padres

que lo enseñaran a sus hijos,

para que lo supiera la generación siguiente:

los hijos que nacieran después.

Que surjan y le cuenten a sus hijos,

para que pongan en Dios su confianza

y no olviden las acciones de Dios,

sino que guarden sus mandamientos;

para que no imiten a sus padres,

generación rebelde y pertinaz;

generación de corazón inconstante,

de espíritu infiel a Dios.

Los arqueros de la tribu de Efraím

volvieron la espalda en la batalla;

no guardaron la alianza de Dios,

se negaron a seguir su ley,

echando en olvido sus acciones,

las maravillas que les había mostrado,

cuando hizo portentos a vista de sus padres,

en el país de Egipto, en el campo de Soán:

hendió el mar para abrirles paso,

sujetando a las aguas como muros;

los guiaba de día con una nube,

de noche con el resplandor del fuego;

hendió la roca en el desierto,

y les dio a beber raudales de agua;

sacó arroyos de la peña,

hizo correr las aguas como ríos.

Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó. Aleluya.

Los hijos comieron del maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. Aleluya.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Pero ellos volvieron a pecar contra él,

y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:

tentaron a Dios en sus corazones,

pidiendo una comida a su gusto;

hablaron contra Dios: «¿Podrá Dios

preparar una mesa en el desierto?

Él hirió la roca, brotó agua

y desbordaron los torrentes;

pero ¿podrá también darnos pan,

proveer de carne a su pueblo?»

Lo oyó el Señor, y se indignó;

un fuego se encendió contra Jacob,

hervía su cólera contra Israel,

porque no tenían fe en Dios

ni confiaban en su auxilio.

Pero dio orden a las altas nubes,

abrió las compuertas del cielo:

hizo llover sobre ellos maná,

les dio un trigo celeste;

y el hombre comió pan de ángeles,

les mandó provisiones hasta la hartura.

Hizo soplar desde el cielo el levante,

y dirigió con su fuerza el viento sur;

hizo llover carne como una polvareda,

y volátiles como arena del mar;

los hizo caer en mitad del campamento,

alrededor de sus tiendas.

Ellos comieron y se hartaron,

así satisfizo su avidez;

pero con la avidez recién saciada,

con la comida aún en la boca,

la ira de Dios hirvió contra ellos:

mató a los más robustos,

doblegó a la flor de Israel.

Los hijos comieron del maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. Aleluya.

Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor. Aleluya.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Y con todo, volvieron a pecar,

y no dieron fe a sus milagros:

entonces consumió sus días en un soplo,

sus años en un momento;

y, cuando los hacía morir, lo buscaban,

y madrugaban para volverse hacia Dios;

se acordaban de que Dios era su roca,

el Dios Altísimo, su redentor.

Lo adulaban con sus bocas,

pero sus lenguas mentían:

su corazón no era sincero con él,

ni eran fieles a su alianza.

Él, en cambio, sentía lástima,

perdonaba la culpa y no los destruía:

una y otra vez reprimió su cólera,

y no despertaba todo su furor;

acordándose que eran de carne,

un aliento fugaz que no torna.

Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo (Núms. 33-34)

Con su trabajo y su ingenio el hombre se ha esforzado siempre por mejorar su vida; pero hoy, gracias a la ayuda de la ciencia y de la técnica, ha desarrollado y sigue desarrollando su dominio sobre casi toda la naturaleza y, gracias sobre todo a las múltiples relaciones de todo tipo establecidas entre las naciones, la familia humana se va reconociendo y constituyendo progresivamente como una única comunidad en todo el mundo. De donde resulta que muchos bienes que el hombre esperaba alcanzar de las fuerzas superiores, hoy se los procura con su propio trabajo. Ante este inmenso esfuerzo, que abarca ya a todo el género humano, el hombre no deja de plantearse numerosas preguntas: ¿Cuál es el sentido y el valor de esa actividad? ¿Cómo deben ser utilizados todos estos bienes? Los esfuerzos individuales y colectivos ¿qué fin intentan conseguir?

La Iglesia, que guarda el depósito de la palabra de Dios, de la que se deducen los principios en el orden moral y religioso, aunque no tenga una respuesta preparada para cada pregunta, intenta unir la luz de la revelación con el saber humano para iluminar el nuevo camino emprendido por la humanidad.

Para los creyentes es cierto que la actividad humana individual o colectiva o el ingente esfuerzo realizado por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.

Pues el hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de que, sometiendo a su dominio la tierra y todo cuanto ella contiene, gobernase el mundo con justicia y santidad, y de que, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, dirija su persona y todas las cosas a Dios, para que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea admirable en todo el mundo.

Esta verdad tiene su vigencia también en los trabajos más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y sus familias, disponen su trabajo de tal forma que resulte beneficioso para la sociedad, con toda razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen con su trabajo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.

Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están por el contrario convencidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.

Cuanto más aumenta el poder del hombre, tanto más grande es su responsabilidad, tanto individual como colectiva.

De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que más bien les impone esta colaboración como un deber.

R. El Señor Dios colocó al hombre, a quien había creado,en el jardín de Edén * para que lo guardara y lo cultivara. Aleluya.
V. Ésta fue la condición del hombre desde el principio.

Oración

Dios, autor de nuestra salvación y de nuestra liberación, escucha nuestras súplicas, y a quienes redimiste por la sangre de tu Hijo concédeles poder vivir para ti, y en ti gozar de la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.