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Orar

Miércoles, 20 de mayo de 2026

San Bernardino de Siena, presbítero

Tiempo Pascual · Blanco

LAUDES

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Bernardino de Siena, presbítero.

Himno

Emprenda la esperanza raudo vuelo

siguiendo los caminos de nuestro Salvador,

y libre de nostalgias, camino de los cielos,

alegre el corazón.

Dijeron que te fuiste a las alturas

juntándote a los coros del «Gloria» de Belén,

acaban hoy su canto en melodías puras

con un solemne «Amén».

Jamás te irás, Señor, porque eres nuestro,

serás Hijo del hombre sin fin de eternidad;

los hombres, por tu nombre, de Dios hijos dilectos,

hermanos te serán.

Asciende victorioso del combate,

derrama sobre el mundo tu Espíritu de amor,

retorna jubiloso al seno de tu Padre,

tú volverás, Señor. Amén.

Salmodia

Todos los pueblos vendrán a adorar al Señor. Aleluya.

Salmo 85

Bendito sea Dios, que nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 3. 4)

Inclina tu oído, Señor; escúchame,

que soy un pobre desamparado;

protege mi vida, que soy un fiel tuyo;

salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,

que a ti te estoy llamando todo el día;

alegra el alma de tu siervo,

pues levanto mi alma hacia ti;

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,

rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración,

atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo,

y tú me escuchas.

No tienes igual entre los dioses, Señor,

ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán

a postrarse en tu presencia, Señor;

bendecirán tu nombre:

«Grande eres tú, y haces maravillas;

tú eres el único Dios.»

Enséñame, Señor, tu camino,

para que siga tu verdad;

mantén mi corazón entero

en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;

daré gloria a tu nombre por siempre,

por tu grande piedad para conmigo,

porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,

una banda de insolentes atenta contra mi vida,

sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad y leal,

mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,

salva al hijo de tu esclava;

dame una señal propicia,

que la vean mis adversarios y se avergüencen,

porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Todos los pueblos vendrán a adorar al Señor. Aleluya.

Nuestros ojos contemplarán al Rey en su gloria. Aleluya.

Cántico · Is 33, 13-16

La promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos. (Hch 2, 39)

Los lejanos, escuchad lo que he hecho;

los cercanos, reconoced mi fuerza.

Temen en Sión los pecadores,

y un temblor se apodera de los perversos:

«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador,

quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?»

El que procede con justicia y habla con rectitud

y rehúsa el lucro de la opresión;

el que sacude la mano rechazando el soborno

y tapa su oído a propuestas sanguinarias,

el que cierra los ojos para no ver la maldad:

ése habitará en lo alto,

tendrá su alcázar en un picacho rocoso,

con abasto de pan y provisión de agua.

Nuestros ojos contemplarán al Rey en su gloria. Aleluya.

Toda carne contemplará la salvación de Dios. Aleluya.

Salmo 97

Este salmo canta la primera venida del Señor y la conversión de los paganos. (S. Atanasio)

Cantad al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

gritad, vitoread, tocad:

tocad la cítara para el Señor,

suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas

aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,

la tierra y cuantos la habitan;

aplaudan los ríos, aclamen los montes

al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia

y los pueblos con rectitud.

Toda carne contemplará la salvación de Dios. Aleluya.

LECTURA BREVE

Rm 6, 8-11

Si verdaderamente hemos muerto con Cristo, tenemos fe de que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, mas su vida es un vivir para Dios. Así también, considerad vosotros que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión con Cristo Jesús.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. Aleluya, aleluya.
V. El que por nosotros colgó del madero.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Benedictus

Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Aleluya.

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Aleluya.

Preces

Dando gracias al Padre, porque el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, digamos confiados:

Padre nuestro, escucha la voz de tus hijos.

Señor, fuente de toda paciencia y consuelo, concédenos estar de acuerdo entre nosotros, como es propio de cristianos, — para que, unánimes, a una voz, te alabemos a ti, Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Haz que nos esforcemos por complacer y servir a nuestro prójimo, — para que realicemos el bien en favor de nuestros hermanos y los edifiquemos con nuestro ejemplo.

No permitas que nos seduzca el espíritu del mundo, que está bajo el influjo del maligno, — y haz que seamos siempre dóciles al Espíritu que procede de ti.

Tú que penetras el corazón del hombre, — guíanos por las sendas de la sinceridad y de la verdad.

Oración

Dios misericordioso, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, que se entregue plenamente a ti y que viva siempre unificada por el amor, según tú se lo has mandado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.