Saltar al contenido

Orar

Miércoles, 20 de mayo de 2026

San Bernardino de Siena, presbítero

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Bernardino de Siena, presbítero.

V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya. R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.

Himno

¿Cuándo, Señor, te llevarás cautiva

la historia de pecado que el mundo concibió?;

¿cuándo, Señor, serán cielos y tierra

el cielo de tu amor?

¿Cuándo, también, emprenderá su vuelo

la débil esperanza de nuestro corazón?;

¿cuándo, Señor, florecerá en el barro

tu sangre y tu pasión?

¿Cuándo, Señor, los gritos de los hombres

serán clamor eterno de júbilo y de paz?;

¿cuándo, Señor, las penas y tristezas

tu gloria alumbrarán?

Y ¿cuándo, finalmente, Padre amado,

seremos en el Hijo tus hijos de adopción?;

¿cuándo, Señor, será ya todo en todos

tu Espíritu de amor? Amén.

Salmodia

La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor. Aleluya.

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Pues dijiste: «Cimentado está por siempre mi amor,

asentada más que el cielo mi lealtad.»

Sellé una alianza con mi elegido,

jurando a David, mi siervo:

«Te fundaré un linaje perpetuo,

edificaré tu trono para todas las edades.»

El cielo proclama tus maravillas, Señor,

y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.

¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?

¿Quién como el Señor entre los seres divinos?

Dios es temible en el consejo de los ángeles,

es grande y terrible para toda su corte.

Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?

El poder y la fidelidad te rodean.

Tú domeñas la soberbia del mar

y amansas la hinchazón del oleaje;

tú traspasaste y destrozaste a Rahab,

tu brazo potente desbarató al enemigo.

Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;

tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;

tú has creado el norte y el sur,

el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.

Tienes un brazo poderoso:

fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.

Justicia y derecho sostienen tu trono,

misericordia y fidelidad te preceden.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:

caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;

tu nombre es su gozo cada día,

tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza,

y con tu favor realzas nuestro poder.

Porque el Señor es nuestro escudo,

y el Santo de Israel nuestro rey.

La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor. Aleluya.

El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. Aleluya.

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Un día hablaste en visión a tus amigos:

«He ceñido la corona a un héroe,

he levantado a un soldado sobre el pueblo.»

Encontré a David, mi siervo,

y lo he ungido con óleo sagrado;

para que mi mano esté siempre con él

y mi brazo lo haga valeroso;

no lo engañará el enemigo

ni los malvados lo humillarán;

ante él desharé a sus adversarios

y heriré a los que lo odian.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,

por mi nombre crecerá su poder:

extenderé su izquierda hasta el mar,

y su derecha hasta el Gran Río.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora»

y yo lo nombraré mi primogénito,

excelso entre los reyes de la tierra.

Le mantendré eternamente mi favor,

y mi alianza con él será estable;

le daré una posteridad perpetua

y un trono duradero como el cielo.

El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. Aleluya.

Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.» Aleluya.

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Si sus hijos abandonan mi ley

y no siguen mis mandamientos,

si profanan mis preceptos

y no guardan mis mandatos,

castigaré con la vara sus pecados

y a latigazos sus culpas;

pero no les retiraré mi favor

ni desmentiré mi fidelidad,

no violaré mi alianza

ni cambiaré mis promesas.

Una vez juré por mi santidad

no faltar a mi palabra con David:

«Su linaje será perpetuo,

y su trono como el sol en mi presencia,

como la luna, que siempre permanece:

su solio será más firme que el cielo.»

Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.» Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

El nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.

Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido.

Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso —dice— elegido por mí, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, para que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para dar a conocer —dice— mi nombre.

Pues igual que con el fuego se limpian los campos, se consumen los hierbajos, las zarzas y las espinas inútiles, e igual también que cuando sale el sol y, disipadas las tinieblas, huyen los ladrones, los atracadores y los que andan errantes por la noche, así también cuando hablaba Pablo a la gente era como el fragor de un trueno, o como un incendio crepitante, o como el sol que de pronto brilla con más claridad, y consumía la incredulidad, lucía la verdad y desaparecía el error como la cera que se derrite en el fuego.

Pablo hablaba del nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús.

El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.

Por eso la Iglesia, esposa de Cristo, basándose en su testimonio, salta de júbilo con el Profeta, diciendo: Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, es decir, siempre. El Profeta exhorta igualmente en este sentido: Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su salvación, es decir, Jesús, el Salvador que él ha enviado.

R. Alabaré siempre tu nombre * y te llamaré en mi súplica. (T. P. Aleluya.)
V. Me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!

Oración

Señor Dios, tú que diste a san Bernardino de Siena un amor admirable al santo nombre de Jesús, concédenos también a nosotros, por su intercesión y sus méritos, vivir siempre inflamados de este mismo espíritu de amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.