OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Cristóbal Magallanes, presbítero y Compañeros, mártires.
V. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. R. Gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Aleluya.
Himno
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quien gustó tu dulzura
¿qué no tendrá por llanto y amargura?
Y a este mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al fiero viento, airado, Estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! Amén.
Salmodia
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88 · 88, 39-53
Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
v derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. Aleluya.
Salmo 89
Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vigilia nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De los sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo
Queridísimos hermanos, cada vez que celebramos las fiestas de los mártires, debemos pensar que militamos bajo el mismo Rey bajo el que también ellos merecieron luchar y vencer.
Debemos pensar que hemos sido salvados por el mismo bautismo por el que ellos también fueron salvados, que gozamos y somos fortalecidos con los mismos sacramentos que ellos merecieron recibir, que llevamos en la frente el sello del Emperador que ellos también llevaron felizmente.
Por ello, cada vez que celebramos el aniversario de los santos mártires, los bienaventurados mártires deben reconocer en nosotros algo de sus virtudes, para que les agrade suplicar para nosotros la misericordia de Dios. En efecto, todos aman lo que les es semejante. Por tanto, si lo semejante se une a lo semejante, lo desemejante se aleja mucho. Nuestro particular bienaventurado,
cuya festividad deseamos celebrar con gozo, fue sobrio, ¿cómo se le podrá unir el que se da a la bebida? ¿Qué unión puede tener el humilde con el soberbio, el generoso con el envidioso, el espléndido con el avaro, el pacífico con el iracundo?
El bienaventurado mártir fue, sin duda, casto: ¿cómo podrá unirse al adúltero? Queridísimos hermanos, si los gloriosos mártires repartieron lo suyo con los pobres, ¿cómo podrán ser amigos de los que roban lo ajeno? Los santos mártires se afanaban en amar a los enemigos, ¿cómo tendrán parte con los que, a veces, ni siquiera se esfuerzan en el amor recíproco entre amigos?
Queridísimos hermanos, no nos contraríe imitar, en la medida de nuestras fuerzas, a los santos mártires para que, por sus méritos y oraciones, merezcamos ser absueltos de todos los pecados.
Alguno dirá: ¿quién puede imitar a los santos mártires? Con la ayuda de Dios podemos y debemos imitarlos en muchas cosas, si no en todo.
¿No puedes soportar el fuego? Puedes evitar la lujuria. ¿No puedes soportar la pezuña desgarradora? Rechaza la avaricia que conduce a negocios perversos y a ganancias malvadas. Si te vence lo fácil, ¿cómo no te destrozará lo difícil? La paz tiene también sus mártires: pues, en buena medida, participa del martirio el que vence a la ira, el que rehúye la envidia como si fuera un veneno viperino, el que rechaza la soberbia, el que expulsa del corazón el odio, el que refrena los deseos superfluos de la gula, el que no se entrega a la embriaguez.
Cada vez que y en cualquier lugar que trabajes por una causa justa, si das testimonio de ella, serás mártir. Puesto que Cristo es la justicia y la verdad, en cualquier lugar donde trabajes por la justicia o por la verdad o por la castidad, si las defiendes con todas tus fuerzas, recibirás la recompensa de los mártires.
Y como la palabra mártir significa testigo, quien da testimonio en favor de la verdad será indudablemente mártir de Cristo, que es la verdad.
R. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. * Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
V. En la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
Oración
Dios eterno y omnipotente, que inspiraste en el presbítero san Cristóbal y sus compañeros la fidelidad al Reino de Cristo hasta el martirio; por su intercesión, concédenos que, perseverantes en la confesión de la verdadera fe, permanezcamos siempre fieles a los mandatos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
