OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
del Común de la S. V. M.:
V. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor. R. Más que miel en la boca.
Himno
Lucero de la mañana,
norte que muestra el camino,
cuando turba de continuo
nuestro mar la tramontana.
Quien tanta grandeza explica
sin alas puede volar,
porque no podrá alabar
a la que es más santa y rica.
Sois pastora de tal suerte,
que aseguráis los rebaños
de mortandades y daños,
dando al lobo cruda muerte.
Dais vida a quien se os aplica,
y en los cielos y en la tierra
libráis las almas de guerra,
como poderosa y rica.
Si vuestro ejemplo tomasen
las pastoras y pastores,
yo fío que de dolores
para siempre se librasen.
Tanto Dios se os comunica,
que sin fin os alabamos,
y más cuando os contemplamos
en el mundo la más rica. Amén.
Salmodia
Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y engreídos;
no pasan las fatigas humanas
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo,
y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?»
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: «Voy a hablar como ellos»,
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.
Salmo 72
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú tomas mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?;
y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi herencia eterna.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y proclamar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.
PRIMERA LECTURA (Año II)
De la segunda carta a los Corintios · 8, 1-24
Hermanos: Os queremos dar a conocer la gracia de Dios que se ha manifestado en las Iglesias de Macedonia. Pasaban por una dura prueba de escasez y, sin embargo, su rebosante gozo y su extremada pobreza culminaron en la riqueza de su liberalidad. Porque según sus posibilidades (de esto soy testigo), y aun por encima de ellas, nos pedían espontáneamente y con mucha insistencia la gracia de poder participar en este servicio en favor de los fieles (de Jerusalén).
Y fueron más allá de lo que esperábamos: ellos mismos se pusieron a disposición primero del Señor y luego de nosotros, porque ésa era la voluntad de Dios. Ante este resultado, rogamos a Tito que, según había comenzado antes, llevase también a feliz término entre vosotros esta obra de caridad.
Por lo tanto, así como sobresalís en toda clase de carismas de fe, de discursos, de ciencia, en toda obra de celo y en la caridad que hemos puesto en vosotros, sobresalid también en esta obra de generosidad. No es una orden que os doy, sino que, movido por el interés de los demás, quiero comprobar lo sincero de vuestra caridad. Bien conocéis el ejemplo de liberalidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que os enriquecierais con su pobreza.
Esto no es más que un consejo que os doy; y viene muy bien a vosotros, que desde el año pasado sois los primeros, no sólo en poner manos a la obra en la colecta (ahora interrumpida), sino también en la voluntad de llevarla a cabo. Terminad, pues, ahora, la obra comenzada. Que a vuestra prontitud en la iniciativa corresponda ahora su realización, según vuestras posibilidades.
Cuando la voluntad está pronta es bien recibida con lo que se tenga; no se mira a lo que no se tiene. No se trata de que vosotros paséis escasez para que otros tengan holgura, sino de que haya equidad. En estas circunstancias, que vuestra abundancia remedie la escasez de aquéllos, y que su abundancia alivie vuestra indigencia; y así haya equidad. Dice a este propósito la Escritura: «El que mucho recogió no tuvo de más, y el que poco no anduvo en escasez.»
Gracias doy a Dios porque ha puesto en el corazón de Tito este mismo interés por vosotros. Porque no sólo acogió bien nuestra invitación, sino que, solícito como el que más, por propia iniciativa se dirigió a vuestro lado. Junto con él os enviamos a otro hermano nuestro, que se ha ganado las alabanzas de todas las Iglesias en la difusión del Evangelio. Y no sólo esto, sino que por voto común de las Iglesias (de Macedonia) ha sido designado como compañero de nuestros viajes en esta obra de caridad, obra que llevamos entre manos para gloria del mismo Señor y prueba de nuestra buena voluntad.
Así tratamos de evitar que nadie nos critique por estas abundantes limosnas que vamos recogiendo, pues procuramos el bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres.
Os enviamos con ellos al otro hermano nuestro, de cuyo interés y celo hemos tenido pruebas bien claras en tantas ocasiones; en ésta se ha mostrado mucho más solícito por la gran confianza que tiene en vosotros.
Por lo que se refiere a Tito, sabéis que es mi compañero y colaborador en el apostolado entre vosotros; los demás hermanos nuestros son delegados de las Iglesias, son gloria de Cristo. Así pues, como lo esperan las demás Iglesias, hacedles demostración de vuestra caridad, y demostradles que son verdaderos los elogios que de ella hicimos.
SEGUNDA LECTURA
De la carta de Cutberto sobre la muerte de san Beda el Venerable
El martes, antes de la fiesta de la Ascensión, la enfermedad de Beda se agravó; su respiración era fatigosa y los pies se le hinchaban. Sin embargo, durante todo aquel día siguió sus lecciones y el dictado de sus escritos con ánimo alegre. Dijo, entre otras cosas:
«Aprended de prisa porque no sé cuánto tiempo viviré aún, ni si el Creador me llevará consigo en seguida.»
Nosotros teníamos la impresión de que tenía noticia clara de su muerte; prueba de ello es que se pasó toda la noche velando y en acción de gracias.
Al amanecer del miércoles, nos mandó que escribiéramos lo que teníamos comenzado; lo hicimos hasta la hora de Tercia. A la hora de Tercia tuvimos la procesión con las reliquias de los santos, como es costumbre ese día. Uno de los nuestros, que estaba con Beda, le dijo:
«Maestro, falta aún un capítulo del libro que últimamente dictabas; ¿te resultaría muy difícil seguir contestando a nuestras preguntas?»
A lo que respondió:
«No hay dificultad. Toma la pluma y ponte a escribir en seguida.»
Así lo hizo él. Pero a la hora de Nona me dijo:
«Tengo en mi baúl unos cuantos objetos de cierto valor, a saber; pimienta, pañuelos e incienso; ve corriendo y avisa a los presbíteros del monasterio para repartir entre ellos estos regalos que Dios me ha hecho.»
Ellos vinieron, y Beda les dirigió la palabra, rogando a todos y cada uno que celebraran misas por él y recitaran oraciones por su alma, lo que prometieron todos de buena gana.
Se les caían las lágrimas, sobre todo cuando Beda dijo que ya no verían por más tiempo su rostro en este mundo. Pero se alegraron cuando dijo:
«Hora es ya de que vuelva a mi Creador (si así le agrada), a quien me creó cuando yo no era y me formó de la nada. He vivido mucho tiempo, y el piadoso juez ha tenido especial providencia de mi vida; es inminente el momento de mi partida, pues deseo partir para estar con Cristo; mi alma desea ver en todo su esplendor a mi rey, Cristo.»
Y dijo más cosas edificantes, continuando con su alegría de siempre hasta el atardecer.
Wiberto, de quien ya hemos hablado, se atrevió aún a decirle:
«Querido maestro, queda aún por escribir una frase.»
Contestó Beda:
«Pues escribe en seguida.»
Al poco tiempo dijo el muchacho:
«Ya está.»
Y Beda contestó de nuevo:
«Bien dices, está cumplido. Ahora haz el favor de colocarme la cabeza de manera que pueda sentarme mirando a la capilla en que solía orar; pues también ahora quiero invocar a mi Padre.»
Y así, tendido sobre el suelo de su celda, comenzó a recitar:
«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.»
Al nombrar al Espíritu Santo exhaló el último suspiro, y, sin duda, emigró a las delicias del cielo, como merecía, por su constancia en las alabanzas divinas.
R. Pasé todo el tiempo de mi vida en el monasterio, entregado a la meditación de las sagradas Escrituras, a la observancia de la vida religiosa y a la tarea cotidiana de cantar con la Iglesia las alabanzas de Dios. * Tuve siempre mi delicia en aprender, en enseñar y en escribir. (T. P. Aleluya.)
V. Quien cumpla y enseñe mi ley será grande en el reino de los cielos.
Oración
Señor Dios, que has iluminado a tu Iglesia con la sabiduría de san Beda el Venerable, concede a tus siervos la gracia de ser constantemente orientados por las enseñanzas de tu santo presbítero y ayudados por sus méritos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
