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Orar

Jueves, 28 de mayo de 2026

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Tiempo Ordinario · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo. R. Enséñame tus leyes.

Himno

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

A la voz de tu aliento

se estremeció la nada:

la hermosura brilló

y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,

si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces

de tu voz semejanza:

en los goces pequeños

y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos

donde se siente el alma,

tu clara voz creadora

despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,

entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,

perdemos la esperanza;

hemos roto el camino

y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,

Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo

de todas las mañanas,

de las tardes serenas,

de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,

si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio,

nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De la segunda carta a los Corintios · 11, 7-29

Hermanos: ¿Acaso he cometido alguna falta por el hecho de haberme abajado para encumbraros a vosotros, anunciándoos gratuitamente el Evangelio de Dios? Despojé a otras Iglesias recibiendo de ellas con qué vivir, para poder serviros a vosotros; y estando entre vosotros, y necesitado, no fui gravoso a nadie; fueron los hermanos llegados de Macedonia quienes remediaron mis necesidades. Y en todas las cosas me guardé y me guardaré bien de seros gravoso. Por la verdad de Cristo que en mí reside: no se verá coartada esta gloria en las regiones de Acaya. Y ¿por qué? ¿Porque no os amo? Bien sabe Dios que sí os amo.

Pues bien, tal como ahora lo hago, lo continuaré haciendo. Así cortaré toda ocasión a los que bien quisieran tener una de poder ser como nosotros en el apostolado de que se glorían. Esos tales son falsos apóstoles, saboteadores, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, cuando el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por consiguiente, no es mucho que sus ministros se disfracen también de ministros de la justificación. Pero su fin corresponderá a sus obras.

Una vez más os digo: no penséis que soy un fatuo. Con todo, aceptadme como tal, y permitidme que me gloríe un poco. Lo que voy a decir no lo voy a decir según el espíritu del Señor, sino como si desvariase por motivos de vanagloria. Ya que muchos se jactan a lo humano, también yo me voy a jactar. Realmente, ¡con qué gusto soportáis a los tontos, siendo vosotros tan sensatos! Porque aguantáis que esa gente os esclavice, os devore, os explote, os humille y os abofetee en el rostro. Con pena lo digo, pues tal parece que nuestro comportamiento para con vosotros ha sido débil.

Pero de todo cuanto alguien quisiera alardear (hablo como hablaría un fatuo) me atrevería yo también a jactarme. ¿Que son hebreos? También yo. ¿Que son israelitas? También yo. ¿Descendientes de Abraham? También yo. ¿Que son ministros de Cristo? Voy a decir una locura: ¡Mucho más lo soy yo! Los supero en trabajos, en encarcelamientos, en muchísimos más azotes; por tantísimas veces que he estado en peligro de muerte.

Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui golpeado con varas. Una vez fui apedreado. Tres veces sufrí naufragio. Un día y una noche los pasé entre las olas. He vivido en un continuo peregrinar, con peligros en los ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de los de mi raza, peligros de parte de los paganos, peligros en las ciudades, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros de parte de falsos hermanos; con trabajos y fatigas, con muchas noches sin dormir, con hambre y con sed, con ayunos frecuentes, con frío y sin ropa.

Y, además de muchas otras cosas, la responsabilidad que pesa sobre mí diariamente, mi preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién sufre angustias sin que yo las comparta? ¿Quién es impugnado por el enemigo sin que esté yo en ascuas?

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre los misterios.

Al salir de la piscina bautismal fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice el salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Es tu nombre un ungüento cuyo perfume se difunde; por eso te aman las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que, llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio tiene sus ojos en la frente. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en linaje escogido, sacerdotal, precioso. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio.

Después de esto, recibiste la vestidura blanca como señal de que te habías despojado de la envoltura del pecado y te habías vestido con la casta ropa de la inocencia, de conformidad con lo que dice el salmista: Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. En efecto, tanto la ley antigua como el Evangelio aluden a la limpieza espiritual del que ha sido bautizado: la ley antigua, porque Moisés roció con la sangre del cordero sirviéndose de un ramo de hisopo-, el Evangelio, porque las vestiduras de Cristo eran blancas como la nieve, cuando mostró la gloria de su resurrección. Aquel a quien se le perdonan los pecados queda más blanco que la nieve. Por esto dice el Señor por boca de Isaías: Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve.

La Iglesia, engalanada con estas vestiduras gracias al baño de regeneración, dice con palabras del Cantar de los cantares: Soy negra pero hermosa, hijas de Jerusalén. Negra por la fragilidad de su condición humana, hermosa por la gracia; negra porque consta de hombres pecadores, hermosa por el sacramento de la fe. Las hijas de Jerusalén, estupefactas al ver estas vestiduras, dicen: «¿Quién es ésta que sube resplandeciente de blancura? Antes era negra, ¿de dónde esta repentina blancura?»

Y Cristo, al contemplar a su Iglesia con blancas vestiduras -él, que por su amor tomó unas sórdidas vestiduras, como dice el libro del profeta Zacarías-, al contemplar al alma limpia y lavada por el baño de regeneración, dice: ¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Tus ojos son como palomas, bajo cuya apariencia bajó del cielo el Espíritu Santo.

Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu del santo temor, y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como prenda suya, el Espíritu, como te enseña el Apóstol.

R. Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza. * Hacedlo todo con espíritu de caridad.
V. Proceded con toda discreción; vuestra palabra sea siempre agradable, sazonada con gracia.

R. El Evangelio anunciado por mí no es cosa humana; * y no lo recibí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.
V. Por la verdad de Cristo que en mí reside, os aseguro que os he anunciado el Evangelio de Dios.

R. Al abrazar la fe, habéis sido sellados con el sello del Espíritu Santo prometido, prenda de nuestra herencia, * para la redención del pueblo que Dios adquirió para sí.
V. Dios nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.