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Orar

Viernes, 5 de junio de 2026

San Bonifacio, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Rojo · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Hijo mío, conserva mis palabras. R. Conserva mis mandatos y vivirás.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Pelea, Señor, contra los que me atacan,

guerrea contra los que me hacen guerra;

empuña el escudo y la adarga,

levántate y ven en mi auxilio;

di a mi alma:

«Yo soy tu victoria.»

Y yo me alegraré con el Señor,

gozando de su victoria;

todo mi ser proclamará:

«Señor, ¿quién como tú,

que defiendes al débil del poderoso,

al pobre y humilde del explotador?»

Se presentaban testigos violentos:

me acusaban de cosas que ni sabía,

me pagaban mal por bien,

dejándome desamparado.

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,

me vestía de saco,

me mortificaba con ayunos

y desde dentro repetía mi oración.

Como por un amigo o por un hermano,

andaba triste,

cabizbajo y sombrío,

como quien llora a su madre.

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,

se juntaron contra mí

y me golpearon por sorpresa;

me laceraban sin cesar,

cruelmente se burlaban de mí,

rechinando los dientes de odio.

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?

Defiende mi vida de los que rugen,

mi único bien, de los leones,

y te daré gracias en la gran asamblea,

te alabaré entre la multitud del pueblo.

Que no canten victoria mis enemigos traidores,

que no se hagan guiños a mi costa

los que me odian sin razón.

Señor, tú lo has visto, no te calles;

Señor, no te quedes a distancia;

despierta, levántate, Dios mío;

Señor mío, defiende mi causa.

Júzgame tú según tu justicia.

Que canten y se alegren

los que desean mi victoria;

que repitan siempre: «Grande es el Señor»,

los que desean la paz a tu siervo.

Mi lengua anunciará tu justicia,

todos los días te alabaré.

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De la carta a los Gálatas · 5, 1-25

Hermanos: Manteneos firmes y no os dejéis sujetar al yugo de la esclavitud. Yo mismo, Pablo, os lo digo: Si os hacéis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y vuelvo a declarar a todos cuantos se hacen circuncidar: Quedan obligados a cumplir toda la ley. Habéis roto con Cristo los que pretendéis alcanzar la justificación por la ley. Habéis desertado de la gracia. Nosotros, en cambio, esperamos ansiosamente por el Espíritu, en virtud de la fe, la salud que nos reportará la justificación. Porque para los de Cristo Jesús no vale nada ser o no ser circuncidado. Solamente la fe, actuada por la caridad.

Ibais tan bien: ¿quién se interpuso para que no creyeseis a la verdad? Esa sugestión no procede de aquel que os convoca. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Yo confío en el Señor que pensaréis de la misma manera que yo. Y el que introduce enredos entre vosotros sufrirá su castigo, quienquiera que sea. En cuanto a mí, hermanos, si en realidad predico todavía la circuncisión, como pretenden, ¿por qué me persiguen aún? En este caso habrían de dar ya por terminado el escándalo de la cruz … ¡Ojalá que esos tales que os perturban se mutilasen del todo de una vez!

Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Pues toda la ley se concentra en esta frase: amarás al prójimo como a ti mismo. Pero, si mutuamente os mordéis y os devoráis, mirad que acabaréis por destruiros unos a otros.

E insisto: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais.

Si os dejáis guiar por el Espíritu, ya no estáis bajo la ley. Todo el mundo sabe cuáles son las obras de la carne, tales como: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, ira, contiendas, discusiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y otras semejantes. Respecto de ellas os prevengo ahora, como ya os previne antes: que quienes las practican no heredarán el reino de Dios.

En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra estas cosas no se levanta ninguna ley. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y tendencias. Si vivimos por el Espíritu marchemos tras el Espíritu.

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Bonifacio, obispo y mártir

La Iglesia, que es como una barca que navega por el mar de este mundo y que se ve sacudida por las diversas olas de las tentaciones, no ha de dejarse a la deriva, sino que debe ser gobernada.

En la primitiva Iglesia tenemos el ejemplo de Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre.

Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura.

Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él y él allanará tus sendas. Y en otro lugar: El nombre del Señor es un torreón de fortaleza: a él se acoge el honrado; y es inaccesible. Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna.

No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro de los pastores de la Iglesia.

R. Queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, * porque habíais llegado a sernos muy queridos. Aleluya.
V. ¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros.

Oración

Señor, que la intercesión de tu mártir san Bonifacio nos ayude a mantener con firmeza y a proclamar con nuestras obras aquella misma fe que él predicó con su palabra y testimonió con su sangre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.