Saltar al contenido

Orar

Martes, 14 de julio de 2026

San Enrique

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Enrique.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor. R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia los que lo odian;

como el humo se disipa, se disipan ellos;

como se derrite la cera ante el fuego,

así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran,

gozan en la presencia de Dios,

rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor,

alfombrad el camino

del que avanza por el desierto;

su nombre es el Señor:

alegraos en su presencia.

Padre de huérfanos, protector de viudas,

Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,

libera a los cautivos y los enriquece;

sólo los rebeldes

se quedan en la tierra abrasada.

¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo

y avanzabas por el desierto,

la tierra tembló, el cielo destiló

ante Dios, el Dios del Sinaí;

ante Dios, el Dios de Israel.

Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!,

una lluvia copiosa,

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.

Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

El Señor pronuncia un oráculo,

millares pregonan la alegre noticia:

«Los reyes, los ejércitos

van huyendo, van huyendo;

las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos,

las alas de la paloma se cubrieron de plata,

el oro destellaba en su plumaje.

Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,

la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas,

las montañas de Basán son escarpadas;

¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,

del monte escogido por Dios para habitar,

morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles:

Dios marcha del Sinaí al santuario.

Subiste a la cumbre llevando cautivos,

te dieron tributo de hombres:

incluso los que se resistían

a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día,

Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.

Nuestro Dios es un Dios que salva,

el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,

los cráneos de los malvados contumaces.

Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,

los traeré desde el fondo del mar;

teñirás tus pies en la sangre del enemigo,

y los perros la lamerán con sus lenguas.»

Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Salmo 67

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. (Ef 4, 8)

Aparece tu cortejo, ¡oh Dios!,

el cortejo de mi Dios, de mi Rey,

hacia el santuario.

Al frente marchan los cantores;

los últimos, los tocadores de arpa;

en medio las muchachas van tocando panderos.

«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios,

al Señor, estirpe de Israel.»

Va delante Benjamín, el más pequeño;

los príncipes de Judá con sus tropeles;

los príncipes de Zabulón,

los príncipes de Neftalí.

¡Oh Dios!, despliega tu poder,

tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro.

A tu templo de Jerusalén

traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral,

al tropel de los toros,

a los Novillos de los pueblos.

Que se te rindan con lingotes de plata:

dispersa las naciones belicosas.

Lleguen los magnates de Egipto,

Etiopía extienda sus manos a Dios.

Reyes de la tierra, cantad a Dios,

tocad para el Señor,

que avanza por los cielos,

los cielos antiquísimos,

que lanza su voz, su voz poderosa:

«Reconoced el poder de Dios.»

Sobre Israel resplandece su majestad,

y su poder sobre las nubes.

Desde el santuario Dios impone reverencia:

es el Dios de Israel

quien da fuerza y poder a su pueblo.

¡Dios sea bendito!

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Job · 3, 1-26

Entonces Job abrió sus labios y maldijo el día de su nacimiento, diciendo:

«¡Perezca el día en que nací, la noche que dijo: “Se ha concebido un varón”!

Que ese día se vuelva tinieblas, que Dios desde lo alto no se ocupe de él, que sobre él no brille la luz, que lo reclamen las tinieblas y las sombras, que la niebla se pose sobre él, que un eclipse lo aterrorice, que se apodere de esa noche la oscuridad, que no se sume a los días del año, que no entre en la cuenta de los meses; que esa noche quede estéril y cerrada a los gritos de júbilo, que la maldigan los que maldicen el Océano, los que entienden de conjurar al Leviatán; que se velen las estrellas de su aurora, que espere la luz en vano y no vea el parpadear de la alborada; porque no me cerró las puertas del vientre de mi madre, ni escondió a mis ojos tanta miseria.

¿Por qué al salir del vientre no morí, o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?

Ahora dormiría tranquilo, descansaría en paz, lo mismo que los reyes de la tierra que se alzan mausoleos, o como los nobles que amontonan oro y plata en sus palacios.

Ahora sería un aborto enterrado, una criatura que no llegó a ver la luz. Allí acaba el tumulto de los malvados, allí reposan los que están rendidos, con ellos descansan los cautivos sin oír la voz del capataz; se confunden los pequeños y los grandes y el esclavo se libra de su amo.

¿Para qué dar la luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura; al que ansía la muerte que no llega y escarba buscándola anhelante, como se buscan los tesoros escondidos; al que se alegraría ante la tumba y gozaría al recibir la sepultura; al hombre que no encuentra su camino porque Dios le ha cerrado las salidas?

Por alimento tengo mis sollozos, como el agua se derraman mis gemidos; lo que más temía me sucede, lo que más me aterraba me acontece. No tengo paz ni calma ni descanso, y vivo entre continuos sobresaltos.»

SEGUNDA LECTURA

De la Vida de san Camilo, escrita por un colega suyo

Empezaré por la santa caridad, raíz y complemento de todas las virtudes, con la que Camilo estaba familiarizado más que con ninguna otra. Y, así, afirmo que nuestro santo estaba inflamado en el fuego de esta santa virtud, no sólo para con Dios, sino también para con el prójimo, en especial para con los enfermos; y esto en tal grado que la sola vista de los enfermos bastaba para enternecer y derretir su corazón y para hacerle olvidar completamente todas las delicias, deleites y afectos mundanos. Cuando servía a algún enfermo, lo hacía con un amor y compasión tan grandes que parecía como si en ello tuviera que agotar y consumir todas sus fuerzas. De buena gana hubiera tomado sobre sí todos los males y dolencias de los enfermos con tal de aliviar sus sufrimientos o curar sus enfermedades.

Descubría en ellos la persona de Cristo con una viveza tal, que muchas veces, mientras les daba de comer, se imaginaba que eran el mismo Cristo en persona y les pedía su gracia y el perdón de los pecados. Estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor. De nada hablaba con tanta frecuencia y con tanto fervor como de la santa caridad, y hubiera querido poderla infundir en el corazón de todos los mortales.

Deseoso de inflamar a sus hermanos de religión en esta virtud, la primera de todas, acostumbraba inculcarles aquellas dulcísimas palabras de Jesucristo: Estuve enfermo, y me visitasteis. Estas palabras parecía tenerlas realmente esculpidas en su corazón; tanta era la frecuencia con que las decía y repetía.

La caridad de Camilo era tan grande y tan amplia que tenían cabida en sus entrañas de piedad y benevolencia no sólo los enfermos y moribundos, sino toda clase de pobres y desventurados. Finalmente, era tan grande la piedad de su corazón para con los necesitados, que solía decir:

«Si no se hallaran pobres en el mundo, habría que dedicarse a buscarlos y sacarlos de bajo tierra, para ayudarlos y practicar con ellos la misericordia.»

R. Sostened a los débiles, esmeraos siempre en hacer el bien a todos: * Ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de nosotros.
V. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios.

Oración

Dios nuestro, que otorgaste al presbítero san Camilo de Lelis la gracia de una singular caridad hacia los enfermos, infunde en nosotros un gran amor hacia ti, para que te sirvamos en la persona de nuestros hermanos y podamos así, cuando salgamos de este mundo, presentarnos ante ti llenos de confianza. Por nuestro señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.