Saltar al contenido

Orar

Lunes, 20 de julio de 2026

San Apolinar, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Apolinar, obispo y mártir.

V. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor. R. Más que miel en la boca.

Himno

En el principio, tu Palabra.

Antes que el sol ardiera,

antes del mar y las montañas,

antes de las constelaciones,

nos amó tu Palabra.

Desde tu seno, Padre,

era sonrisa su mirada,

era ternura su sonrisa,

era calor de brasa.

En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,

todo salió sin mancha,

desde el arrullo del río

hasta el rocío y la escarcha;

nuevo el canto de los pájaros,

porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,

aunque matemos la mañana

y desperdiciemos la tarde,

y asesinemos la alborada.

Como una espada de fuego,

en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;

Espíritu, satúranos de tu fragancia;

danos palabras para responderte,

Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

¡Qué bueno es Dios para el justo,

el Señor para los limpios de corazón!

Pero yo por poco doy un mal paso,

casi resbalaron mis pisadas:

porque envidiaba a los perversos,

viendo prosperar a los malvados.

Para ellos no hay sinsabores,

están sanos y engreídos;

no pasan las fatigas humanas

ni sufren como los demás.

Por eso su collar es el orgullo,

y los cubre un vestido de violencia;

de las carnes les rezuma la maldad,

el corazón les rebosa de malas ideas.

Insultan y hablan mal,

y desde lo alto amenazan con la opresión.

Su boca se atreve con el cielo,

y su lengua recorre la tierra.

Por eso mi pueblo se vuelve a ellos

y se bebe sus palabras.

Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber,

se va a enterar el Altísimo?»

Así son los malvados:

siempre seguros, acumulan riquezas.

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón

y he lavado en la inocencia mis manos?

¿Para qué aguanto yo todo el día

y me corrijo cada mañana?

Si yo dijera: «Voy a hablar como ellos»,

renegaría de la estirpe de tus hijos.

Meditaba yo para entenderlo,

pero me resultaba muy difícil;

hasta que entré en el misterio de Dios,

y comprendí el destino de ellos.

Es verdad: los pones en el resbaladero,

los precipitas en la ruina;

en un momento causan horror,

y acaban consumidos de espanto.

Como un sueño al despertar, Señor,

al despertarte desprecias sus sombras.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Cuando mi corazón se agriaba

y me punzaba mi interior,

yo era un necio y un ignorante,

yo era un animal ante ti.

Pero yo siempre estaré contigo,

tú tomas mi mano derecha,

me guías según tus planes,

y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a ti en el cielo?;

y contigo, ¿qué me importa la tierra?

Se consumen mi corazón y mi carne

por Dios, mi herencia eterna.

Sí: los que se alejan de ti se pierden;

tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios,

hacer del Señor mi refugio,

y proclamar todas tus acciones

en las puertas de Sión.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Job · 12, 1-25

Job tomó la palabra y dijo:

«Realmente sois gente importante y con vosotros morirá la sabiduría; pero también yo tengo inteligencia y no soy menos que vosotros: ¿quién no sabe todo eso?

Soy el hazmerreír de mi vecino, yo, que llamaba a Dios y me escuchaba. (¡El hazmerreír, siendo honrado y cabal!) Y los que se sienten satisfechos exclaman: “Que vaya a la desgracia, al desprecio, dad un último golpe al que vacila.” Y, con todo, están en paz las tiendas de los salteadores, y viven tranquilos los que desafían a Dios, pensando que lo tienen en su puño.

Pregunta a las bestias y te instruirán, a las aves del cielo y te informarán, a los reptiles del suelo y te darán lecciones, te lo contarán los peces del mar: con tantos maestros, ¿quién no sabe que la mano de Dios lo ha hecho todo? En su mano está el alma de los vivientes y el espíritu del hombre de carne.

¿No distingue el oído las palabras, y no saborea el paladar los manjares? ¿No está en los ancianos la sabiduría, y la prudencia en los viejos?

Pues él posee sabiduría y poder; la perspicacia y la prudencia son suyas. Lo que él destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará; si retiene la lluvia, viene la sequía: si la suelta; se inunda la tierra.

El posee fuerza y eficacia, suyos son el engañado y el que engaña; él puede hacer estúpidos a los consejeros, y hacer enloquecer a los gobernantes; él arranca a los reyes sus insignias, y les ata una soga a la cintura; él despoja a los sacerdotes de su gloria, y derriba los poderes establecidos; quita la palabra a los elocuentes, y priva de sensatez a los ancianos; arroja desprecio sobre los nobles, y afloja el cinturón de los robustos; arranca a las tinieblas sus secretos, y saca a luz lo que estaba entre las sombras; levanta pueblos y los arruina, dilata naciones y las destierra; quita el talento a los jefes, y los extravía por una inmensidad sin caminos, donde van a tientas en lóbrega tiniebla, tropezando como ebrios.»

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo

El bienaventurado Apolinar enriqueció a la Iglesia con el honor local y eximio del martirio. Hizo honor al nombre de Apolinar, porque perdió aquí su vida según el mandato de su Dios, para conquistarla en la vida eterna. Bienaventurado el que acabó su carrera y mantuvo la fe de tal manera que volvió a ser el primero de su iglesia para los que confiaban en él. Nadie crea, porque se le otorgue el título de confesor, que es inferior al mártir el que, por voluntad de Dios, piensa en el combate que se vuelve a entablar cada mañana de múltiples formas. Escucha lo que dice Pablo: «Muero cada día». Es poca cosa que muera una sola vez en el que a menudo puede ofrecer a su rey una gloriosa victoria sobre sus enemigos. Al mártir no lo hace tanto la muerte como la fe y la piedad: y como es propio del valor sucumbir en la batalla por amor al rey, así también es propio del valor perfecto combatir durante mucho tiempo. Fue mártir no porque le produjera la muerte, sino que reconoció al mártir porque no le arrancó la fe; el astuto enemigo lanzó todos los dardos que pudo y recurrió a todas sus clases de armas, pero no pudo mover la posición de aquel fortísimo jefe ni violar su constancia. Hermanos, si es necesario, es gran cosa despreciar la vida presente por el Señor, pero es hasta glorioso despreciar el mundo con la forma de vivir y pisotear a su príncipe.

Cristo corría al encuentro del mártir; el mártir corría al encuentro de su Rey. Lo hemos dichO bien: «corría», tal como dice el profeta: «Levántate para venir a mi encuentro y mira». Pero para conservar a quien la defendía luchando a favor de ella, la santa Iglesia corre apresuradamente al encuentro de Cristo para que reservase al vencedor la corona de la justicia y le procurase a ella la presencia de su combatiente en tiempo de guerra. El confesor derramaba sangre a menudo y daba testimonio de su Creador con sus heridas y con la fe de su mente. Levantando los ojos al cielo despreciaba la carne y la tierra. Pero la todavía tierna infancia de la Iglesia venció, resistió y consiguió con su deseo que el mártir fuese retardado. Hermanos, hablo de la infancia que siempre lo consigue todo, que combate más con las lágrimas que con las fuerzas. El rostro y el sudor de los fuertes no tienen el poder de las lágrimas de los niños, porque unos quebrantan los cuerpos, pero los otros quebrantan los corazones; en un caso apenas se mueven los juicios de la mente pero, en el otro, toda la piedad se abaja condescendiente.

Hermanos, ¿qué más se puede decir? La santa madre Iglesia procuró no ser separadade su obispo. Éste vive como el buen pastor que está en medio de su grey, y el que nos precedió corporalmente nunca se separó en cuanto al espíritu. Digo que nos precedió con su apariencia externa; por lo demás, la morada de su cuerpo descansa entre nosotros. El diablo desapareció; el perseguidor sucumbió; pero reina y vive el que deseó morir por su Rey.

R. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe * Pero ahora se me ha dado la corona de la justicia que en aquel día me restituirá el Señor, juez justo.
V. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

Oración

Señor y Dios nuestro, dirige a tus fieles por el camino de la salvación eterna, que san Apolinar mostró con su doctrina y testimonió con su martirio, y ayúdanos, por su intercesión, a perseverar en la práctica de tus mandamientos para alcanzar la corona que él mereció. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.