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Orar

Martes, 21 de julio de 2026

San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia.

V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. R. Inclina el oído a las palabras de mi boca.

Himno

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra!

Penetra como fuego

y divide la entraña.

¡Nada como tu voz,

es terrible tu espada!

¡Nada como tu aliento,

es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir

encendida la lámpara,

que para virgen necia

no es posible la entrada.

No basta con gritar

sólo palabras vanas,

ni tocar a la puerta

cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos

que me cercena el alma,

que hiere a sangre y fuego

esta carne mimada,

que mata los ardores

para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,

luchar por tus batallas,

rumor de tus sandalias.

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Señor, escucha mi oración,

que mi grito llegue hasta ti;

no me escondas tu rostro

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí;

cuando te invoco, escúchame en seguida.

Que mis días se desvanecen como humo,

mis huesos queman como brasas;

mi corazón está agostado como hierba,

me olvido de comer mi pan;

con la violencia de mis quejidos,

se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,

como búho entre ruinas;

estoy desvelado, gimiendo,

como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso;

furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

por tu cólera y tu indignación,

porque me alzaste en vilo y me tiraste;

mis días son una sombra que se alarga,

me voy secando como la hierba.

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Tú, en cambio, permaneces para siempre,

y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

se compadecen de sus ruinas:

los gentiles temerán tu nombre,

los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión,

y aparezca en su gloria,

y se vuelva a las súplicas de los indefensos,

y no desprecie sus peticiones,

quede esto escrito para la generación futura,

y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado

desde su excelso santuario,

desde el cielo se ha fijado en la tierra,

para escuchar los gemidos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor,

y su alabanza en Jerusalén,

cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Él agotó mis fuerzas en el camino,

acortó mis días;

y yo dije: «Dios mío, no me arrebates

en la mitad de mis días.»

Tus años duran por todas las generaciones:

al principio cimentaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces,

se gastarán como la ropa,

serán como un vestido que se muda.

Tú, en cambio, eres siempre el mismo,

tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,

su linaje durará en tu presencia.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Job · 13, 13-14, 6

Respondió Job a sus amigos y les dijo:

«Guardad silencio, que voy a hablar yo: venga lo que viniere, tomo mi carne entre los dientes, pongo mi vida entre mis manos, y, aunque él me mate, le aguantaré, con tal de defenderme en su presencia; esto sería ya mi salvación, pues el impío no comparece ante él.

Escuchad atentamente mis palabras, prestad oído a mi discurso; he preparado mi defensa y sé que soy inocente; ¿quién quiere contender conmigo? Callar ahora sería morir.

Asegúrame sólo estas dos cosas, y no me esconderé de tu presencia: que apartarás de mí tu mano y que no me espantarás con tu terror; después acúsame, y yo te responderé, o hablaré yo, y tú me replicarás: ¿Cuántos son mis pecados y mis culpas? Demuéstrame mis delitos y pecados.

¿Por qué ocultas tu rostro y me tratas como a tu enemigo?, ¿por qué asustas a una hoja que vuela y persigues la paja seca? Apuntas en mi cuenta rebeldías, me imputas las culpas de mi juventud y metes mis pies en cepos; vigilas todos mis pasos y examinas mis huellas.

El hombre, nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin parar, se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla.

¿Y en un ser así clavas los ojos y lo citas a juicio frente a ti? ¿Quién sacará lo puro de lo impuro? ¡Nadie!

Si sus días están determinados y sabes el número de sus meses, si le has puesto un límite infranqueable, aparta de él tu vista, déjale, para que: descanse, como un jornalero que termina su jornada.»

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Lorenzo de Brindis, presbítero

Para llevar una vida espiritual, que nos es común con los ángeles y los espíritus celestes y divinos, ya que ellos y nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, es necesario el pan de la gracia del Espíritu Santo y de la caridad de Dios. Pero la gracia y la caridad son imposibles sin la fe, ya que sin la fe es imposible agradar a Dios. Y esta fe se origina necesariamente de la predicación de la palabra de Dios: La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo. Por tanto, la predicación de la palabra de Dios es necesaria para la vida espiritual, como la siembra es necesaria para la vida del cuerpo.

Por esto, dice Cristo: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Salió el sembrador a pregonar la justicia, y este pregonero, según leemos, fue algunas veces el mismo Dios, como cuando en el desierto dio a todo el pueblo, de viva voz bajada del cielo, la ley de justicia; fue otras veces un ángel del Señor, como cuando en el llamado «lugar de los que lloran» echó en cara al pueblo sus transgresiones de la ley divina, y todos los hijos de Israel, al oír sus palabras, se arrepintieron y lloraron todos a voces; también Moisés predicó a todo el pueblo la ley del Señor, en las campiñas de Moab, como sabemos por el Deuteronomio. Finalmente, vino Cristo, Dios y hombre, a predicar la palabra del Señor, y para ello envió también a los apóstoles, como antes había enviado a los profetas.

Por consiguiente, la predicación es una función apostólica, angélica, cristiana, divina. Así comprendemos la múltiple riqueza que encierra la palabra de Dios, ya que es como el tesoro en que se hallan todos los bienes. De ella proceden la fe, la esperanza, la caridad, todas las virtudes, todos los dones del Espíritu Santo, todas las bienaventuranzas evangélicas, todas las buenas obras, todos los actos meritorios, toda la gloria del paraíso: Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

La palabra de Dios es luz para el entendimiento, fuego para la voluntad, para que el hombre pueda conocer y amar a Dios; y para el hombre interior, el que vive por la gracia del Espíritu Santo, es pan y agua, pero un pan más dulce que la miel y el panal, un agua mejor que el vino y la leche; es para el alma un tesoro espiritual de méritos, y por esto es comparada al oro y a la piedra preciosa; es como un martillo que doblega la dureza del corazón obstinado en el vicio; y como una espada que da muerte a todo pecado, en nuestra lucha contra la carne, el mundo y el demonio.

R. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; * di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios.»
V. Sígueme y ven a anunciar el reino de los cielos.

Oración

Oh Dios, que diste a san Lorenzo de Brindis el espíritu de consejo y de fortaleza, para gloria de tu nombre y salvación del prójimo, concédenos, por ese mismo espíritu, conocer y cumplir siempre nuestro deber. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.