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Orar

Viernes, 7 de agosto de 2026

Santos Sixto II, papa, y compañeros, mártires

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santos Sixto II, papa, y compañeros, mártires.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro del profeta Malaquías 1, 1-14; 2, 13-16

Mensaje del Señor a Israel por medio de Malaquías:

«Os amo —dice el Señor— y vosotros preguntáis: “¿Cómo es que nos amas?” Oráculo del Señor: ¿No eran hermanos Esaú y Jacob? Y, sin embargo, amé a Jacob y tuve aversión a Esaú; hice de sus montes un desierto, heredad de los chacales de la estepa. Si Edom dice: “Estamos deshechos, pero reconstruiremos nuestras ruinas”, así responde el Señor de los ejércitos: Ellos construirán y yo derribaré; al país lo llamarán: “Tierra malvada”, y al pueblo: “Pueblo de la ira perpetua del Señor”. Cuando lo veáis con vuestros ojos, diréis: “Grande es el Señor más allá de las fronteras de Israel.”

El hijo honra a su padre, el esclavo a su señor; pues si yo soy Padre, ¿dónde queda mi honor? Si yo soy Señor, ¿dónde está mi respeto? Lo dice esto el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que despreciáis mi nombre. Vosotros replicáis: “¿Cómo es que despreciamos tu nombre?” Trayendo a mi altar pan impuro. Y todavía preguntáis: “¿Cómo es que te hemos profanado?” Cuando estimáis despreciable la mesa del Señor. Cuando ofrecéis víctimas ciegas o cojas o enfermas, ¿no obráis mal? Anda y ofrécelas a tu gobernador, a ver si le agradan y se congracia contigo —dice el Señor de los ejércitos—.

Y ahora implorad al Señor para que os sea benévolo. De vuestras manos vino tal ofrenda, ¿acaso os mirará con benevolencia? ¡Oh!, ¿quién de vosotros os cerrará las puertas para que no podáis encender mi altar en vano? Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura, porque mi nombre es grande entre las naciones —dice el Señor de los ejércitos—.

Vosotros lo habéis profanado cuando decíais: “La mesa del Señor es despreciable, de ella se saca comida vil.” Decís: “¡Vaya un trabajo!”, y me despreciáis. Cuando ofrecéis víctimas robadas o cojas o enfermas, ¿podrá agradarme la ofrenda de vuestras manos? Maldito el tramposo que tiene un macho en su rebaño, ofrecido en voto, y trae al Señor una víctima defectuosa. Yo soy el Rey soberano —dice el Señor de los ejércitos—; mi nombre es temido entre las naciones.

Todavía hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llanto y de gemidos, porque no mira vuestra ofrenda ni la acepta complacido de vuestras manos; y preguntáis: “¿Cómo es eso?”

Porque el Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú has sido infiel, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y aliento de vida? Y ¿a qué tiende este único ser? A una posteridad dada por Dios. Guarda, pues, tu vida y no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio —dice el Señor— y al que mancha su ropaje con violencias. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.»

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir

El motivo de que no os escribiera en seguida, hermano muy amado, es el hecho de que todos los clérigos, debido al estado de persecución en que nos hallamos, no podían en modo alguno salir de aquí, dispuestos como estaban, por el fervor de su ánimo, a la consecución de la gloria celestial y divina. Sabed que ya han vuelto los que había enviado a Roma con el fin de que se enteraran bien del contenido del rescripto que pesa sobre nosotros, ya que sólo teníamos acerca de él rumores y noticias inciertas.

La verdad es la siguiente: Valeriano ha enviado un rescripto al Senado, según el cual los obispos, presbíteros y diáconos deben ser ejecutados sin dilación; a los senadores y personas distinguidas, así como a los caballeros romanos, se les despojará de su dignidad y de sus bienes, y, si a pesar de ello, perseveran en su condición de cristianos, serán decapitados; a las matronas se les confiscarán sus bienes y se las desterrará; los cesarianos todos que hayan profesado antes o profesen actualmente la fe cristiana serán desposeídos de sus bienes y enviados, en calidad de prisioneros, a las posesiones del Estado, levantándose acta de ello.

El emperador Valeriano ha añadido también a su decreto una copia de la carta enviada a los gobernadores de las provincias, y que hace referencia a nosotros; estamos esperando que llegue de un día a otro esta carta, manteniéndonos firmes en la fe y dispuestos al martirio, en expectación de la corona de vida eterna que confiamos alcanzar con la bondad y la ayuda del Señor. Sabed que Sixto, y con él cuatro diáconos, fueron ejecutados en el cementerio el día seis de agosto. Los prefectos de Roma no cejan ni un día en esta persecución, y todos los que son presentados a su tribunal son ejecutados y sus bienes entregados al fisco.

Os pido que comuniquéis estas noticias a los demás colegas nuestros, para que en todas partes las comunidades cristianas puedan ser fortalecidas por su exhortación y preparadas para la lucha espiritual, a fin de que todos y cada uno de los nuestros piensen más en la inmortalidad que en la muerte y se ofrezcan al Señor con fe plena y fortaleza de ánimo, con más alegría que temor por el martirio que se avecina, sabiendo que los soldados de Dios y de Cristo no son destruidos, sino coronados.

Te deseo en el Señor, hermano muy amado, que disfrutes siempre de buena salud.

R. Estamos continuamente entregados a la muerte por Jesús, * para que también la vida de Jesús se manifieste en esta nuestra vida mortal.
V. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.

Oración

Dios todopoderoso, que concediste al papa san Sixto y a sus compañeros, mártires, la valentía de entregar sus vidas por proclamar tu palabra y por dar testimonio de Jesús, infunde también en nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que seamos siempre dóciles en aceptar la fe y valerosos para proclamarla ante los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.