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Orar

Lunes, 10 de agosto de 2026

San Lorenzo, diácono y mártir

Tiempo Ordinario · Rojo

Tercia (Hora intermedia)

La salmodia

Quien reza más de una Hora intermedia usa en las demás la salmodia complementaria.

V. Tañed para el Señor, fieles suyos. R. Dad gracias a su nombre santo.

Himno

El trabajo, Señor, de cada día

nos sea por tu amor santificado,

convierte su dolor en alegría

de amor, que para dar tú nos has dado.

Paciente y larga es nuestra tarea

en la noche oscura del amor que espera;

dulce huésped del alma, al que flaquea

dale tu luz, tu fuerza que aligera.

En el alto gozoso del camino,

demos gracias a Dios, que nos concede

la esperanza sin fin del don divino;

todo lo puede en él quien nada puede. Amén.

Salmodia

Yo consulto, Señor, tus leyes, porque con ellas me diste vida.

Salmo 118 · 118, 89-96

Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado. (Jn 13, 34)

Tu palabra, Señor, es eterna,

más estable que el cielo;

tu fidelidad de generación en generación,

igual que fundaste la tierra y permanece;

por tu mandamiento subsisten hasta hoy,

porque todo está a tu servicio.

Si tu voluntad no fuera mi delicia,

ya habría perecido en mi desgracia;

jamás olvidaré tus decretos,

pues con ellos me diste vida;

soy tuyo, sálvame,

que yo consulto tus leyes.

Los malvados me esperaban para perderme,

pero yo meditaba tus preceptos;

he visto el límite de todo lo perfecto:

tu mandato se dilata sin término.

Yo consulto, Señor, tus leyes, porque con ellas me diste vida.

Tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud.

Salmo 70 · 118, 89-96

Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación. (Rm 12, 12)

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo derrotado para siempre;

tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,

inclina a mí tu oído, y sálvame.

Sé tú mi roca de refugio,

el alcázar donde me salve,

porque mi peña y mi alcázar eres tú.

Dios mío, líbrame de la mano perversa,

del puño criminal y violento;

porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza

y mi confianza, Señor, desde mi juventud.

En el vientre materno ya me apoyaba en ti,

en el seno tú me sostenías,

siempre he confiado en ti.

Muchos me miraban como a un milagro,

porque tú eras mi fuerte refugio.

Llena estaba mi boca de tu alabanza

y de tu gloria, todo el día.

No me rechaces ahora en la vejez,

me van faltando las fuerzas, no me abandones;

porque mis enemigos hablan de mí,

los que acechan mi vida celebran consejo;

dicen: «Dios lo ha abandonado;

perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende.»

Dios mío, no te quedes a distancia;

Dios mío, ven aprisa a socorrerme.

Que fracasen y se pierdan

los que atentan contra mi vida,

queden cubiertos de oprobio y vergüenza,

los que buscan mi daño.

Tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud.

En la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío.

Salmo 70 · 118, 89-96

Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación. (Rm 12, 12)

Yo, en cambio, seguiré esperando,

redoblaré tus alabanzas;

mi boca contará tu auxilio,

y todo el día tu salvación.

Proclamaré tus proezas, Señor mío,

narraré tu victoria, tuya entera.

Dios mío, me instruiste desde mi juventud,

y hasta hoy relato tus maravillas;

ahora, en la vejez y las canas,

no me abandones, Dios mío,

hasta que describa tu brazo

a la nueva generación,

tus proezas y tus victorias excelsas,

las hazañas que realizaste:

Dios mío, ¿quién como tú?

Me hiciste pasar por peligros

muchos y graves:

de nuevo me darás la vida,

me harás subir de lo hondo de la tierra;

acrecerás mi dignidad,

de nuevo me consolarás;

y yo te daré gracias, Dios mío,

con el arpa, por tu lealtad;

tocaré para ti la cítara,

Santo de Israel;

te aclamarán mis labios,

Señor, mi alma, que tú redimiste;

y mi lengua todo el día

recitará tu auxilio,

porque quedaron derrotados y afrentados

los que buscaban mi daño.

En la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío.

LECTURA BREVE

2Co 13, 11

Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, alentaos unos a otros, tened un mismo sentir y vivid en paz; y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

Oremos:

Padre óptimo, Dios nuestro, tú has querido que los hombres trabajemos de tal modo, que, cooperando unos con otros, alcancemos éxitos cada vez mejor logrados; ayúdanos, pues, a vivir en medio de nuestros trabajos, sintiéndonos siempre hijos tuyos y hermanos de todos los hombres. Por Cristo nuestro Señor.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.