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Orar

Jueves, 13 de agosto de 2026

San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero, mártires,

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero, mártires,.

V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Zacarías · 11, 4-12, 8

Así dice el Señor, mi Dios:

«Apacienta las ovejas para el matadero; los compradores las matan sin compasión, mientras los vendedores dicen: “¡Bendito el Señor! Me hago rico”; los pastores no las perdonan. Pues yo no perdonaré más a los habitantes del país —oráculo del Señor—. Entregaré a cada cual en manos de su vecino, en manos de su rey; ellos devastarán la tierra, sin que haya quien los salve.»

Yo, entonces, me puse a apacentar el rebaño de ovejas de matadero, por cuenta de los tratantes de ganado. Tomé dos varas: a una la llamé Hermosura; a la otra llamé Concordia, y apacenté el ganado. Despedí a los tres pastores en un mes: pero llegué a irritarme con las ovejas y ellas conmigo, y dije:

«Ya no pastorearé; quien quiera morir que muera, la que quiera perecer que perezca, las que queden se comerán unas a otras.»

Tomé la vara Hermosura y la rompí, para romper mi alianza con los pueblos. Al terminar aquel día la alianza, los tratantes de ovejas que me vigilaban comprendieron que había sido palabra del Señor. Yo les dije:

«Si os parece, pagadme salario; y si no, dejadlo.»

Ellos pesaron mi salario: treinta dineros. El Señor me dijo:

«Échalo en el tesoro del templo: es el precio en que me aprecian.»

Tomé, pues, los treinta dineros y los eché en el tesoro del templo. Rompí la segunda vara, Concordia, para romper la hermandad de Judá e Israel. El Señor me dijo:

«Toma ahora los aperos de un pastor torpe; porque yo suscitaré un pastor que no vigile a las que se extravíen ni busque lo perdido ni cure lo quebrado ni alimente lo sano, sino que se coma la carne del ganado cebado, arrancándole hasta las pezuñas. ¡Ay del pastor torpe, que abandona el rebaño! Que la espada venga contra su brazo y contra su ojo derecho, que su brazo se seque y su ojo derecho se apague.»

Oráculo del Señor sobre Israel. Oráculo del Señor que tendió los cielos y cimentó la tierra, y formó el alma del hombre dentro de éste:

«Mirad, haré de Jerusalén una copa embriagadora, para todos los pueblos vecinos, cuando asedien a Jerusalén. Aquel día haré de Jerusalén una piedra caballera de baluarte contra todos los pueblos vecinos: los que intenten levantarla se herirán con ella. Contra ella se congregan todos los pueblos del orbe.

Aquel día —oráculo del Señor— heriré de pánico a los caballos y de espanto a los jinetes; fijaré mis ojos sobre Judá y cegaré a los caballos de los gentiles. Dirán en su corazón los príncipes de Judá: “Los habitantes de Jerusalén son fuertes por la virtud del Señor de los ejércitos, su Dios.”

Aquel día haré de los príncipes de Judá como un incendio en la maleza, como una tea en las gavillas: devorarán a derecha e izquierda a todos los pueblos vecinos; pero Jerusalén quedará habitada en su sitio. El Señor salvará las tiendas de Judá como en tiempos antiguos, para que no se gloríen sobre Judá la casa de David y los habitantes de Jerusalén.

Aquel día protegerá el Señor a los habitantes de Jerusalén: el más débil será como David, y la dinastía de David será como un dios, como el ángel del Señor que va abriendo camino.»

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir

¿Con qué alabanzas podré ensalzaros, hermanos valerosísimos? ¿Cómo podrán mis palabras expresar debidamente vuestra fortaleza de ánimo y vuestra fe perseverante? Tolerasteis una durísima lucha hasta alcanzar la gloria, y no cedisteis ante los suplicios, sino que fueron más bien los suplicios quienes cedieron ante vosotros. En las coronas de vuestra victoria hallasteis el término de vuestros sufrimientos, término que no hallabais en los tormentos. La cruel dilaceración de vuestros miembros duró tanto, no para hacer vacilar vuestra fe, sino para haceros llegar con más presteza al Señor.

La multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios y el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su fortaleza superó a la fortaleza de aquellos que los atormentaban, y los miembros golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y desgarraban.

Las heridas, aunque reiteradas una y otra vez, y por largo tiempo, no pudieron, con toda su crueldad, superar su fe inquebrantable, por más que, abiertas sus entrañas, los tormentos recaían no ya en los miembros, sino en las mismas heridas de aquellos siervos de Dios. Manaba la sangre que había de extinguir el incendio de la persecución, que había de amortecer las llamas y el fuego del infierno. ¡Qué espectáculo a los ojos del Señor, cuán sublime, cuán grande, cuán aceptable a la presencia de Dios, que veía la entrega y la fidelidad de su soldado al juramento prestado, tal como está escrito en los salmos, en los que nos amonesta el Espíritu Santo, diciendo: Es valiosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles. Es valiosa una muerte semejante, que compra la inmortalidad al precio de su sangre, que recibe la corona de mano de Dios, después de haber dado la máxima prueba de fortaleza.

Con qué alegría estuvo allí Cristo, cuán de buena gana luchó y venció en aquellos siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él confiaban tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su combate, sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían por defender el honor de su nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para siempre continúa venciendo en nosotros.

Dichosa Iglesia nuestra, a la que Dios se digna honrar con semejante esplendor, ilustre en nuestro tiempo por la sangre gloriosa de los mártires. Antes era blanca por las obras de los hermanos; ahora se ha vuelto roja por la sangre de los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que cada uno de nosotros se esfuerce ahora por alcanzar el honor de una y otra altísima dignidad, para recibir así las coronas blancas de las buenas obras o las rojas del martirio.

R. Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. * Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronado por Cristo.
V. Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una entrega total.

Oración

Que la gloriosa muerte de tus mártires Ponciano e Hipólito haga aumentar en nosotros el amor hacia ti y acreciente la firmeza de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.