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Orar

Miércoles, 16 de septiembre de 2026

San Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires

Tiempo Ordinario · Rojo · Año par (II)

VÍSPERAS

Himno

Te bendecimos, Cristo, en esta noche:

Verbo de Dios y Luz de Luz eterna,

emisor del Espíritu Paráclito;

te bendecimos porque nos revelas

la triple luz de una indivisa gloria

y libras nuestras almas de tinieblas.

A la noche y al día has ordenado

que se releven siempre en paz fraterna;

la noche compasiva pone término

a nuestras aflicciones y tareas,

y, para comenzar el nuevo surco,

el día alegremente nos despierta.

Da un sueño muy ligero a nuestros párpados,

que nuestra voz no permanezca

muda por mucho tiempo en tu alabanza;

mientras dormimos se mantenga en vela

toda tu creación, cantando salmos

en compañía de la turba angélica.

Y, mientras duerme nuestro humilde cuerpo,

nuestro espíritu cante a su manera:

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu,

en el día sin noche donde reinan;

al Uno y Trino, honor, poder, victoria,

por edades y edades sempiternas.» Amén.

Salmodia

Señor, tu saber me sobrepasa.

Salmo 138 · 138, 1-18. 23-24

¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? (Rm 11, 34)

Señor, tú me sondeas y me conoces;

me conoces cuando me siento o me levanto

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda.

Me envuelves por doquier,

me cubres con tu mano.

Tanto saber me sobrepasa,

es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

tu diestra llegará hasta mí.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día.

Señor, tu saber me sobrepasa.

Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta.

Salmo 138 · 138, 1-18. 23-24

¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? (Rm 11, 34)

Tú has creado mis entrañas,

me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias,

porque me has formado portentosamente,

porque son admirables tus obras;

conocías hasta el fondo de mi alma,

no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,

y entretejiendo en lo profundo de la tierra,

tus ojos veían mis acciones,

se escribían todas en tu libro,

calculados estaban mis días

antes que llegase el primero.

¡Qué incomparables encuentro tus designios,

Dios mío, qué inmenso es su conjunto!

Si me pongo a contarlos, son más que arena;

si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Señor, sondéame y conoce mi corazón,

ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía,

guíame por el camino eterno.

Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta.

Todo fue creado por él y para él.

Cántico · Cf. Col 1, 12-20

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda creatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;

todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

Todo fue creado por él y para él.

LECTURA BREVE

1Jn 2, 3-6

Sabemos que hemos llegado a conocer a Cristo si guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, miente; y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra posee el perfecto amor de Dios. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que está siempre en él debe andar de continuo como él anduvo.

R. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.
V. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.

R. Como a las niñas de tus ojos.
V. A la sombra de tus alas escóndenos.

R. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

Haz, Señor, proezas con tu brazo, dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Haz, Señor, proezas con tu brazo, dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

Preces

Invoquemos a Dios, cuya bondad para con su pueblo es más grande que los cielos y digámosle:

Que se alegren los que se acogen a ti, Señor.

Acuérdate, Señor, que enviaste a tu Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo; — que su muerte gloriosa nos traiga la salvación.

Tú que constituiste a tus sacerdotes servidores de Cristo y administradores de tus misterios, — concédeles un corazón fiel, ciencia abundante y caridad intensa.

Tú que desde el principio creaste hombre y mujer, — guarda a todas las familias unidas en el verdadero amor.

Haz que los que has llamado a la castidad perfecta por el reino de los cielos, — sigan con fidelidad a tu Hijo.

Tú que enviaste a Jesucristo al mundo para salvar los pecadores, — concede a todos los difuntos el perdón de sus faltas.

Oración

Acuérdate, Señor, de tu misericordia, y, ya que a los hambrientos los colmas de bienes, socorre nuestra indigencia con la abundancia de tus riquezas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.