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Orar

Sábado, 19 de septiembre de 2026

San Jenaro, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Jenaro, obispo y mártir.

V. No dejamos de orar y pedir por vosotros. R. Para que lleguéis al pleno conocimiento de la voluntad de Dios.

Himno

A caminar sin ti, Señor, no atino;

tu palabra de fuego es mi sendero;

me encontraste cansado y prisionero

del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino,

que en Emaús hay trigo en el granero,

hay un poco de vino y un alero

que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego;

tú conmigo, Señor, enfebrecido,

el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado

se encontrarán en un solo latido,

cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

El Dios de los dioses, el Señor, habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:

viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,

lo rodea tempestad violenta.

Desde lo alto convoca cielo y tierra,

para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,

que sellaron mi pacto con un sacrificio.»

Proclame el cielo su justicia;

Dios en persona va a juzgar.

El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;

Israel, voy a dar testimonio contra ti;

—yo, el Señor, tu Dios—.

No te reprocho tus sacrificios,

pues siempre están tus holocaustos ante mí.

Pero no aceptaré un becerro de tu casa,

ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías,

y hay miles de bestias en mis montes;

conozco todos los pájaros del cielo,

tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;

pues el orbe y cuanto lo llena es mío.

¿Comeré yo carne de toros,

beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,

cumple tus votos al Altísimo

e invócame el día del peligro:

yo te libraré, y tú me darás gloria.»

Invócame el día del peligro y yo te libraré.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

Dios dice al pecador:

«¿Por qué recitas mis preceptos

y tienes siempre en la boca mi alianza,

tú que detestas mi enseñanza

y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;

te mezclas con los adúlteros;

sueltas tu lengua para el mal,

tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,

deshonras al hijo de tu madre;

esto haces, ¿y me voy a callar?

¿Crees que soy como tú?

Te acusaré, te lo echaré en cara.»

Atención los que olvidáis a Dios,

no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,

ése me honra,

al que sigue buen camino

le haré ver la salvación de Dios.

El sacrificio de acción de gracias me honra.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Baruc · 3, 9-15. 24-4, 4

Escucha, Israel, los mandamientos de vida, tiende tu oído para conocer la prudencia. ¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos, has envejecido en un país extraño, te has contaminado con cadáveres y has sido contado entre los que bajan al sheol? ¡Es que abandonaste la fuente de la sabiduría! Si hubieras andado por el camino de Dios, habrías vivido en paz eternamente. Aprende dónde está la prudencia, dónde la fuerza, dónde la inteligencia, para saber al mismo tiempo dónde están la longevidad y la vida, dónde la luz de los ojos y la paz.

Pero ¿quién ha encontrado la mansión de Dios, quién ha entrado en sus tesoros?

¡Oh Israel, qué grande es la casa de Dios, qué vasto el lugar de su dominio! Grande es y sin límites, excelso y sin medida. Allí nacieron los antiguos famosos gigantes, de alta estatura y expertos en la guerra. Pero no fue a éstos a quienes eligió Dios, ni les enseñó el camino de la sabiduría; y perecieron por no tener prudencia, por su locura perecieron.

¿Quién subió al cielo y la tomó?, ¿quién la hizo bajar desde las nubes? ¿Quién atravesó el mar y la encontró?, ¿quién la traerá a precio de oro puro? No hay quien conozca su camino, nadie imagina sus senderos.

Pero el que todo lo sabe la conoce, con su inteligencia la escrutó hasta el fondo, el que dispuso la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos, el que envía la luz y ella va, el que la llama y temblorosa lo obedece; brillan los astros en su puesto de guardia llenos de alegría, los llama él y dicen: «¡Aquí estamos!», y brillan alegres para su Hacedor.

Éste es nuestro Dios, ningún otro es comparable a él. El halló todos los caminos de la sabiduría y se la dio a su siervo Jacob, a Israel, su predilecto. Después apareció ella en la tierra y convivió entre los hombres.

Ella es el libro de los preceptos de Dios, la ley que subsiste eternamente: todos los que la guardan alcanzarán la vida, mas los que la abandonan morirán. Vuélvete, Jacob, y abrázala, camina al resplandor de su luz. No cedas tu gloria a otro ni tus privilegios a nación extranjera. Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación.

Nuestra actividad de obispo es como un mar agitado y tempestuoso, pero, al recordar de quién es la sangre con que hemos sido redimidos, este pensamiento nos hace entrar en puerto seguro y tranquilo; si el cumplimiento de los deberes propios de nuestro ministerio significa un trabajo y un esfuerzo, el don de ser cristianos, que compartimos con vosotros, representa nuestro descanso. Por lo tanto, si hallo más gusto en el hecho de haber sido comprado con vosotros que en el de haber sido puesto como jefe espiritual para vosotros, entonces seré más plenamente vuestro servidor, tal como manda el Señor, para no ser ingrato al precio que se ha pagado para que pudiera ser siervo como vosotros. Debo amar al Redentor pues sé que dijo a Pedro: Pedro, ¿me amas? Pastorea mis ovejas. Y esto por tres veces consecutivas. Se le preguntaba sobre el amor, y se le imponía una labor; porque, cuanto mayor es el amor, tanto menor es la labor.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Si dijera que le pago con el hecho de pastorear sus ovejas, olvidaría que esto lo hago no yo, sino la gracia de Dios conmigo. ¿Cómo voy a pagarle, si todo lo que hay en mí proviene de él como de su causa primera? Y, sin embargo, a pesar de que amamos y pastoreamos sus ovejas por don gratuito suyo, esperamos una recompensa. ¿Qué explicación tiene esto? ¿Cómo concuerdan estas dos cosas: «Amo gratuitamente para pastorear», y: «Pido una recompensa para pastorear?» Esto no tendría sentido, en modo alguno podríamos esperar una retribución de aquel a quien amamos por su don gratuito, si no fuera porque la retribución se identifica con aquel mismo que es amado. Porque, si pastoreando sus ovejas le pagáramos el beneficio de la redención, ¿cómo le pagaríamos el habernos hecho pastores? En efecto, los malos pastores —quiera Dios que nunca lo seamos— lo son por la maldad inherente a nuestra condición humana; en cambio, los buenos —quiera Dios que siempre lo seamos— son tales por la gracia de Dios, sin la cual no lo serían. Por lo tanto hermanos míos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Haced que nuestro ministerio sea provechoso. Vosotros sois campo de Dios. Recibid al que, con su actuación exterior, planta y riega, y que da, al mismo tiempo, desde dentro, el crecimiento. Ayudadnos con vuestras oraciones y vuestra obediencia, de manera que hallemos más satisfacción en seros de provecho que en presidiros.

R. Éste es en verdad un mártir, que derramó su sangre por el nombre de Cristo; * No temió ante las amenazas de los jueces, ni buscó la gloria de los honores terrenos, sino que llegó al reino de los cielos.
V. El Señor condujo al justo por sendas llanas, y le mostró el reino de Dios.

Oración

Señor, tú que nos has congregado hoy para venerar la memoria del mártir san Jenaro, concédenos que podamos ir a gozar en tu reino, juntamente con él, de la alegría que no tiene fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.