Saltar al contenido

Orar

Martes, 22 de septiembre de 2026

Martes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud. R. Enseña su camino a los humildes.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

El Señor hará justicia a los pobres.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto?

La soberbia del impío oprime al infeliz

y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor.

El malvado dice con insolencia:

«No hay Dios que me pida cuentas.»

La intriga vicia siempre su conducta,

aleja de su mente tus juicios

y desafía a sus rivales.

Piensa: «No vacilaré,

nunca jamás seré desgraciado.»

Su boca está llena de maldiciones,

de engaños y de fraudes;

su lengua encubre maldad y opresión;

en el zaguán se sienta al acecho

para matar a escondidas al inocente.

Sus ojos espían al pobre;

acecha en su escondrijo como león en su guarida,

acecha al desgraciado para robarle,

arrastrándolo a sus redes;

se agacha y se encoge

y con violencia cae sobre el indefenso.

Piensa: «Dios lo olvida,

se tapa la cara para no enterarse.»

El Señor hará justicia a los pobres.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

Levántate, Señor, extiende tu mano,

no te olvides de los humildes;

¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,

pensando que no le pedirá cuentas?

Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano.

Rómpele el brazo al malvado,

pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.

El Señor reinará eternamente

y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,

les prestas oído y los animas;

tú defiendes al huérfano y al desvalido:

que el hombre hecho de tierra

no vuelva a sembrar su terror.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

Salmo 11

Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. (San Agustín)

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,

que desaparece la lealtad entre los hombres:

no hacen más que mentir a su prójimo,

hablan con labios embusteros

y con doblez de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros

y la lengua orgullosa

de los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,

nuestros labios nos defienden,

¿quién será nuestro amo?»

El Señor responde: «Por la opresión del humilde,

por el gemido del pobre, yo me levantaré,

y pondré a salvo al que lo ansía.»

Las palabras del Señor son palabras sinceras,

como plata limpia de escoria,

refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,

nos librarás para siempre de esa gente:

de los malvados que merodean

para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Tobit · 3, 7-25

Aquel mismo día, Sara, la hija de Ragüel, el de Ecbatana de Media, tuvo que soportar también los insultos de una criada de su padre; porque Sara se había casado siete veces, pero el maldito demonio Asmodeo fue matando a todos los maridos cuando iban a unirse a ella como es natural. La criada le dijo:

«Eres tú la que matas a tus maridos. Te han casado ya con siete y no llevas el apellido ni siquiera de uno. Porque ellos hayan muerto, ¿a qué nos castigas por su culpa? ¡Vete con ellos! ¡Que no veamos nunca ni un hijo ni una hija tuya!»

Entonces, Sara, profundamente afligida, se echó a llorar y subió al piso de arriba de la casa, con intención de ahorcarse. Pero lo pensó otra vez, y se dijo:

«¡Van a echárselo en cara a mi padre! Le dirán que la única hija que tenía, tan querida, se ahorcó al verse hecha una desgraciada. Y mandaré a la tumba a mi anciano padre de puro dolor. Será mejor no ahorcarme, sino pedir al Señor la muerte, y así ya no tendré que oír más insultos.»

Extendió las manos hacia la ventana y rezó:

«Bendito eres, Dios misericordioso. Bendito tu nombre por los siglos. Que te bendigan todas tus obras por los siglos. Hacia ti levanto ahora mi rostro y mis ojos. Manda que yo desaparezca de la tierra para no oír más insultos. Tú sabes, Señor, que me conservo limpia de todo pecado con varón, conservo limpio mi nombre y el de mi padre en el destierro. Soy hija única; mi padre no tiene otro hijo que pueda heredarlo, ni pariente próximo, o de la familia, con quien poder casarme. Ya se me han muerto siete, ¿para qué vivir más? Si no quieres matarme, Señor, escucha cómo me insultan.»

En el mismo momento, el Dios de la gloria escuchó la, oración de los dos, y envió a Rafael para curarlos: a Tobit, limpiándole la vista, para que pudiera ver la luz de Dios y a Sara, la de Ragüel, dándola como esposa a Tobas, hija de Tobit, y librándola del maldito demonio Asmodeo; (pues Tobías tenía más derecho a casarse con ella; que todos los pretendientes).

En el mismo momento, Tobit pasaba del patio a casa, y Sara, la de Ragüel, bajaba del piso de arriba.

SEGUNDA LECTURA

Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores

Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por los montes y collados; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué significa: Se dispersaron por toda la tierra? Quiere decir que, buscando los bienes del mundo, apetecen la gloria terrena; esto es lo que aman, esto lo que desean. No quieren morir para que su vida quede oculta en Cristo. Se dispersaron por toda la tierra, a causa del amor de los bienes del mundo y porque son, en verdad, ovejas desperdigadas y sin rumbo por toda la tierra. Viven en diversos lugares; una única madre, la soberbia, las engendró a todas, al igual que una sola madre, nuestra Iglesia católica, ha dado también a luz a todos los fieles cristianos esparcidos por todo el orbe.

Nada tiene de extraño que la soberbia engendre divisiones y el amor unidad. Nuestra madre, la Iglesia católica, y el pastor que en ella mora van buscando por todas partes a las ovejas descarriadas y perdidas, fortalecen a las débiles, curan a las enfermas, vendan a las heridas por medio de diversos pastores, los cuales, aunque se desconozcan mutuamente, son de la Iglesia, pues ella con todos está identificada.

De esta forma la Iglesia crece como una vid y se extiende por toda la tierra; los malos pastores, en cambio, son como sarmientos inútiles que, a causa de su esterilidad, han sido cortados por la podadera del agricultor, no para destruir la vid, sino para que ésta continúe existiendo. Aquellos sarmientos, pues, han quedado en el mismo lugar donde cayeron al ser cortados; la vid, en cambio, extendiéndose entre todos los pueblos, reconoce como propios los sarmientos que en ella permanecieron, y considera como cercanos a sí aquellos otros que le fueron cortados.

La razón por la cual se preocupa de los sarmientos cortados, como si se tratara de algo que le debe pertenecer de nuevo, es aquello que afirma el Apóstol: Poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Llámense, pues, ovejas descarriadas del rebaño, llámense sarmientos cortados de la vid, Dios, el pastor supremo y verdadero agricultor, es poderoso tanto para hacer volver a la oveja al buen camino, como para injertar el sarmiento desgajado. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las cuidase y saliese en su busca; ninguno, en efecto, de entre aquellos malos pastores fue tras ellas; ningún hombre salió en su busca.

Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! —Oráculo del Señor—. Fíjate cómo empieza. Es como si se tratara de un juramento que hace el mismo Dios, poniendo a su propia vida como testigo: ¡Lo juro por mi vida! —Oráculo del Señor—. ¿Y quiénes son los pastores que han muerto? Aquellos que buscaban sus intereses personales, no los de Cristo Jesús. ¿Se encontrarán otros pastores que, sin buscar sus intereses personales, busquen los de Cristo Jesús? Los hay, sin duda, y los encontraremos, porque ni faltan ahora ni faltarán nunca.

R. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre!, dice el Señor. * ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque tendréis duelo y lloraréis!
V. Escuchad, vosotros, los ricos; y romped a llorar a gritos por las calamidades que os van a venir.

R. Bendito sea tu nombre, oh Dios, que después de tu enojo usas de misericordia, * y en el tiempo de la tribulación perdonas los pecados a los que te invocan.
V. Tú no te deleitas en nuestra perdición; puesto que después de la tempestad das la bonanza, tras las lágrimas infundes el júbilo.

R. Por medio de Cristo tenemos confianza y seguridad ante Dios. * Él nos capacitó para ser ministros de la nueva alianza, la cual está fundada no en la letra, sino en el Espíritu.
V. No es, que por nosotros mismos tengamos capacidad para tribuirnos algo a nuestra cuenta, como proveniente de nosotros, sino que nuestra capacidad viene de Dios.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.