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Orar

Jueves, 24 de septiembre de 2026

Nuestra Señora de la Merced

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Nuestra Señora de la Merced.

V. Ábreme, Señor, los ojos. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17 · 17, 31-51

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31)

Perfecto es el camino de Dios,

acendrada es la promesa del Señor;

él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?

¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?

Dios me ciñe de valor

y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo

y me coloca en las alturas;

él adiestra mis manos para la guerra,

y mis brazos para tensar la ballesta.

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Tobit · 6, 1-22

Cuando salieron el muchacho y el ángel, el perro se fue con ellos. Caminaron hasta que se les hizo de noche, y acamparon junto al río Tigris. El muchacho bajó hasta el río a lavarse los pies, y un pez enorme saltó del río intentando arrancarle un pie; Tobías dio un grito, y el ángel le dijo:

«¡Cógelo, no lo sueltes!»

Tobías sujetó al pez y lo sacó a tierra. Entonces, el ángel le dijo:

«Ábrelo, quítale la hiel, el corazón y el hígado, y guárdalos, porque sirven como remedios; los intestinos, tíralos.»

El chico abrió el pez y juntó la hiel, el corazón y el hígado; luego, asó un trozo del pez, lo comió y saló el resto. Siguieron su camino juntos hasta llegar a Media. Entonces, Tobías preguntó al ángel:

«Amigo Azarías, ¿qué remedios se sacan del corazón, el hígado y la hiel del pez?»

El ángel respondió:

«Si a un hombre o a una mujer le dan ataques de un demonio o un espíritu malo, se queman allí delante el corazón y el hígado del pez, y ya no le vuelven los ataques. Y, si uno tiene manchas blancas en los ojos, se le unta con la hiel; luego, se sopla, y queda curado.»

Habían entrado ya en Media, y estaban cerca de Ecbatana, cuando Rafael dijo al chico:

«Amigo Tobías.»

Él respondió:

«¿Qué?»

Rafael dijo:

«Hoy vamos a hacer noche en casa de Ragüel. Es pariente tuyo, y tiene una hija llamada Sara. Es hija única. Tú eres el pariente con más derecho a casarse con ella y a heredar los bienes de su padre. La muchacha es formal, decidida y muy hermosa, y su padre es de buena posición.»

Luego, siguió:

«Tú tienes derecho a casarte con ella. Escucha, amigo. Esta misma noche hablaré al padre acerca de la muchacha, para que te la reserve como prometida. Y, cuando volvamos de Ragués, hacemos la boda. Estoy seguro de que Ragüel no va a poner obstáculos ni la va a casar con otro, pues se expondría a la pena de muerte, según la ley de Moisés, sabiendo como sabe que su hija te pertenece a ti antes que a cualquier otro. De manera que escucha, amigo. Esta misma noche vamos a tratar acerca de la muchacha y hacemos la petición de mano. Luego, cuando volvamos de Ragués, la recogemos y la llevamos con nosotros a tu casa.»

Tobías le dijo:

«Amigo Azarías, he oído que ya se ha casado siete veces, y todos los maridos han muerto en la alcoba la noche de bodas, cuando se acercaban a ella. He oído decir que los mataba un demonio; y como el demonio no le hace daño a ella, pero mata al que quiere acercársele, yo, como soy hijo único, tengo miedo de morirme y de mandar a la sepultura a mis padres del disgusto que les iba a dar. Y no tienen otro hijo que pueda enterrarlos.»

El ángel le preguntó:

«¿Y no te acuerdas de las recomendaciones que te hizo tu padre, que te casaras con una de la familia? Mira, escucha, amigo, no te preocupes por ese demonio; tú, cásate con ella; sé que esta misma noche te la darán como esposa. Y, cuando vayas a entrar en la alcoba, coge un poco del hígado y del corazón del pez y échalo en el brasero del incienso. Al esparcirse el olor, en cuanto el demonio lo huela, escapará y ya no volverá a aparecer cerca, de ella. Cuando vayas a unirte a ella, levantaos antes los dos, haced oración, pidiendo al Señor del cielo que os conceda su misericordia y que os proteja. No temas, ella te está destinada desde la eternidad; tú la salvarás, ella irá contigo, y pienso que te fiará hijos muy queridos. No te preocupes.»

Al oír Tobías lo que iba diciendo Rafael, y que Sara era pariente suya, de la familia de su padre, le tomó cariño y se enamoró de ella.

SEGUNDA LECTURA

Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores

Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de entre las naciones, las, traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel. Para ti, Israel, el Señor constituyó montes, es decir, suscitó profetas que escribieran las divinas Escrituras. Apacentaos en ellas y tendréis un pasto que nunca engaña. Todo cuanto en ellas encontréis gustadlo y saboreadlo bien; lo que en ellas no se encuentre repudiadlo. No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del pastor. Retiraos a los montes de las santas Escrituras, allí encontraréis las delicias de vuestro corazón, nada hallaréis allí que os pueda envenenar o dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran. Venid, pues, vosotras, solamente vosotras, las ovejas que estáis sanas; venid, y apacentaos en los montes de Israel.

En los ríos y en los poblados del país. Desde los montes que os hemos mostrado fluyen, abundantes, los ríos de la predicación evangélica, de los cuales se dice: A toda la tierra alcanza su pregón; a través de estos ríos de la predicación evangélica el mundo entero se ha convertido en alegre y rico pastizal, donde pueden apacentarse los rebaños del Señor.

Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel, esto es, hallarán un lugar del que podrán decir: «Bien estamos aquí; aquí hemos encontrado y nos han manifestado la verdad; no nos han engañado.» Se recostarán bajo la claridad de Dios, y en la luz de Dios encontrarán su descanso. Dormirán, es decir, descansarán, se recostarán en fértiles campos.

Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hemos dicho más arriba que los montes de Israel son unos montes buenos, hacia los cuales levantamos nuestros ojos, pues de ellos nos viene el auxilio. Aunque, en realidad, el auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Por ello, para que no pongamos nuestra confianza en un monte, por muy bueno que nos parezca, se nos dice a continuación: Yo mismo apacentaré a mis ovejas. Levanta, pues, tus ojos a los montes, de donde te vendrá el auxilio, pero espera únicamente en el que te dice: Yo mismo te apacentaré, pues, tu auxilio te viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Y concluye, diciendo: Las apacentaré con justicia. Fíjate cómo él es el único que puede apacentar con justicia. Pues, ¿quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente y se convierte en el peor de todos. Ni nuestro temor es constante ni nuestro amor indefectible.

Lo que sea en el día de hoy el hombre apenas si lo sabe el propio hombre, aunque, quizá, en alguna manera, lo que es hoy sí que puede saberlo; pero lo que uno será mañana ni uno mismo lo sabe. El Señor, en cambio, que conoce lo que hay en el hombre, puede apacentar con justicia, dando a cada uno lo que necesita: A éste, esto; a ése, eso; a aquél, aquello: a cada cual según sus propias necesidades, pues él sabe bien qué es lo que debe hacer.

Cuando el Señor apacienta con justicia, redime a los que juzga; por tanto, el Señor apacienta con justicia.

R. ¡Cómo ha cubierto de oscuridad el Señor en su cólera a la hija de Sión! * Ha precipitado del cielo a la tierra el esplendor de Israel.
V. No se ha acordado del estrado de sus pies en el día de su ira.

R. Acuérdate del Señor toda tu vida; * no consientas en pecado ni quebrantes sus mandamientos.
V. Da gracias al Señor como es debido y bendice al Rey de los siglos.

R. Yo soy el buen Pastor, * yo conozco a, mis ovejas y ellas me conocen a mí.
V. Y mismo buscaré mis ovejas, y seguiré sus huellas, y las sacaré de entre los pueblos y las apacentaré.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.