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Orar

Lunes, 28 de septiembre de 2026

San Wenceslao de Bohemia, mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Wenceslao de Bohemia, mártir.

V. Enséñame, Señor, a caminar con lealtad. R. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

Himno

En el principio, tu Palabra.

Antes que el sol ardiera,

antes del mar y las montañas,

antes de las constelaciones,

nos amó tu Palabra.

Desde tu seno, Padre,

era sonrisa su mirada,

era ternura su sonrisa,

era calor de brasa.

En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,

todo salió sin mancha,

desde el arrullo del río

hasta el rocío y la escarcha;

nuevo el canto de los pájaros,

porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,

aunque matemos la mañana

y desperdiciemos la tarde,

y asesinemos la alborada.

Como una espada de fuego,

en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;

Espíritu, satúranos de tu fragancia;

danos palabras para responderte,

Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;

tú, que eres justo, ponme a salvo,

inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,

sé la roca de mi refugio,

un baluarte donde me salve,

tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:

sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás;

tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,

pero yo confío en el Señor;

tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,

velas por mi vida en peligro;

no me has entregado en manos del enemigo,

has puesto mis pies en un camino ancho.

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

Piedad, Señor, que estoy en peligro:

se consumen de dolor mis ojos,

mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;

mis años, en los gemidos;

mi vigor decae con las penas,

mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,

la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos:

me ven por la calle y escapan de mí.

Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,

y todo me da miedo;

se conjuran contra mí

y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,

te digo: «Tú eres mi Dios.»

En tu mano está mi destino:

líbrame de los enemigos que me persiguen;

haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

¡Qué bondad tan grande, Señor,

reservas para tus fieles,

y concedes a los que a ti se acogen

a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes

de las conjuras humanas;

los ocultas en tu tabernáculo,

frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí

prodigios de misericordia

en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:

«Me has arrojado de tu vista»;

pero tú escuchaste mi voz suplicante

cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;

el Señor guarda a sus leales,

y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón

los que esperáis en el Señor.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Judit · 5, 1-25

En aquellos días, a Holofernes, generalísimo del ejército asirio, le llegó el aviso de que los israelitas se estaban preparando para la guerra: habían cerrado los puertos de la sierra, habían fortificado las cumbres de los montes más altos y llenado de obstáculos las llanuras. Holofernes montó en cólera. Convocó a todos los jefes moabitas, a los generales amonitas y a todos los gobernadores del litoral, y les habló así:

«Cananeos: decidme qué gente es ésa de la sierra, qué ciudades tienen, con qué fuerzas cuentan y en qué basan su poder y su fuerza, qué rey les gobierna y manda su ejército, y por qué no se han dignado venir a mi encuentro, a diferencia de lo que han hecho todos los pueblos de occidente.»

Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió:

«Escucha, alteza, lo que dice tu siervo. Te diré la verdad sobre ese pueblo que vive en la sierra, ahí cerca. Tu siervo no mentirá. Esa gente desciende de los caldeos. Al principio, estuvieron en Mesopotamia, por no querer seguir a los dioses de sus antepasados que residían en Caldea. Abandonaron la religión de sus padres y adoraron al Dios del cielo, al que ellos reconocían por Dios; pero los caldeos los expulsaron de la presencia de sus dioses, y tuvieron que huir a Mesopotamia. Allí residieron mucho tiempo; pero su Dios les mandó salir de allí y marchar al país de Canaán, donde se establecieron y abundaron en oro, plata y muchísimo ganado.

Después, bajaron a Egipto a causa de un hambre que se abatió sobre el país de Canaán, y allí se estuvieron mientras encontraron alimento. Allí crecieron mucho, hasta ser un pueblo innumerable. Pero el rey de Egipto la emprendió contra ellos y los explotó en el trabajo de las tejeras, humillándolos y esclavizándolos. Ellos gritaron a su Dios, y él castigó a todo el país de Egipto con plagas incurables; así, los egipcios los expulsaron de su presencia. Dios secó ante ellos el mar Rojo y los condujo por el camino del Sinaí y de Cadés Barnea. Expulsaron a todos los moradores de la estepa, se asentaron

en el país amorreo y exterminaron por la fuerza a todos los de Jesebón. Luego, pasaron el Jordán y tomaron posesión de toda la sierra, después de expulsar a los cananeos, fereceos, jebuseos, a los de Siquem y a todos los guirgaseos; y residieron allí mucho tiempo.

Mientras no pecaron .contra su Dios, prosperaron, porque estaba con ellos un Dios que odia la injusticia. Pero, cuando se apartaron del camino que les había señalado, fueron destrozados con muchas guerras y deportados a un país extranjero; el templo de su Dios fue arrasado, y sus ciudades conquistadas por el enemigo. Pero ahora se han convertido a su Dios; han vuelto de la dispersión, han ocupado Jerusalén, donde está su templo, y repoblado la sierra que había quedado desierta.

Así que, alteza, si esa gente se ha desviado pecando contra su Dios, comprobemos esa caída y subamos a luchar contra ellos. Pero, si no han pecado, déjalos, no sea que su Dios y Señor los proteja y quedemos mal ante todo el, mundo.»

SEGUNDA LECTURA

De la Leyenda primera paleoslava

Al morir su padre Bratislao, los habitantes de Bohemia eligieron por duque a Wenceslao. Por la gracia de Dios, era hombre de una fe íntegra. Auxiliaba a todos los pobres, vestía a los desnudos, alimentaba a los hambrientos, acogía a los peregrinos, conforme a las enseñanzas evangélicas. No toleraba que se cometiera injusticia alguna contra las viudas; amaba a todos los hombres, pobres y ricos, servía a los ministros de Dios, embellecía muchas iglesias.

Pero los hombres de Bohemia se ensoberbecieron y persuadieron a su hermano menor, Boleslao, diciéndole:

«Wenceslao conspira con su madre y con sus hombres para matarte.»

Wenceslao acostumbraba ir a todas las ciudades para visitar sus iglesias en el día de la dedicación de cada una de ellas. Entró, pues, en la ciudad de Boleslavia, un domingo, coincidiendo con la fiesta de los santos Cosme y Damián. Después de oír misa, quería regresar a Praga, pero Boleslao lo retuvo pérfidamente, diciéndole:

«¿Por qué has de marcharte, hermano?»

A la mañana siguiente, las campanas tocaron para el oficio matutino. Wenceslao, al oír las campanas, dijo:

«Loado seas, Señor, que me has concedido vivir hasta la mañana de hoy.»

Se levantó y se dirigió al oficio matutino. Al momento, Boleslao lo alcanzó en la puerta. Wenceslao lo miró y le dijo:

«Hermano, ayer nos trataste muy bien.»

Pero el diablo, susurrando al oído de Boleslao, pervirtió su corazón; y, sacando la espada, Boleslao contestó a su hermano:

«Pues ahora quiero hacerlo aún mejor.»

Dicho esto, lo hirió con la espada en la cabeza. Wenceslao, volviéndose a él, le dijo:

«¿Qué es lo que intentas hacer, hermano?»

Y, agarrándolo, lo hizo caer en tierra. Vino corriendo uno de los consejeros de Boleslao ehirió a Wenceslao en la mano. Éste, al recibir la herida, soltó a su hermano e intentó refugiarse en la iglesia, pero dos malvados lo mataron en la puerta. Otro, que vino corriendo, atravesó su costado con la espada. Wenceslao expiró al momento, pronunciando aquellas palabras:

«A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.»

R. El justo germinará como una azucena. * Y florecerá eternamente ante el Señor.
V. Plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.

Oración

Dios nuestro, que impulsaste al santo mártir Wenceslao a anteponer el reino de los cielos a un reino terrenal, concédenos, por su intercesión, que tengamos valor para dejar lo que nos impida unirnos a ti de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.