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Orar

Viernes, 2 de octubre de 2026

Santos Ángeles Custodios

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

Cantemos hoy a los ángeles,

custodios nuestros y hermanos,

que velan por los humanos

y van de su bien en pos.

Ven siempre la faz del Padre,

él los ampara benigno,

y luchan contra el maligno

en las batallas de Dios.

¡Oh espíritus inmortales!

Tenéis por reina a María,

sois su vital letanía,

su enamorada legión.

Por vuestro medio nos llegan

dones y gracias del cielo,

la fe, la luz, el consuelo,

la paz y la inspiración.

Terribles como un ejército

bien ordenado en batalla,

vuestra asistencia no falla

contra la insidia infernal.

Silentes guardas y amigos,

de nuestra noche luceros,

seréis nuestros compañeros

en la patria celestial.

La gloria a Dios que ha creado

ejército tan prolijo:

que adore sumiso al Hijo,

su rey y su plenitud,

y que al Espíritu Santo,

terrenos y celestiales,

le rindan universales

tributos de gratitud. Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Judit · 12, 1-13, 5

En aquellos días, Holofernes ordenó que llevaran a Judit a donde tenía su vajilla de plata, y mandó que le sirvieran de su misma comida y de su mismo vino. Pero Judit dijo:

«No los probaré, para no caer en pecado. Yo me he traído mis provisiones.»

Holofernes le preguntó:

«Y si se te acaba lo que tienes, ¿de dónde sacamos una comida igual? Entre nosotros no hay nadie de tu raza.»

Judit le respondió:

«¡Por tu vida, alteza! No acabaré lo que he traído antes de que el Señor haya realizado su plan por mi medio.»

Los oficiales de Holofernes la llevaron a su tienda. Judit durmió hasta la media noche, se levantó antes del relevo del amanecer y mandó este recado a Holofernes:

«Señor, ordena que me permitan salir a orar.»

Holofernes ordenó a los guardias de su escolta que la dejaran salir. Así pasó Judit tres días en el campamento. Por la noche, se dirigía hacia el barranco de Betulia y se lavaba en la fuente donde estaba el puesto de guardia. Después de lavarse, suplicaba al Señor, Dios de Israel, que dirigiera su plan para exaltación de su pueblo. Luego, purificada, volvía a su tienda y allí se quedaba hasta que, a eso del atardecer, le llevaban la comida.

El cuarto día, Holofernes ofreció un banquete exclusivamente para su personal de servicio, sin invitar a ningún oficial, y dijo al eunuco Bagoas, que era su mayordomo:

«Vete a ver si convences a esa hebrea que tienes a tu cargo para que venga a comer y beber con nosotros. Porque sería una vergüenza no aprovechar la ocasión de acostarme con esa mujer. Si no me la gano, se va a reír de mí.»

Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró donde Judit y le dijo:

«No tenga miedo esta bella jovencita de presentarse a mi señor como huésped de honor, para beber y alegrarse con nosotros, pasando el día como una mujer asiria de las que viven en el palacio de Nabucodonosor.»

Judit respondió:

«¿Quién soy yo para contradecir a mi señor? Haré en seguida lo que le agrade; será para mí un recuerdo feliz hasta el día de mi muerte.»

Se levantó para arreglarse. Se vistió y se puso todas sus joyas de mujer. Su doncella entró delante y le extendió en el suelo, ante Holofernes, el vellón de lana que le había dado Bagoas para que se recostase allí a diario mientras comía. Judit entró y se sentó. Al verla, Holofernes se turbó, y le agitó la pasión con un deseo violento de unirse a ella, pues desde la primera vez que la vio esperaba la ocasión de seducirla, y le dijo:

«Anda, bebe; alégrate con nosotros.»

Judit respondió:

«Claro que beberé, señor. Hoy es el día más grande de toda mi vida.»

Y comió y bebió ante Holofernes, tomando de lo que le había preparado su doncella. Holofernes, entusiasmado con ella, bebió muchísimo vino, como no había bebido en toda su vida. Cuando se hizo tarde, el personal de servicio se retiró en seguida. Bagoas cerró la tienda por fuera, después de hacer salir a los sirvientes. Todos fueron a acostarse, rendidos por lo mucho que habían bebido. En la tienda quedaron sólo Judit y Holofernes, tumbado en el lecho, completamente borracho. Judit había ordenado a su doncella que se quedara fuera de la alcoba y la esperase a la salida como otros días. Había dicho que saldría para hacer la oración, y había hablado de ello con Bagoas.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Bernardo, abad

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

R. A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; * te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra.
V. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.