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Orar

Martes, 13 de octubre de 2026

Martes de la 28ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

LAUDES

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Himno

Estate, Señor, conmigo

siempre, sin jamás partirte,

y cuando decidas irte,

llévame, Señor, contigo;

porque el pensar que te irás

me causa un terrible miedo

de si yo sin ti me quedo,

de si tú sin mí te vas.

Llévame en tu compañía

donde tú vayas, Jesús,

porque bien sé que eres tú

la vida del alma mía;

si tú vida no me das

yo sé que vivir no puedo,

ni si yo sin ti me quedo,

ni si tú sin mí te vas.

Por eso, más que a la muerte

temo, Señor, tu partida,

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte;

pues la inmortal que tú das,

sé que alcanzarla no puedo,

cuando yo sin ti me quedo,

cuando tú sin mí te vas. Amén.

Salmodia

Para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto.

Salmo 100

Si me amáis, guardaréis mis mandatos. (Jn 14, 15)

Voy a cantar la bondad y la justicia,

para ti es mi música, Señor;

voy a explicar el camino perfecto:

¿Cuándo vendrás a mí?

Andaré con rectitud de corazón

dentro de mi casa;

no pondré mis ojos

en intenciones viles.

Aborrezco al que obra mal,

no se juntará conmigo;

lejos de mí el corazón torcido,

no aprobaré al malvado.

Al que en secreto difama a su prójimo

lo haré callar;

ojos engreídos, corazones arrogantes

no los soportaré.

Pongo mis ojos en los que son leales,

ellos vivirán conmigo;

el que sigue un camino perfecto,

ése me servirá.

No habitará en mi casa

quien comete fraudes;

el que dice mentiras

no durará en mi presencia.

Cada mañana haré callar

a los hombres malvados,

para excluir de la ciudad del Señor

a todos los malhechores.

Para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto.

No nos desampares, Señor, para siempre.

Cántico · Dn 3, 26-27. 29. 34-41

Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. (Hch 3, 19)

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres,

digno de alabanza y glorioso es tu nombre.

Porque eres justo

en cuanto has hecho con nosotros

y todas tus obras son verdad,

y rectos tus caminos,

y justos todos tus juicios.

Hemos pecado y cometido iniquidad

apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido.

Por el honor de tu nombre,

no nos desampares para siempre,

no rompas tu alianza,

no apartes de nosotros tu misericordia.

Por Abraham, tu amigo,

por Isaac, tu siervo,

por Israel, tu consagrado,

a quienes prometiste

multiplicar su descendencia

como las estrellas del cielo,

como la arena de las playas marinas.

Pero ahora, Señor, somos el más pequeño

de todos los pueblos;

hoy estamos humillados por toda la tierra

a causa de nuestros pecados.

En este momento no tenemos príncipes,

ni profetas, ni jefes;

ni holocausto, ni sacrificios,

ni ofrendas, ni incienso;

ni un sitio donde ofrecerte primicias,

para alcanzar misericordia.

Por eso, acepta nuestro corazón contrito,

y nuestro espíritu humilde,

como un holocausto de carneros y toros

o una multitud de corderos cebados;

que éste sea hoy nuestro sacrificio,

y que sea agradable en tu presencia:

porque los que en ti confían

no quedan defraudados.

Ahora te seguimos de todo corazón,

te respetamos y buscamos tu rostro.

No nos desampares, Señor, para siempre.

Te cantaré, Dios mío, un cántico nuevo.

Salmo 143 · 143, 1-10

Todo lo puedo en aquel que me conforta. (Flp 4, 13)

Bendito el Señor, mi Roca,

que adiestra mis manos para el combate,

mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,

baluarte donde me pongo a salvo,

mi escudo y mi refugio,

que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?

¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?

El hombre es igual que un soplo;

sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende,

toca los montes, y echarán humo,

fulmina el rayo y dispérsalos,

dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:

defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,

de la mano de los extranjeros,

cuya boca dice falsedades,

cuya diestra jura en falso.

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,

tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:

para ti que das la victoria a los reyes,

y salvas a David, tu siervo.

Te cantaré, Dios mío, un cántico nuevo.

LECTURA BREVE

Is 55, 1

Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar: vino y leche de balde.

R. Escucha mi voz, Señor; espero en tu palabra.
V. Escucha mi voz, Señor; espero en tu palabra.

R. Espero en tu palabra.
V. Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.

R. Escucha mi voz, Señor; espero en tu palabra.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Benedictus

De la mano de nuestros enemigos, líbranos, Señor.

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

De la mano de nuestros enemigos, líbranos, Señor.

Preces

Dios nos otorga el gozo de poder alabarlo en este comienzo del día, reavivando con ello nuestra esperanza. Invoquémosle, pues, diciendo:

Por el honor de tu nombre, escúchanos, Señor.

Dios y Padre de nuestro Salvador Jesucristo, — te damos gracias porque, por mediación de tu Hijo, nos has dado el conocimiento y la inmortalidad.

Danos, Señor, un corazón humilde, — para que vivamos sujetos unos a otros en el temor de Cristo.

Infunde tu Espíritu en nosotros, tus siervos, — para que nuestro amor fraterno sea sin fingimiento.

Tú que has dispuesto que el hombre dominara el mundo con su esfuerzo, — haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a nuestros hermanos.

Oración

Aumenta, Señor, nuestra fe, para que esta alabanza que brota de nuestro corazón vaya siempre acompañada de frutos de vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.