Saltar al contenido

Orar

Jueves, 15 de octubre de 2026

Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

Vísperas

Himno

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

Cuando me gozo, Señor,

con esperanza de verte,

viendo que puedo perderte

se me dobla mi dolor:

viviendo en tanto pavor,

y esperando como espero,

que muero porque no muero.

Sácame de esta muerte,

mi Dios, y dame la vida,

no me tengas impedida

en este lazo tan fuerte;

mira que muero por verte,

y vivir sin ti no puedo,

que muero porque no muero.

Lloraré mi muerte ya

y lamentaré mi vida,

en tanto que detenida

por mis pecados está.

¡Oh mi Dios, cuándo será

cuando yo diga de nuevo

que muero porque no muero!

Vivo ya fuera de mí

después de que muero de amor;

porque vivo en el Señor

que me quiso para sí:

cuando el corazón le di,

puso en mí este letrero:

que muero porque no muero.

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero. Amén.

Salmodia

Tú eres, Señor, mi bienhechor, y mi refugio donde me pongo a salvo.

Salmo 143

Su brazo se adiestró en la pelea, cuando venció al mundo; dijo, en efecto: «Yo he vencido al mundo.» (S. Hilario)

Bendito el Señor, mi Roca,

que adiestra mis manos para el combate,

mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,

baluarte donde me pongo a salvo,

mi escudo y mi refugio,

que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?

¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?

El hombre es igual que un soplo;

sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende,

toca los montes, y echarán humo,

fulmina el rayo y dispérsalos,

dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:

defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,

de la mano de los extranjeros,

cuya boca dice falsedades,

cuya diestra jura en falso.

Tú eres, Señor, mi bienhechor, y mi refugio donde me pongo a salvo.

Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Salmo 143

Su brazo se adiestró en la pelea, cuando venció al mundo; dijo, en efecto: «Yo he vencido al mundo.» (S. Hilario)

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,

tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:

para ti que das la victoria a los reyes,

y salvas a David, tu siervo.

Defiéndeme de la espada cruel,

sálvame de las manos de extranjeros,

cuya boca dice falsedades,

cuya diestra jura en falso.

Sean nuestros hijos un plantío,

crecidos desde su adolescencia;

nuestras hijas sean columnas talladas,

estructura de un templo.

Que nuestros silos estén repletos

de frutos de toda especie;

que nuestros rebaños a millares

se multipliquen en las praderas,

y nuestros bueyes vengan cargados;

que no haya brechas ni aberturas,

ni alarma en nuestras plazas.

Dichoso el pueblo que esto tiene,

dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Cántico · Ap 11, 17-18;12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron

en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.
V. El Señor es mi pastor, nada me falta.

R. Nada me falta.
V. En verde praderas me hace recostar.

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

Preces

Invoquemos a Cristo, luz del mundo y alegría de todo ser viviente, y digámosle confiados:

Señor, danos tu luz, la salvación y la paz.

Luz indeficiente y palabra eterna del Padre, tú que has venido a salvar a los hombres, — ilumina a los catecúmenos de la Iglesia con la luz de tu verdad.

No lleves cuenta de nuestros delitos, Señor, — pues de ti procede el perdón.

Señor, tú que has querido que la inteligencia del hombre investigara los secretos de la naturaleza, — haz que la ciencia y las artes contribuyan a tu gloria y al bienestar de todos los hombres.

Protege, Señor, a los que se han consagrado en el mundo al servicio de sus hermanos; — que con libertad de espíritu y sin desánimo puedan realizar su ideal.

Señor, tú que abres y nadie puede cerrar, ilumina a nuestros difuntos que yacen en tiniebla y en sombra de muerte, — y ábreles las puertas de tu reino.

Oración

Señor todopoderoso, que quisiste que santa Teresa de Jesús, bajo el impulso del Espíritu Santo, manifestara a tu Iglesia el camino de la perfección, haz que encontremos en sus escritos nuestro alimento y que encendamos con ellos en nosotros el deseo de una verdadera santidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.