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Orar

Lunes, 2 de noviembre de 2026

Conmemoración de todos los fieles difuntos

Tiempo Ordinario · Morado · Ciclo A

VÍSPERAS

Himno

Si morir no es despertar,

si es simplemente morir,

¿para qué, muerte, vivir?,

¿para qué muerte, empezar

esta angustia, este llorar?

Mas, si eres umbral y puerta

del misterio, si honda y cierta

aseguras mi esperanza,

¡qué cima de luz se alcanza

viviendo una vida muerta! Amén.

Salmodia

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

Salmo 120

No tendrán hambre ni sed; no les molestará el sol ni calor alguno. (Ap 7, 16)

Levanto mis ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,

tu guardián no duerme;

no duerme ni reposa

el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,

está a tu derecha;

de día el sol no te hará daño,

ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,

él guarda tu alma;

el Señor guarda tus entradas y salidas,

ahora y por siempre.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Salmo 129

Él salvará a su pueblo de los pecados. (Mt 1, 21)

Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz;

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,

y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora;

porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

y él redimirá a Israel

de todos sus delitos.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Cántico · Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,

no hizo alarde de su categoría de Dios,

al contrario, se anonadó a sí mismo,

y tomó la condición de esclavo,

pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,

se rebajó hasta someterse incluso a la muerte

y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;

de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo

y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

LECTURA BREVE

1Co 15, 55-57

¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

R. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.
V. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.

R. No quede yo nunca defraudado.
V. Tu misericordia es mi gozo y mi alegría.

R. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera.

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera.

Preces

Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo, y digámosle:

Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro, — lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa.

Señor Jesucristo, consolador de los afligidos, que ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven de Naím y de la hija de Jairo acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas, — consuela también ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos.

Señor Jesucristo, siempre vivo para interceder por nosotros y por todos los hombres, — enséñanos a ofrecer el sacrificio de alabanza por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados.

Cristo salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte, — para que obtengamos, como don de Dios, la vida eterna.

Cristo redentor, mira benignamente a aquellos que, al no conocerte, viven sin esperanza, — para que crean también ellos en la resurrección y en la vida del mundo futuro.

Tú, Señor, que has dispuesto que nuestra casa terrena sea destruida, — concédenos una morada eterna en los cielos.

Oración

Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.