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Orar

Miércoles, 11 de noviembre de 2026

San Martín de Tours, obispo

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Ábreme los ojos, Señor. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

Himno

Pues busco, debo encontrar;

pues llamo, débenme abrir;

pues pido, me deben dar;

pues amo, débeme amar

aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará.

¿Pasa? No lejos irá.

¿Me pone a prueba? Soy fiel.

¿Pasa? No lejos irá:

pues tiene alas mi alma, y va

volando detrás de él.

Es poderoso, mas no

podrá mi amor esquivar;

invisible se volvió,

mas ojos de lince yo

tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final

en pos del Bien de los bienes,

y consuélate en tu mal

pensando con fe total:

¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura;

él sacia de bienes tus anhelos,

y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

no está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,

siente el Señor ternura por sus fieles;

porque él sabe de qué estamos hechos,

se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba,

florecen como flor del campo,

que el viento la roza, y ya no existe,

su terreno no volverá a verla.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Bendecid al Señor, todas sus obras.

Salmo 102

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1, 78)

Pero la misericordia del Señor dura siempre,

su justicia pasa de hijos a nietos:

para los que guardan la alianza

y recitan y cumplen sus mandatos.

El Señor puso en el cielo su trono,

su soberanía gobierna el universo.

Bendecid al Señor, ángeles suyos,

poderosos ejecutores de sus órdenes,

prontos a la voz de su palabra.

Bendecid al Señor, ejércitos suyos,

servidores que cumplís sus deseos.

Bendecid al Señor, todas sus obras,

en todo lugar de su imperio.

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendecid al Señor, todas sus obras.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del segundo libro de los Macabeos · 7, 1-19

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarles a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás:

«¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

Fuera de sí, el rey ordenó poner al fuego sartenes y ollas. Las pusieron al fuego inmediatamente, y el rey ordenó que cortaran la lengua al que había hablado en nombre de todos, que le arrancaran el cuero cabelludo y le amputaran las extremidades a la vista de los demás hermanos y de su madre. Cuando el muchacho estaba ya inutilizado del todo, el rey mandó aplicarle fuego y freírlo; todavía respiraba. Mientras se esparcía a lo ancho el olor de la sartén, los otros, con la madre, se animaban entre sí a morir noblemente:

«El Señor Dios nos contempla, y de verdad se compadece de nosotros, como declaró Moisés en el cántico de denuncia contra Israel: "Se compadecerá de sus siervos.,»

Cuando murió así el primero, llevaron al segundo al suplicio; le arrancaron los cabellos con la piel, y le preguntaban si pensaba comer antes que lo atormentasen miembro a miembro. Él respondió en la lengua materna:

«¡No comeré!»

Por eso, también él sufrió a su vez el martirio como el primero; y, estando para morir, dijo:

«Tú, malvado, nos arrancas la vida presente. Pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:

«De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio. Espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto; y, cuando estaba para morir, dijo:

«Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. En cambio, tú no resucitarás para la vida.»

Después sacaron al quinto, y lo atormentaban; pero él, mirando al rey, le dijo:

«Aunque eres un simple mortal, haces lo que quieres porque tienes poder sobre los hombres. Pero no te creas que Dios ha abandonado a nuestra nación. Espera un poco y ya verás cómo su gran poder te tortura a ti y a tu descendencia.»

Después de éste llevaron al sexto; y, cuando iba a morir, dijo:

«No te engañes neciamente. Nosotros sufrimos esto porque hemos pecado contra nuestro Dios; por eso, han ocurrido estas cosas extrañas. Pero no pienses que vas a quedar impune tú, que te has atrevido a luchar contra Dios.»

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de Sulpicio Severo

Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.

Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:

«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas.»

Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:

«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad.»

¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:

«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor.»

Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: «¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme.»

Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas.

R. ¡Oh tú, verdaderamente dichoso, en cuyos labios no hubo engaño, que a nadie juzgaste, a nadie condenaste! * Nunca se encontró en su boca otra cosa que Cristo, la paz y la misericordia.
V. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida!

Oración

Renueva, Señor, en nosotros las maravillas de tu gracia, para que, al celebrar hoy la memoria de san Martín, obispo, que te glorificó, tanto con su vida como con su muerte, nos sintamos de tal modo fortalecidos, que ni la vida ni la muerte puedan separarnos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.