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Orar

Viernes, 11 de diciembre de 2026

San Dámaso I, papa

Adviento · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Dámaso I, papa.

V. Derrama, Señor, tu misericordia sobre nosotros. R. Danos tu salvación, según tu promesa.

Himno

Verbo que del cielo bajas,

Luz del Padre que, naciendo,

socorres al mundo mísero

con el correr de los tiempos.

Ilumina el corazón,

quema de amor nuestro pecho,

y borren tus enseñanzas

tantos deslices y yerros,

para que, cuando regreses

como juez de nuestros hechos,

castigues el mal oculto

y corones a los buenos.

Que la maldad no nos lance

por nuestras culpas al fuego,

mas felices moradores

nos veamos en tu reino.

A Dios Padre y a su Hijo

gloria y honor tributemos,

y al Espíritu Paráclito,

por los siglos sempiternos. Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

SEGUNDA LECTURA

Del tratado de san Agustín, obispo, contra Fausto

El pueblo cristiano celebra la conmemoración de sus mártires con religiosa solemnidad, para animarse a su imitación, participar de sus méritos y ayudarse con sus oraciones, pero nunca dedica altares a los mártires, sino sólo en memoria de los mártires.

¿Pues quién es el obispo, que, al celebrar la misa sobre los sepulcros de los santos, haya dicho alguna vez: «Te ofrecemos a ti, Pedro», o: «a ti, Pablo», o: «a ti, Cipriano»? La ofrenda se ofrece a Dios, que coronó a los mártires, junto a los sepulcros de aquellos a los que coronó, para que la amonestación, por estar en presencia de los santos lugares, despierte un afecto más vivo para acrecentar la caridad con aquellos a los que podemos imitar, y con aquel cuya ayuda hace posible la imitación.

Damos culto a los mártires con un culto de amor y participación, con el que veneramos, en esta vida, a los santos, cuyo corazón sabemos que está ya dispuesto al martirio como testimonio de la verdad del Evangelio. Pero a aquéllos los honramos con mucha más devoción, por la certeza de que han superado el combate, y por ello les confesamos vencedores en una vida feliz, con una alabanza más segura que aquellos que todavía luchan en esta vida.

Pero aquel culto que se llama de latría, y que consiste en el servicio debido a la divinidad, lo reservamos a solo Dios, pero no tributamos este culto a los mártires ni enseñamos que haya que tributárselo.

Ahora bien, la ofrenda forma parte de este culto de latría, y por eso se llama idolatría la ofrenda hecha a los ídolos; pero nosotros no ofrecemos nada semejante, ni tampoco mandamos que se ofrezca, en el culto a los ángeles, los santos o los mártires; y, si alguien cae en tan gran tentación, se le amonesta con la verdadera doctrina, para que se corrija o para que tenga cuidado.

Los mismos santos y los hombres se niegan a apropiarse estos honores exclusivos de Dios. Así hicieron Pablo y Bernabé, cuando los habitantes de Licaonia, después de haber visto los milagros que hicieron, quisieron ofrecerles sacrificios como a dioses; pero ellos, rasgando sus vestiduras, proclamaron y les persuadieron que no eran dioses, y, de esta forma, impidieron que les fueran ofrecidos sacrificios.

Pero una cosa es lo que enseñamos, y otra lo que soportamos; una cosa es lo que mandamos hacer, y otra lo que queremos corregir, y así, mientras vamos buscando la corrección más adecuada, tenemos que tolerar muchas cosas.

R. Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles. * Él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará.
V. El Señor los revistió con vestiduras de alegría.

Oración

Concédenos, Señor, que, siguiendo el ejemplo del papa san Dámaso, que tanto se distinguió en promover el culto de los mártires, también nosotros veneremos el glorioso testimonio de quienes entregaron su vida por la fe y estemos dispuestos a imitarlos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.